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“Poetas en domingo”, cinco años ya

Alejandro García Gómez, columnista
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Desde Nod
Por Alejandro García Gómez
pakahuay@gmail.com

“Crear es robar cosas sabidas y olvidadas”, decía Utuquel, Mascador de luna (poeta), maya, según cuenta Miguel Ángel Asturias en la “Leyenda de las tablillas que cantan”, de su libro “Leyendas de Guatemala” (1930).

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 Pregunto: ¿qué es lo que diferencia a los seres vivos, considerados “menores” en la escala evolutiva conocida, en relación con la especie humana, a la cual pertenecemos? Para mí: La Cultura, indudablemente.

¿Cómo podría haber comenzado la Cultura? Pienso que se originaría en el momento en que los primeros grupos de humanos (después de un largo tiempo utilizado en organizarse para satisfacer sus necesidades -llamémoslas- “materiales” o “primarias”) tuvieron conciencia del “espectáculo” que representó la muerte, es decir, cuando esos “evolucionados” y “nuevos” seres vivos empezaron a “sentir” el miedoso pasmo, la temerosa angustia y el dolor frente a lo inescrutable, irreversible e inevitable de ella. Pienso que, con los temores de la ineludible aproximación hacia ella, por la edad, las enfermedades o los riesgos a correr en sus actividades cotidianas (la pesca, la caza, la recolección y otros) o por algo similar, comenzaron, al mismo tiempo a contar los actuares y vivencias de sus muertos para prolongarlos en la memoria de su corazón (recordarlos), recuerdo que se fue transformando en leyendas, porque ya antes había nacido la palabra (y, por espacio, no me detengo aquí).

Frente a este cuadro -llamémosle- de desolación y dolor, el recurso que les quedó fue contar esos actos y actitudes, transformarlos en cantares, cantares que se fueron convirtiendo en leyendas; entonces fue cuando apareció el mito, los mitos. Con los mitos, aparecieron las religiones que los consolidaron, convirtiéndolos en cantos y cánticos, es decir, nacía la Poesía. Ésta cantaba ya a sus héroes, es decir a sus mitos, para recordar a quienes se fueron y, al mismo tiempo, para afianzar la valía y la convivencia del grupo, al resaltar sus méritos y su pertenencia al clan o a los grupos de clanes.

También estoy seguro de que, como opuesto a la muerte surgió su antípoda, su natural contrario: el amor. Es decir, para mí, el tema fundamental humano es la muerte; de ahí deriva su correspondiente dialéctico (digamos que también natural): el amor. De estos dos temas fundamentales se derivan el resto de los asuntos de la poesía, hasta hoy; es decir, deriva La Poesía que, también para mí, es la actividad más alta (o más sublime si se quiere) del ser humano (improductiva en la práctica, económicamente hablando).

Mi amigo, el poeta Julio César Chamorro, desde sus “Nubes verdes” y ya hace cinco años, se ha dado a la brega de poner a nuestra consideración, a nosotros su público, a un o a una Mascador(a) de luna, cada fin de semana. Cuantas veces lo visité, siempre me quedé con la frustración de ver sus Nubes Verdes, que parecieran que gozan de la misma rebeldía de sus libérrimas gentes, porque las veces en que el poeta amigo intentó mostrármelas, jamás pudimos divisarlas, como era mi sueño y, obvio, también el de él, allá en la fría Ipiales de su alma.

Deseo desde este “Territorio Libre” (o baldío) -que significa Nod en la antigua lengua del Imperio Hitita- enviarle mi abrazo de felicitación y de cariño y, con él levanto mi brindis por este cumpleaños de sus “Poetas en Domingo”. Muchos años para el poeta, para sus “Poetas en Domingo” y para quienes alguna vez hemos desfilado por sus virtuales páginas.

Por último, deseo compartir éste, Poema Veintidós, de mi libro “Alfabeto de sombras”, Medellín, 2003, si se quiere, alusivo al tema que hoy nos convoca:

Nuestros dioses y sus padres,
de mis propios labios conocieron sus leyendas.
Yo canté sus héroes.
Hice y deshice sus amores.
Eternicé sus desdenes.
Fomenté sus alianzas, sus venganzas y sus guerras.
Sembré el vino, la música y el grano
con que regalaron a sus descendientes.

Para que entretuvieran sus ocios jugueteando a costa de los hombres,
inmortalicé las tragedias que yo mismo compuse.
Enseñé a sus sacerdotes los misterios y los ritos del culto.
Vituperé y maldije a los descreídos y a los sacrílegos.
De mí aprendieron los días de la semana,
así como a contarlos hacia adelante y hacia atrás
de las Lunas, las Estrellas y los Soles.

Comprendieron entonces que mi luz podría ser su desgracia.
Cegaron mis ojos y mis manos
y me condenaron a vagar entre las sombras de sus vaticinios.

Ellos están seguros de que aquí la oscuridad ni me halla ni me cree
y de que ni el rumor me escucha.


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