Para la historia oficial de Colombia, la provincia de Pasto ha sido retratada durante casi dos siglos como un rincón de obstinación ciega; un territorio “excéntrico” que, a contracorriente del continente, prefirió abrazar las cadenas del rey Fernando VII en lugar de la libertad ofrecida por Simón Bolívar y las élites ilustradas de la Nueva Granada.
El relato oficial sembró durante generaciones la idea de que los pastusos eran un pueblo de corto entendimiento, dando origen a estereotipos culturales y burlas sistemáticas que pretendían castigar su desobediencia histórica.
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Sin embargo, detrás del estigma se esconde una de las páginas más complejas, trágicas y silenciadas de la emancipación andina. La resistencia de Pasto entre 1809 y 1824 no fue fruto de la ignorancia o de un fanatismo irracional. Fue, según revelan las investigaciones de la historia social contemporánea, un acto de supervivencia política y una defensa activa de su autonomía jurídica frente a un proyecto republicano que amenazaba directamente las bases de su existencia comunitaria.
El escudo de la Corona: por qué el rey era el mejor aliado
Para comprender la lealtad pastusa, es necesario viajar al andamiaje legal de la Monarquía Hispánica. Bajo el amparo del Derecho Indigena, la sociedad colonial no era un conjunto homogéneo de ciudadanos, sino un cuerpo orgánico regido por el “particularismo jurídico”. La Corona española reconocía formalmente dos entidades diferenciadas: la República de españoles y la República de indios.
Esta separación garantizaba a las comunidades indígenas —mayoría abrumadora en la provincia de Pasto— una serie de protecciones vitales: la propiedad inalienable de sus tierras de resguardo, el autogobierno a través de sus propios cabildos y un acceso preferente a la justicia colonial.
El proyecto liberal de los criollos rebeldes, bajo el estandarte de la “igualdad ciudadana”, proponía la abolición de estas distinciones corporativas y la desamortización de las tierras comunales. Para las comunidades de Pasto, esta supuesta igualdad no era más que una trampa abstracta que facilitaría el despojo de sus territorios ancestrales a manos de los terratenientes criollos.
El pacto con el rey de España, “El Deseado”, ofrecía garantías institucionales reales; la república, en cambio, representaba la intromisión de una oligarquía vecina que buscaba el libre cambio a expensas de la economía de protección regional.
Además, la sociedad pastusa funcionaba bajo una estrecha coexistencia diaria. A pesar de la rígida división estamental, las grandes familias locales (como los Villota, Santacruz, Delgado o Rosero) compartían espacios cotidianos, talleres y haciendas con artesanos, mestizos e indígenas.
Romper el juramento de fidelidad al monarca no solo equivalía a un pecado teológico mortal, sino a una mancha deshonrosa e imperdonable en el tejido social local.
De la Tarabita de Funes a la captura de Antonio Nariño
El conflicto en el sur se encendió de forma defensiva en agosto de 1809. Tras el estallido de la junta revolucionaria en Quito, los rebeldes quiteños pretendieron someter a Pasto y Barbacoas a su autoridad, exigiendo el cobro de contribuciones forzosas para financiar su administración. La respuesta de Pasto fue un portazo rotundo.
La primera gran acción de guerra en la región ocurrió el 16 de octubre de 1809 en la Tarabita de Funes, sobre el escarpado río Guáitara. Allí, milicias locales mal armadas repelieron con éxito una invasión de 3.000 hombres procedentes de Quito, consolidando la convicción defensiva de la provincia.
En marzo de 1811, ante la inminente amenaza de las fuerzas revolucionarias del Cauca, el Cabildo local convocó a milicias voluntarias. Entre los hombres que acudieron al llamado se encontraba un mestizo de treinta años, de oficio pintor: Agustín Agualongo.
En 1814, la provincia de Pasto asestó uno de los golpes más duros a la joven república al derrotar y capturar al propio presidente de Cundinamarca, Antonio Nariño, a quien la población local —influenciada por los sermones de la Iglesia— veía como una encarnación herética de las tinieblas de la Ilustración.
La postura del cabildo quedó plasmada en una declaración enviada a las autoridades monárquicas en abril de ese año, que sintetiza el espíritu del realismo popular:
“Nosotros hemos vivido satisfechos y contentos con nuestras leyes, gobiernos, usos y costumbres, y así continuaremos por encima de todo y de todos.”
El sangriento barranco de Bomboná: el día que Bolívar casi lo pierde todo
Para 1822, la causa realista flaqueaba en todo el continente, pero en Pasto seguía inquebrantable. Simón Bolívar, determinado a incorporar a Quito a la naciente República de Colombia, marchaba hacia el sur con su ejército libertador.
Sabía que tomar la indómita ciudad de Pasto por la vía del norte era un suicidio táctico, por lo que desvió su ruta para cruzar por el río Cariaco con la meta de avanzar hacia el territorio de la provincia de los Pastos sin entrar en la capital provincial.
