La pelota a mano no tiene un único origen ni una sola patria. Es un juego que ha viajado a través del tiempo, que ha cambiado de nombre y de escenario, pero que conserva intacta su esencia: golpear con la mano, competir con honor y representar a un territorio. Los campeonatos del mundo son, en ese sentido, la mejor fotografía de su evolución.
Todo comenzó en 1996, en Valencia, España. Aquel primer Mundial de llargues marcó el inicio de una competencia internacional que, con los años, crecería en modalidades, países participantes y nivel competitivo. La selección valenciana se quedó con el primer título y dejó claro que Europa, especialmente el Mediterráneo, sería el punto de partida de esta historia.
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En los años siguientes, Valencia mantuvo su dominio. Ganó en 1998 y 2000, consolidando una hegemonía que parecía difícil de romper. Sin embargo, en 2002, cuando Argentina fue sede, el panorama comenzó a transformarse. Surgieron nuevas modalidades como el Juego Internacional, el Frontón Valenciano y la Manito, y con ellas aparecieron nuevos protagonistas. Argentina se hizo fuerte en su especialidad, mientras la Comunidad Valenciana continuaba imponiendo condiciones en varias disciplinas.
Europa seguía liderando, pero el mapa empezaba a ampliarse. En 2004, Italia no solo organizó el Mundial, sino que se consagró campeona absoluta, demostrando que el poder ya no era exclusivo de una sola región. Cuatro años más tarde, en Ecuador, el torneo dio otro giro: Bélgica se quedó con el título global y América Latina comenzó a ganar protagonismo, no solo como sede, sino también como competidor.
El crecimiento era evidente. Para 2012, en Holanda, la pelota a mano ya era un deporte verdaderamente internacional. Países Bajos se proclamó campeón absoluto, pero lo más significativo fue la diversidad: Puerto Rico, México, Bélgica, Italia e incluso Colombia empezaban a figurar en los podios. El juego dejaba de pertenecer a un solo continente.
En 2014, el Mundial regresó a territorio valenciano, pero con una diferencia clave: la competencia era mucho más equilibrada. Bélgica, Holanda, México y Ecuador disputaban finales, mientras las modalidades se multiplicaban e incluían cada vez más competencias femeninas, con creciente protagonismo.
El punto de quiebre para Colombia llegó en 2017, cuando Pasto, en Nariño, fue sede del campeonato mundial. No fue solo un evento deportivo: fue la confirmación de que este deporte también tenía raíces profundas en América Latina. Colombia no solo organizó, sino que dejó su huella al ganar la modalidad de chaza, una de sus expresiones tradicionales.
A partir de entonces, la historia continuó escribiéndose con nuevos protagonistas. En el Mundial de 2023, disputado en Alzira, España, Euskadi se consolidó como potencia al lograr un doblete en frontón valenciano, tanto en la rama masculina como femenina, además de conquistar el título femenino en Juego Internacional. La Comunitat Valenciana, por su parte, se quedó con el título masculino en esta modalidad, reafirmando su protagonismo histórico.
Hoy, mientras un nuevo capítulo se desarrolla en Mendoza, Argentina, en el marco del XI Torneo Orbital, la pelota a mano sigue escribiendo su historia.
Los mundiales son el reflejo de un deporte que ha sabido transformarse sin perder su esencia. De las calles de Valencia a los escenarios de Pasto, de Europa a América, de modalidades tradicionales a nuevas variantes, la pelota viaja de mano en mano llevando consigo la identidad de los pueblos que la practican.
Y en cada golpe, en cada punto, en cada campeonato, se sigue tejiendo una historia que, lejos de terminar, apenas continúa.
Fuente: Confederación Internacional de Pelota a Mano – CIBJ
Foto: Página 10
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