
Por Aníbal Arévalo Rosero
nautilus2222@gmail.com
El Carnaval de Negros y Blancos, patrimonio inmaterial de la humanidad, atraviesa hoy una de sus transformaciones más profundas y necesarias. La campaña “Carnaval sin talco” no es solo un cambio de insumos; es un pacto por la salud pública y la supervivencia ambiental de una fiesta que amenazaba con asfixiarse bajo su propia nube blanca.
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A continuación, los hechos clave que definen esta transición y por qué el juego “limpio” es, en realidad, un acto de amor por Pasto.
Durante décadas, el uso de talco industrial —a menudo adulterado o mezclado con cal y partículas de sílice cristalina o cuarzo— fue la norma. También se ha advertido la presencia de moscovita (mica), illita (arcilla), cal viva y otros compuestos minerales usados en industrias como el vidrio, el cemento y la cerámica. El problema radica en que el talco es un mineral que, al ser inhalado de forma masiva y repetitiva, no desaparece: se aloja en el organismo.
El contacto directo provoca enfermedades respiratorias como bronquitis, asma y la temida silicosis. Y la salud no es un juego: estudios científicos han señalado que el talco contaminado con fibras de asbesto —una impureza común en los yacimientos— es un carcinógeno comprobado. Su inhalación prolongada se asocia con el mesotelioma (un tipo de cáncer que se desarrolla principalmente en los pulmones) y el cáncer de pulmón.
A esta tradición de lanzar talco a conocidos y desconocidos se suman los daños oculares y dermatológicos: las conjuntivitis químicas y las dermatitis de contacto eran el “souvenir” inevitable de cada 5 y 6 de enero.
No se trata de alarmismo. La estructura molecular del talco inhalado actúa como microagujas en los alvéolos pulmonares, causando cicatrización irreversible (fibrosis).
Resulta contradictorio que, en pleno siglo XXI —una época marcada por el cuidado de la Pachamama, las energías limpias, los movimientos ecologistas, los animalistas, los partidos verdes y las convenciones mundiales del clima— se mantenga una costumbre nociva. La herida ambiental es mucho más que polvo.
El impacto ecológico de toneladas de talco suspendidas en el aire y depositadas en el suelo es devastador. En primer lugar, contamina las fuentes hídricas: el talco no es biodegradable y, al ser arrastrado por las lluvias o el aseo urbano, termina en los sistemas de alcantarillado y en el río Pasto, alterando el pH del agua y afectando la vida acuática.
Asimismo, se deteriora la calidad del aire. Durante los días de Carnaval, los niveles de material particulado en Pasto superaban ampliamente los límites permitidos por la OMS, creando una “neblina” tóxica que tardaba días en disiparse.
El llamado talco de residuos industriales permanece por meses en fachadas, calles y suelos, alterando su composición. La acumulación de estos polvos químicos afecta la fertilidad de la tierra en parques y zonas verdes urbanas, degradando la porosidad del suelo.
El tradicional juego del talco, entendido como muestra de afecto y respeto, se ha ido desvirtuando hasta convertirse en una práctica excesiva. Aunque algunos sectores conservadores lo defienden como tradición, también es cierto que más del 90% de los pastusos respaldan su eliminación del Carnaval de Pasto, como ya ocurrió en Ipiales y en la mayoría de municipios de Nariño, Cauca y Putumayo. El balance social, en consecuencia, es positivo.
La experiencia del Carnaval de 2026 demostró que es posible celebrar una fiesta más incluyente. Muchas personas —adultos mayores, niños y pacientes crónicos— que antes se veían obligadas a recluirse para evitar las nubes de talco, hoy pueden participar sin miedo a afectaciones en su salud. Un carnaval sin talco es, sin duda, más accesible.
Además, los componentes químicos del talco y las espumas de baja calidad deterioran las fachadas coloniales y los monumentos del centro histórico. Antes era necesario protegerse con gafas o antifaces para disfrutar de los desfiles, pero estos se empañaban, dificultando la visibilidad. A esto se sumaba que la falta de visibilidad en medio de las “batallas” de talco facilitaba hurtos y altercados.
La resistencia al cambio es natural en toda tradición, pero la cultura es un organismo vivo que debe evolucionar para no desaparecer. Sustituir el talco por cosmética teatral, body paint, pintura blanca o, simplemente, por el abrazo y el color, no le resta magia a la fiesta; al contrario, garantiza que podamos respirar su alegría durante muchos años más.
El carnaval debe ser un estallido de color, no un diagnóstico médico.
Este espacio de opinión está abierto a columnistas, blogueros, comunidades y otros autores. Las ideas expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan la posición ni la línea editorial del Informativo del Guaico.
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