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Treinta años sin Félix Córdoba Benavides: la memoria viva de un hombre del campo

Félix Córdoba Benavides
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El 5 de abril de 1996, un Viernes Santo, se apagó la vida de Félix Victoriano Córdoba Benavides en el Hospital San Pedro de Pasto. Treinta años después, su recuerdo sigue latiendo en cada rincón del corregimiento de El Ingenio, en Sandoná, donde dejó huellas profundas de trabajo, amor y perseverancia.

Félix nació el 12 de abril de 1914, en el hogar formado por Pedro Córdoba y Griseria Benavides. Desde joven conoció el peso del azadón y la dureza de la tierra, pero también la solidaridad de los hombres que, como él, levantaban caminos con sus manos. Fue parte de los obreros que construyeron la vía Sandoná–La Florida, y más tarde viajó a Cundinamarca, donde trabajó en la carretera Melgar–Bogotá y en las fincas del Sumapaz.

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Regresó a su tierra en tiempos oscuros, cuando la bartonela azotaba a las familias nariñenses. Con valentía, ayudó a sepultar a los muertos en el viejo cementerio de El Ingenio, gesto que revela la fortaleza y humanidad que lo acompañaron siempre.

En 1942 contrajo matrimonio con Luz María Cajigas Fajardo. La nueva familia se estableció en la vereda Alto Ingenio, donde levantó una casa de tapias y piso en ladrillo, moderna para la época. En ese hogar crecieron sus hijos entre el olor del café recién tostado y el sonido de las vacas en el ordeño. Allí enseñó a sus hijos a amar la tierra: a sembrar maíz y papa, a cuidar animales, a montar a caballo.

Félix fue un hombre de campo, pero también un hombre de mundo. Aprendió a escuchar la radio y a leer periódicos, y en su hogar nunca faltó un radio Philips que le conectaba con las noticias y la música. En sus momentos de bohemia disfrutaba de Los Trovadores del Cuyo, aunque su alegría más grande estaba en las bandas festivas que animaban la vida campesina.

Cultivó café en “El Guaico”, entre rocas y quebradas, primero de variedad borbón y luego caturra. También sembró plátano, guineo y frutales. En los años sesenta se aventuró con la cabuya y la caña panelera, pero fue el café y el ganado lo que sostuvo a su familia. Con carácter firme enfrentó las enfermedades y pérdidas: la muerte de su hija Mercedes en 1973, la partida de su esposa en 1981 y el dolor constante de acompañar a su hija Dolores en su lucha contra la epilepsia.

Su vida no se limitó a su finca. Fue parte activa de la comunidad: ayudó en la construcción de la escuela y la capilla, y más tarde en la vía de acceso, el acueducto y la electrificación de Alto Ingenio. Su compromiso con el progreso de su vereda es testimonio de un hombre que entendía que el bienestar propio se construye junto al bienestar colectivo.

Apasionado del ciclismo y el boxeo, seguía por la radio las hazañas de “Cochise” Rodríguez y las peleas de Kid Pambelé. Con él, sus hijos aprendieron no solo nombres de corredores y pugilistas, sino también la geografía de Colombia, descubierta a través de las ondas radiales.

Félix falleció a los 81 años, dejando tras de sí un legado de trabajo incansable, disciplina y amor por la tierra. Sus restos reposan en el cementerio de El Ingenio, pero su memoria vive en cada cafetal, en cada historia contada al calor de la radio, en cada obra comunitaria que ayudó a levantar.

Treinta años después, sus hijos y nietos lo recuerdan como lo que fue: un hombre sencillo, de trato fácil, que supo enfrentar la vida con dignidad y que sembró en su familia valores que aún florecen.

Gracias papá, por el ejemplo, por la perseverancia y por enseñarnos que la tierra y la palabra son semillas que nunca mueren.

La nota original fue publicada en este medio el 5 de abril de 2021.

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