La Navidad oscura del HK-161

Avión hallado en el cerro de las Ánimas
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Hay tragedias que no solo duelen: engañan.*
La del vuelo HK-161 de Avianca es una de ellas. No por la caída de un avión —que ya sería suficiente— sino porque a la muerte se le sumó una mentira cuidadosamente escenificada, enterrada bajo tierra y silencio en las montañas de Nariño.

Era 24 de diciembre de 1966, Nochebuena. El DC-4 de Avianca partió de Bogotá rumbo a Pasto con 29 personas a bordo. A las 9:20 de la mañana se registró el último contacto. Luego, nada. El avión desapareció del radar y con él la tranquilidad de una región entera. Lo que debía ser celebración se convirtió en espera, angustia y rezos.

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Pasto entró en luto, sin cuerpos, sin certezas. La búsqueda comenzó en medio de mal clima y rumores que iban y venían, alimentando falsas esperanzas. Hasta que llegó el anuncio oficial: los cuerpos estaban incinerados e irreconocibles. Con esa frase se cerró la búsqueda… y se abrió el engaño.

Días después, la ciudad acompañó un funeral masivo. Ataúdes alineados, procesión solemne, lágrimas colectivas. El sacerdote Jaime Álvarez organizó la ceremonia. Las familias tenían una orden clara: no abrir los féretros. Nadie sabía que dentro no había restos humanos, sino piedras y tierra. Pasto lloraba frente a cajas vacías.

El montaje parecía perfecto. Hasta que la verdad apareció por accidente.

El 4 de enero de 1967, once días después de la desaparición, un campesino llamado Jesús Gallardo encontró los restos reales del avión en el Cerro de las Ánimas, cerca de Tajumbina. El HK-161 nunca estuvo donde dijeron. El funeral había sido una farsa.

Quien no se sorprendió fue el periodista Antonio Terry Gallego, escéptico desde el primer día, enfrentado públicamente a la versión oficial y al sacerdote. La realidad le dio la razón: el avión seguía perdido cuando ya lo habían “enterrado”.

Las preguntas siguen abiertas.
¿Avianca montó el engaño para detener una búsqueda costosa —más de 55.000 kilómetros volados—?
¿El sacerdote fue cómplice o instrumento?
¿Se evitó la autopsia para ocultar la verdadera causa del accidente?

Nada se probó del todo. Pero la herida quedó.

El impacto fue tan profundo que nació un dicho en la región:
“Cuando el pastuso llora es por un avión perdido”.
Dolor y traición resumidos en una frase.

La historia quedó registrada en libros como El fariseo, de Edgar Bastidas Urresty, que —según se cuenta— el mismo sacerdote intentó censurar comprando y quemando ejemplares. Borrar el papel para borrar la culpa.

Al final, la verdad no salió de una oficina ni de un comunicado.
Salió del campo, de un campesino, y de la terquedad de un periodista que dudó cuando todos creían.

Y queda una pregunta incómoda, casi inevitable:
¿cuántas tragedias más fueron enterradas así, sin que nadie las desentierre jamás?


*Esta crónica se basó en la investigación del abogado Jorge Dueñas Romo y publicada en este medio digital.

Foto: ChatGPT

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Author: Admin

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