Sin embargo, el 7 de abril de 1822, el Libertador se topó con una muralla humana. El comandante realista, coronel Basilio García, se había atrincherado estratégicamente en la hacienda Bomboná, en las faldas del volcán Galeras (en el actual municipio de Consacá). Las milicias realistas, conformadas en gran parte por campesinos e indígenas pastusos resueltos a defender su tierra, aguardaban en una posición defensiva virtualmente impenetrable.
El combate, iniciado en la tarde, se convirtió en una carnicería. Con la desventaja del terreno, las fuerzas republicanas sufrieron bajas devastadoras bajo el fuego enemigo.
En una de las maniobras más dramáticas de la independencia, el general Manuel Valdés ordenó al Batallón Rifles escalar casi verticalmente los precipicios de la montaña. Los soldados patriotas se vieron obligados a clavar físicamente sus bayonetas en las rocas escarpadas para subir a pulso, enfrentándose en un feroz choque cuerpo a cuerpo contra el curtido batallón realista Aragón.
Al caer la noche, las tropas de García se replegaron de forma ordenada, dejando el campo de batalla en manos de los republicanos. Bolívar se proclamó vencedor, pero fue una victoria pírrica que muchos historiadores —incluso de la época— catalogaron como una derrota táctica para el Libertador.
El saldo de bajas patriotas fue escalofriante: más de 174 muertos y cientos de heridos, en contraste con unas bajísimas bajas realistas de apenas 20 muertos y 60 heridos. El ejército de Bolívar quedó tan diezmado que debió detener en seco su marcha terrestre a Pasto, replegándose para reorganizar sus filas y buscar una capitulación negociada.
A pesar del desastre táctico en las laderas del Galeras, Bomboná salvó la independencia de Ecuador por carambola geopolítica. Al inmovilizar y agotar a las experimentadas milicias de Pasto en aquel sangriento barranco, Bolívar impidió que Basilio García enviara refuerzos vitales hacia el sur. Gracias a esta inmovilización de tropas, las fuerzas del mariscal Antonio José de Sucre pudieron avanzar con mayor libertad en el frente ecuatoriano, logrando la victoria definitiva en la Batalla de Pichincha el 24 de mayo de 1822.
La “Navidad Negra” de 1822: el horror silenciado
A finales de ese mismo año, tras la caída del virreinato en Quito, las fuerzas de la Gran Colombia decidieron sofocar de manera definitiva el indomable foco rebelde del sur. Las divisiones republicanas, lideradas por el mariscal Antonio José de Sucre, avanzaron tras quebrar la resistencia realista en el cerro Taindalá.
El gobernador civil de Pasto, Estanislao Merchancano, cometió la torpeza de encarcelar a un emisario de paz enviado por Sucre, lo que encendió la furia de los batallones patriotas.
Lo que siguió entre el 24 y el 26 de diciembre de 1822 ha quedado grabado en la memoria del sur como la Navidad Negra.
El asalto principal estuvo a cargo del temido Batallón Rifles, un cuerpo de élite comandado por el coronel Arthur Sandes e integrado por reclutas venezolanos y mercenarios británicos. Durante tres días de descontrol, la ciudad rendida fue entregada al saqueo y al degüello generalizado.
Las tropas republicanas asesinaron a más de 400 civiles —cerca de una cuarta parte de la población urbana de Pasto—, violaron sistemáticamente a mujeres y monjas en sus conventos, e ingresaron a caballo a los templos de San Francisco, Santiago y San Juan Bautista para masacrar a las familias que se refugiaban al pie del altar.
Para borrar todo rastro de identidad y propiedad, los archivos públicos y los libros parroquiales fueron arrojados a las llamas, dejando a la posteridad una ciudad desprovista de su registro histórico y genealógico.
Esta matanza se perpetró en abierta violación al Tratado de Regularización de la Guerra firmado por Bolívar en 1820, cuyo artículo 11 obligaba a proteger la vida de los civiles en plazas tomadas. Aunque el general José María Córdova intercedió horrorizado ante Sucre para detener el genocidio, la orden de parar solo llegó en el tercer día del desastre.
En sus informes oficiales, Sucre omitió los crímenes contra la población civil y justificó las acciones punitivas tachando a Pasto de pueblo “ingrato y pérfido”.
Pocos días después del horror, Simón Bolívar entró a la devastada ciudad. Para neutralizar futuras revueltas y alimentar sus filas en la inminente Campaña del Perú, decretó el reclutamiento forzoso de la población masculina: 1.000 jóvenes fueron incorporados a la fuerza y otros 300 fueron encadenados y enviados a Quito.
Frustrado por la persistencia del movimiento guerrillero que brotaba de las cenizas, Bolívar escribió a Santander el 21 de julio de 1823, desatando su ira contra lo que denominó:
“…aquella infame raza que tantos males causó a Colombia.”
