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El Milagroso Cristo del Perdón de Sandoná: Una epopeya de cedro y fe tallada por las manos del “Papá del Carnaval”

Milagroso Cristo del Perdón
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Sandoná, conocida como la “Ciudad Dulce” por su aroma a melaza y caña, guarda en el corazón de su imponente basílica neogótica un secreto de proporciones monumentales. Para encontrarlo, el visitante no debe mirar hacia los horizontes verdes del Guaico, sino hacia arriba, hacia la penumbra sagrada del altar mayor. Allí, suspendido en una soberanía de madera, el Señor Crucificado —o el Milagroso Cristo del Perdón— observa al pueblo que lo acogió hace más de medio siglo.

Esta es la crónica de una obra que desafió la escala humana, nacida de la gubia de un genio pastuso y la devoción de un ciudadano que quiso regalarle a su tierra un milagro eterno.

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El encargo del centenario

La historia comenzó con un sueño de gratitud. En 1967, mientras Sandoná se preparaba para celebrar el centenario de su parroquia (1868-1968), el ciudadano Lucio Meza Vargas decidió que el nuevo templo necesitaba un corazón espiritual a la altura de sus torres de 66 metros. Meza no buscó a un artesano común; buscó al maestro Alfonso Zambrano Payán, un hombre cuyas manos, marcadas por cicatrices y rasguños de décadas de lucha con el roble y el chachajo, ya eran leyenda en Nariño.

Zambrano Payán, nacido un 26 de diciembre bajo el signo del Carnaval de Negros y Blancos, era un “Maestro de Maestros”. Pionero en dar movimiento mecánico a las carrozas —lo que le valió 18 primeros premios en la festividad—, poseía la visión técnica necesaria para alzar una estructura colosal que no perdiera la armonía del arte sacro.

Once meses de silencio y madera

En su taller de Pasto, el maestro se enfrentó a bloques de cedro, elegidos por su nobleza y resistencia a las plagas del clima andino. Durante once meses de labor ininterrumpida, Zambrano Payán no solo desbastó la madera; la obligó a sufrir y a perdonar. La técnica empleada fue de una finura extrema: talla directa con acabados en policromía al óleo y hojillado.

A pesar de su magnitud, el rostro de la imagen no refleja el patetismo desgarrador de la imaginería tradicional. Quienes se acercan a sus pies lo llaman el “Cristo Dormido”, debido a la paz casi mística que irradia su semblante en el momento de la expiración, una característica que facilita una conexión emocional inmediata con el fiel.

La llegada del gigante

Los primeros días de agosto de 1967, la efigie inició su viaje desde Pasto hacia el cañón del Guaico. Fue instalada en la parte superior del altar el 10 de diciembre de ese año, bajo la coordinación del maestro Filemón Vallejo Montenegro. Finalmente, el 30 de junio de 1968, en una ceremonia que congregó a miles, el obispo de Pasto, Monseñor Jorge Giraldo Restrepo, bendijo la imagen.

Con una altura total de 6,50 metros (la efigie central mide aproximadamente 4,75 metros), la obra se consolidó como el Cristo tallado en madera más grande de Sudamérica y, según los historiadores locales, una de las imágenes de altar más imponentes del mundo.

Un legado que trasciende el tiempo

Hoy, el Milagroso Cristo del Perdón es mucho más que un Bien de Interés Cultural Nacional. Es el centinela de los caficultores y artesanos de paja toquilla que cada Viernes Santo llegan en romerías desde veredas como Roma y El Vergel para rendirle tributo.

El maestro Alfonso Zambrano Payán falleció en diciembre de 1991, pero su espíritu permanece en la cúspide de Sandoná. Allí, su Cristo de cedro continúa demostrando que la fe de un pueblo, cuando se encuentra con la mano de un genio, puede alcanzar las dimensiones de lo infinito.

Investigación con Gemini

Fuentes consultadas: Informativo del Guaico, Colombia Bacana y Kienyke

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