Por Nilza Pantoja Ágreda
Facebook: Pantojanilza
El atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay no es un simple hecho aislado: es una afrenta directa y brutal contra la democracia colombiana. Más allá de las simpatías o antipatías que despierte su figura, lo ocurrido revive los peores fantasmas de nuestro pasado: el asesinato sistemático de líderes políticos que creían en un país distinto. Luis Carlos Galán, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro y Álvaro Gómez Hurtado fueron víctimas de esa violencia que algunos sectores se niegan a dejar atrás.
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Hoy, con este atentado, Colombia cruza nuevamente una línea roja que no debió ser tocada. En lo particular, duele que mis hijos vivan la violencia política potenciada que estamos experimentando. Pensé que esto ya lo habíamos superado como sociedad.
Este ataque no solo atenta contra una persona: atenta contra el principio básico de convivencia democrática. Es la muestra más cruda de una polarización alimentada por discursos incendiarios, la banalización del odio y la deslegitimación personal y moral del adversario político. La violencia ya no es solo física: es verbal, simbólica, digital. Y lo más grave: ha dejado de ser excepcional para convertirse en método. Hemos perdido las formas y los fondos.
Las fuerzas criminales, cobardemente, instrumentalizan a niños y jóvenes, aprovechándose de su fragilidad social y jurídica. Los utilizan como carne de cañón, sabiendo que la ley los trata con benevolencia. Esto exige una revisión urgente de las normas que permiten esta manipulación sistemática, pero también un verdadero compromiso por parte del Estado para rescatar a la juventud del abandono y la frustración. Sin embargo, es válido decir que incluso un niño entiende que matar no está bien, y que eso constituye un delito.
No es suficiente con condenar públicamente este atentado. La clase política, la ciudadanía, los medios y las plataformas digitales debemos asumir nuestra responsabilidad en haber creado un clima en el que esto se vuelve posible, incluso previsible. Hemos convertido la política en una guerra de trincheras, donde el contrario ya no es un interlocutor, sino un enemigo a destruir. La ética ha sido reemplazada por el cinismo, la reflexión por el escarnio, y la diferencia por la eliminación.
Si este hecho no marca un punto de inflexión, si no induce un cambio profundo y radical en el lenguaje político, en las prioridades educativas y en la responsabilidad penal, entonces estaremos a las puertas de una violencia social espontánea, generalizada y sin retorno.
Presidente Gustavo Petro, usted es el primer ciudadano en dar ejemplo, y el primero en ser llamado a desescalar la violencia en su lenguaje y en el simbolismo que utiliza. Como dijo Jaime Garzón, traduciendo el artículo 12 de nuestra Constitución según los Wayuu:
“Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente.”
Si logramos entender como sociedad esos dos renglones… entonces estamos salvados.
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