La caída de Agustín Agualongo, el caudillo mestizo
A pesar del terror impuesto por la pacificación grancolombiana, la resistencia indígena y campesina renació bajo la dirección de Agustín Agualongo.
Convertido en una pesadilla militar para la república debido a su dominio táctico de la guerra de guerrillas, el caudillo llegó a retomar Pasto brevemente en 1823, lo que obligó a Bolívar a dirigir la contraofensiva en persona.
El 17 de julio de 1823, la caballería republicana asestó un golpe de gracia a las milicias campesinas de Agualongo en la Batalla de Ibarra. Cerca de 800 combatientes realistas pastusos cayeron en el campo o fueron ultimados en su huida hacia el río Chota.
Tras escapar de la masacre, un maltrecho Agualongo intentó marchar hacia el puerto de Barbacoas para reabastecerse y contactar con la flota española, pero cayó herido en combate y fue capturado por las tropas del coronel Tomás Cipriano de Mosquera.
Trasladado a Popayán, las autoridades de la naciente República le ofrecieron perdonarle la vida a cambio de que jurara lealtad a la Constitución grancolombiana. Agualongo, con una coherencia granítica, rechazó la oferta y reafirmó su compromiso inquebrantable con el rey de España.
El 13 de julio de 1824 se enfrentó al pelotón de fusilamiento. Como última gracia, pidió vestir su uniforme militar y que no le vendaran los ojos: quería encarar la muerte cara al sol.
El guerrillero mestizo murió ignorando que, por Real Cédula de Gran Sello de Fernando VII, la Corona española lo había ascendido formalmente al rango de Brigadier General de los Reales Ejércitos en reconocimiento a su épica resistencia.
Un fenómeno continental: de Pasto a Chiloé
El realismo de Pasto no fue una anomalía exótica en Hispanoamérica. Movimientos de realismo popular con bases profundamente indígenas, campesinas o de esclavizados que veían en la Corona un garante de sus derechos corporativos se repitieron en diversas fronteras de la América española.
En Santa Marta (Colombia): las comunidades indígenas de la Ciénaga y la Sierra Nevada, bajo el mando de líderes como Jacinto Bustamante, defendieron la Corona para proteger sus fueros comerciales y evitar el control monopólico de los criollos de Cartagena.
En Iquicha (Perú): el campesinado quechua de Huanta se alzó entre 1825 y 1828 contra la recién fundada República peruana, defendiendo la fe católica y el pacto tributario virreinal bajo el liderazgo del caudillo indígena Antonio Huachaca.
En Chiloé (Chile): las poblaciones mestizas e indígenas huilliches resistieron como bastión realista hasta 1826, defendiendo sus circuitos comerciales tradicionales y su autonomía frente al centralismo chileno.
Memoria, paradojas y disputas contemporáneas
El legado de la guerra en el sur de Colombia sigue vivo en una red de paradojas históricas, expresiones culturales y rituales colectivos.
Una de las ironías más llamativas ocurrió el 9 de diciembre de 1824 en la célebre Batalla de Ayacucho, que selló la independencia de América del Sur. La legendaria carga de infantería dirigida por el general José María Córdova —ejecutada por el Batallón Voltígeros, en cuyas filas marchaban cientos de soldados pastusos conscriptos a la fuerza— se inició bajo los acordes de La Guaneña, la tonada tradicional del sur de Colombia que había servido como himno de combate de las milicias realistas.
El pueblo que había resistido a la república acabó garantizando su libertad al ritmo de su propia música tradicional.
La figura de Agustín Agualongo ha sido también objeto de disputas políticas contemporáneas. En octubre de 1983, sus restos fueron trasladados con honores a la Iglesia de San Juan Bautista en Pasto. Cuatro años después, en 1987, una unidad militar del grupo guerrillero M-19 sustrajo clandestinamente sus cenizas de la tumba.
Lejos de reivindicarlo como un realista monárquico, la guerrilla pretendió resignificarlo como un símbolo precursor del “común” rebelde que se alzaba contra el centralismo oligárquico de Bogotá.
Las cenizas fueron finalmente devueltas en 1990 tras la firma de los acuerdos de paz.
Incluso las festividades actuales de la capital nariñense resguardan las huellas del trauma de 1822. Cada 28 de diciembre, coincidiendo con el Día de los Inocentes y la conmemoración de la Navidad Negra, los habitantes de Pasto salen a pintar con tizas de colores la tradicional Calle del Colorado.
Lo que hoy es un juego carnavalesco e inocente constituye en realidad un homenaje velado a la memoria del color rojo de la sangre vertida por las familias pastusas masacradas por el Batallón Rifles. Una catarsis colectiva que demuestra que, a pesar de los siglos y de la historia oficial de los vencedores, Pasto no olvida el precio que pagó por defender su derecho a existir bajo sus propias leyes.
Investigación realizada con Gemini.
Fuentes: Wikipedia, Youtube, Universidad del Rosario, Revistas usfq, redalyc y faae, entre muchas otras.
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