
vigente sobre evaluación) pide tener en cuenta las diferencias individuales y
ritmos de aprendizaje de cada uno. Está basado en el concepto de las
“inteligencias múltiples”: cada estudiante necesita un proceso propio. Esto
suena bien, pero en la práctica es inalcanzable con 10 o hasta 22 grupos de 40
o hasta 60 estudiantes y con una atención a 400, 500 y hasta 900 o más
estudiantes por profesor por semana.
En la realidad, el docente se traza un
objetivo: que cada estudiante se forme en una sana convivencia para que aprenda
a vivir en sociedad y que adquiera los conocimientos adecuados a su edad y
grado, es decir, que logre las competencias requeridas por los estándares del
Ministerio de Educación. Con esta cantidad de estudiantes y grupos, cada año, el profesor debe hacer el milagro
de “arrastrar”, dentro del objetivo trazado, a todos sus discípulos. Con muchos
lo logra, con varios no.
clases/profesor/semana, al hacinamiento en aulas, a las actividades
curriculares diferentes a clases (dirección de grupo, elaboración y ejecución
de proyectos académicos o institucionales, reuniones de coordinación académica
(áreas y grados) o disciplinaria, calificación de tareas, exámenes, trabajos,
talleres e informes de laboratorio, preparación de cada actividad, aplicación y
evaluación de las mismas, acompañamiento o vigilancia a los estudiantes en sus
descansos diarios de las jornadas que son los mismos de cada profesor, al
semanal y hasta diario llenado de papelería de las normas ISO y un largo
etcétera), se suma la problemática de nuestras ciudades, todas conflictivas,
que generan una convivencia sui géneris, donde el maestro debe hacer de
detective (para conseguir las evidencias o pruebas), de fiscal (para la
acusación por escrito bajo las normas ISO), de juez (para ubicar en el manual
de convivencia el correctivo pedagógico a seguir) y de veedor, para vigilar que
se cumpla. Adicional a esto está el conflicto derivado de la aplicación del
Código del Menor cuya manipulación lo ha convertido en laxo, del que he hablado
en otros artículos. Y claro, no se debe olvidar su papel fundamental: enseñar.
1290/09 que quitó el perverso 5%, volvieron a los números para calificar
internamente las actividades curriculares estudiantiles, se han presentado
grandes choques en relación con los resultados, comparando los actuales con los
del anterior, el 230/02. En éste todos “ganaban” el año (excepto el 5% de cada
grado escolar, como se dijo), y en el actual sólo lo hacen quienes hayan hecho
un esfuerzo razonable y adecuado dentro del proceso de todo el año, y son
muchos los que lo hacen con el acompañamiento adecuado de sus padres. Pero los
de quienes no lo logran, que son pocos pero más del 5%, son los que
generalmente aprietan a los maestros o a los rectores o a las secretarías de
educación. Y aquí empieza la piedra del escándalo que señalamos al comenzar
esta serie de artículos.
Estado, en vez de coonestar con la mediocridad, haciendo el eco a estas voces,
a corto plazo debería emprender una tarea de campañas educativas para ellos,
que les enseñe a mejorar el acompañamiento a sus hijos y que les internalice
del papel fundamental del esfuerzo personal de sus hijos en su propia
educación. A mediano plazo, revaluar el sistema educativo y mejorar las
condiciones de trabajo de los docentes. A largo plazo mejorar las condiciones
de la sociedad, buscando fortalecer el tejido familiar, condición única para el
bienestar patrio en todos sus aspectos. Ojalá que la conspicua inteligencia de
la ministra Campo lo logre. También queda hacer la fácil, rasgarse de nuevo las
vestiduras de la hipocresía. (05.XI.12)
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pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a
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