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Los pastusos anotan un gol a la Historia

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El 28 de junio de 2006 el reconocido periodista bogotano Daniel Samper Pizano, a tres días del primer título conseguido por el Deportivo Pasto, escribió una columna en El Tiempo titulada “Los pastusos anotan un gol a la Historia”.

Este viernes, a escasas horas de jugarse el partido de ida de la final de la Liga Águila I del fútbol profesional colombiano, en el estadio Metropolitano de Barranquilla entre el Atlético Junior y el Deportivo Pasto, compartimos nuevamente la columna del mencionado periodista.

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Este es el texto de la columna de Samper Pizano.

La mejor noticia deportiva del momento no proviene de la Copa Mundo de Fútbol, sino de la coronación del Deportivo Pasto como campeón colombiano. La gallardía de Santa Fe, que hace 31 años se hizo a un lado para que otros pudieran emular sus seis estrellas, se ve recompensada así por el triunfo de un conjunto ultramarginal. Marginal, pues, aunque nació en 1949, hace apenas siete años juega en primera división; ultramarginal, porque representa a una ciudad y un departamento que tradicionalmente han sido mirados con sospecha o desdén por los colombianos.

Sé que no es políticamente correcto decir lo anterior, pero lo que más me atrae de Pasto y alrededores es su incorrección política. Aunque no comparta muchas de las posiciones históricas que ha asumido esa región, admiro su sentido de la autonomía, su valor, su idiosincrásica rareza. Los pastusos –y con esto digo los nariñenses– fueron realistas durante la Guerra de Independencia, y su rebeldía les costó sangre y desprecio. El país aún ignora que la mayor masacre de civiles de nuestros anales la cometió el general Antonio José de Sucre en la navidad de 1822, cuando, para vengar la derrota sufrida en Genoy veintidós meses antes, entró a saco en Pasto y permitió que sus tropas fusilaran, violaran, robaran y destruyeran a su antojo. Tres días de vandalismo dejaron 400 muertos, en su mayoría civiles, mujeres y niños. No hay que sorprenderse, pues, de que Sucre fuera asesinado ocho años más tarde cerca de allí.

Pocas guerrillas tan corajudas vio Colombia como la del indio de La Laguna Juan Agustín Agualongo, cuya lealtad al rey de España lo indujo a enfrentarse a Bolívar hasta cuando fue apresado y fusilado por José María Obando en 1824. Dice el historiador granadino Aníbal Galindo que, reclutados para los ejércitos libertadores, muchos pastusos preferían ahogarse en los ríos antes que combatir contra sus creencias.

Su tenaz resistencia le valió a Pasto toda suerte de diatribas. “Ciudad infame y criminal que será reducida a cenizas”, anunció el Supremo Gobierno de Popayán. “Voy a instruir que los principales cabecillas, ricos, nobles o plebeyos, sean ahorcados en Pasto”, escribió Francisco de Paula Santander.

“Haced lo posible por destruir a los pastusos”, ordenó Bolívar. Finalmente, cuando fue sometida la ciudad en 1822, el Libertador informó así a sus compatriotas: “La infame Pasto ha vuelto a entrar bajo las leyes tutelares de Colombia”.

Ciento ochenta años más tarde, la región sigue pagando penitencias. Las paga en forma de chistes, de atraso, de pobreza. Se necesitó la guerra contra el Perú para que le tendieran una carretera decente, y gracias a una devastadora epidemia de bartonellosis le construyeron hospitales en 1940.

Los pastusos doblegaron al pirata Bartolomé Sharp en la costa tumaqueña en 1681; invadieron la zona fronteriza ecuatoriana; guerrearon contra el presidente García Moreno y lo detuvieron en 1862; también engrillaron a Antonio Nariño, amarraron a López Pumarejo y los soltaron a ambos.

Comen cuy, hablan como serranos, oyen música andina, tienen más sangre inca que cualquiera otra comunidad nacional, son espléndidos anfitriones y amigos leales. Han aguantado dos siglos de burlas y desconfianza. Pero ahora los reivindica su equipo de fútbol. Y con ellos se reivindica el fútbol de los pequeños y el espíritu de los marginales. Déjenme declararme pastuso, aunque sea por un día.


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