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El ocaso del Pacto Histórico en Nariño

Pablo Emilio Obando, columnista
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Por Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com

Se que tras la publicación de esta columna me molerán a palos e insultos. Pero también se que callar es condenar a Nariño a la misma condena. En consecuencia es mejor izar la bandera regional en procura de una reflexión de nuestros representantes en los escenarios de la democracia Nacional. Con frecuencia escucho que la baraja electoral que ofrece el Pacto Histórico es mediocre y sin representatividad. Pero que van a votar por “disciplina” y coherencia partidista. Triste interpretación de nuestra democracia que permite que mediocres y fingidos personajes representen los anhelos de cambio y justicia, social. Nos sometemos a los insultos, agravios y señalamientos. Es preferible a mirar entre silencios el hundimiento de una nave que costó mucho sacar de un muelle histórico y que como el Titanic naufraga entre fríos y tormentosos vientos de oportunismo electoral.

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Considero que en política no basta con invocar una marca, un eslogan o una ola nacional para pretender legitimidad regional. En el departamento de Nariño, el llamado Pacto Histórico atraviesa una crisis que no es de forma, sino de fondo: crisis de liderazgo, de representación y, sobre todo, de resultados. La baraja electoral que hoy se nos presenta carece de esas condiciones mínimas de trayectoria, carácter y consagración a las causas sociales que exige una región golpeada por el abandono histórico, el centralismo asfixiante y la indiferencia presupuestal.

Nariño no necesita, lo sabemos, discursos altisonantes ni consignas recicladas. Necesita voceros con peso específico, con capacidad de debate, con presencia real en el Congreso de la República, con autoridad moral para exigir respeto por esta tierra fronteriza y estratégica. Sin embargo, quienes han ostentado la representación bajo la bandera del llamado Pacto Histórico brillaron más por su silencio que por su protagonismo; más por su tibieza que por su firmeza; más por declaraciones desacertadas —como aquella, insólita, de que Nariño no necesita vías 4G ni carreteras modernas— que por gestiones concretas que transformen la realidad del departamento.

Resulta inaceptable que, en medio de las reiteradas crisis que ha vivido Nariño —cierres de la vía Panamericana, colapsos logísticos, aislamiento económico, precariedad en infraestructura, inseguridad rural—, las voces que debían alzarse con energía en el Capitolio hayan permanecido en una “prudencia” que raya con la omisión. ¿Dónde estuvieron esos congresistas cuando el departamento clamaba soluciones urgentes? ¿Qué debates lideraron? ¿Qué proposiciones impulsaron? ¿Qué recursos gestionaron? La respuesta, dolorosamente, es casi inexistente.

Se nos dice que todo hace parte de un gran proyecto nacional. Pero los proyectos nacionales se legitiman en los territorios con hechos, no con lealtades ciegas. De los 48 proyectos contemplados en el Plan Nacional de Desarrollo para Nariño, no se cristalizó uno solo. Cero. La cifra no es un ataque retórico; es una constatación que debería estremecer cualquier conciencia política. Y frente a ese balance, no caben evasivas ni excusas burocráticas.

Escudarse en el nombre de una colectividad, en la marca registrada del “Pacto Histórico”, no sustituye el deber constitucional de representar con dignidad y eficacia a quienes depositaron su voto con esperanza. La política no es una franquicia. Es una responsabilidad ética. Y esa responsabilidad implica hablar cuando hay que hablar, disentir cuando es necesario disentir, y exigir cuando el gobierno —sea del color que sea— olvida a su periferia.

Hoy, la oferta electoral del Pacto Histórico en Nariño no presenta una alternativa novedosa, ni un liderazgo sólido, ni una propuesta convincente que inspire confianza. Más bien refleja la continuidad de una representación que fue, en el mejor de los casos, discreta; y en el peor, absolutamente irrelevante para los intereses regionales.

No se trata de descalificar personas, sino de evaluar gestiones. No se trata de negar ideologías, sino de exigir coherencia entre discurso y acción. Tal vez ha llegado el momento de que quienes ostentaron esa investidura realicen un examen serio de conciencia política: un auto de fe democrático, no para flagelarse, sino para reconocer que Nariño merece más que discursos; merece resultados.

La reflexión es inevitable: ¿seguiremos votando por etiquetas o comenzaremos a exigir carácter, independencia y eficacia? Nariño no puede continuar siendo espectador pasivo de su propio rezago. Esta tierra necesita representantes que no teman incomodar al poder central, que no confundan disciplina partidista con silencio cómplice, y que entiendan que la lealtad mayor es con el pueblo que los eligió.

Cuando la representación se vuelve decorativa, la democracia se empobrece. Y Nariño, ya bastante golpeado, no resiste más mediocridad política. Para terminar, no puedo tragarme un sapo que hace rato se escsbulló en mi garganta y mi pluma. Entre sapos y culebras debo decir que como si lo anterior no bastara, los congresistas del llamado Pacto Histórico en Nariño terminaron imitando, con pasmosa rapidez, las peores prácticas de la política tradicional colombiana. Recibieron cuotas, incidieron en entidades, ocuparon institutos descentralizados y reprodujeron la misma lógica burocrática que durante años criticaron con vehemencia. Allí donde prometieron transformación, se instaló el reparto; donde anunciaron transparencia, apareció la contratación cuestionable; donde hablaron de ética pública, floreció el sectarismo administrativo.

Se ganó burocracia, sí; pero se perdió pueblo. Se persiguió a trabajadores, a padres y madres de familia cuyo único “pecado” fue no pertenecer a la nueva cofradía política. Ese no era el cambio histórico prometido; esa no era la justicia social invocada en plazas públicas. Lo que se presentó como ruptura terminó siendo continuidad: los mismos gamonales de siempre, ahora con un sello distinto. Y eso, para Nariño, no es revolución alguna; es simplemente la repetición de un libreto que ya conocemos y que tanto daño nos ha hecho.

Este espacio de opinión está abierto a columnistas, blogueros, comunidades y otros autores. Las ideas expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan la posición ni la línea editorial del Informativo del Guaico.

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