Crónica sobre los funerales de un pastor alemán

Foto animalesmascotas.com
A raíz del lanzamiento del libro “Relatos
carnavalescos” del escritor sandoneño Diego Luna Benavides realizado el pasado
jueves 2 de enero en la casa de la cultura y teniendo en cuenta que uno de los
relatos corresponde a los funerales de un perro pastor alemán en febrero de
1983
, publicamos una crónica titulada “Huella del amor canino” que escribió el
profesor Sofonías Rodríguez Montezuma, hace cinco años.

Huella del amor canino
Sucedió hace 26 años en Sandoná
La manera como el amor por los animales puede
terminar con la existencia de sus dueños tras la muerte de ellos.
Por Sofonías Rodríguez Montezuma
En ese devenir histórico del guaicoso,
arraigado en lo suyo, emprendedor, curtido y entregado a su diaria labor;
abanicado a momentos por el aire fresco de graciosas e inolvidables anécdotas
que han hecho más llevadera su vida y siempre simpática a esta localidad del
occidente nariñense, nunca la gente imaginó que pasara algo tan insólito, que
no sólo se quedara entre los suyos sino que se convirtiera en rara noticia que
trascendió al departamento
y que precisamente DIARIO DEL SUR lo destacara en su
oportunidad.
Todo comenzó con el arribo de un personaje, de
los muchos que han llegado a esta tierra y que aparte de mirarlo de pies a
cabeza la primera vez, de lo que se vaya a ocupar en adelante, como que
coincide el concepto ciudadano en que es problema de cada uno. Aquí las puertas
se abren para todos, parece ser la consigna general para los forasteros que
quieran venir, pero cada quien se defiende como puede en cuanto a trabajo se
refiere
. Y así con él trascurrieron semanas, meses y años para que finalmente
dieran lugar a escribir esta cuasi-crónica en la tierra de la panela y el
sombrero, de la música y de los atractivos turísticos. Y así se fue
desenrollando este relato en el que participan como principales actores un
lotero y su perro pastor alemán, además de un grupo de amigos que casi todos
los días llegaban hasta su residencia para compartir al calor de unos tragos de
ron, charlas a veces trasnochadas, o contar chistes, recitar unos versos e
improvisar canciones.
Expectativa
Con las expectativas de lo novedoso que cada
día en ocasiones aparece y de pronto las cábalas que en todas partes se dan,
apenas deslumbraba el año ochenta, cuando de la noche a la mañana apareció en
Sandoná la extraña figura de un hombre de baja estatura, amorenado, con una
prominente barriga que casi le llegaba a las rodillas fruto de haberse ganado
varios récords como glotón (afirman hasta ahora sus amigos que era capaz de
comerse una gallina y dos gaseosas La Cigarra en un solo golpe) pero como
pocos, de espíritu bonachón y excelente amiguero. Los escritores sandoneños
John Carlos Delgado Pabón (q.e.p.d.) y Luis Harold Insuasty Zambrano, en su
obra “Vivencias de un pueblo” explican que por Pedro Quiñónez Motta,
su nombre original, nadie daba razón, pero sí por “Capulina” gracias
a su cercano parecido con el cómico mejicano
, descendiente, además, de una
familia brasilera que en algún tiempo fue acaudalada y que luego le tocó vivir
una calamitosa situación que lo obligó a emigrar hacia un lugar cercano a
Leticia, donde permaneció tres años, y tampoco encontró el lugar ideal. Pues los
continuos fracasos lo estaban llevando al borde de la desesperación. A los
vecinos que lo conocieron les comentaba que su medio de vida cerca del Amazonas
no era el mejor, hasta que decidió venirse para Nariño y en su capital hizo
amistad con un lotero, quien le prestó ayuda para que vendiera rifas de su
agencia. Le oían comentar que aunque parecía ésta la ciudad que lo encaminaría
a la reivindicación, allí encontró otro enemigo, el frío. Entonces decidió
instalarse en Sandoná, en donde rápidamente encontró amigos, a quienes les
vendía rifas y lotería.
Relatos
Relatan quienes compartieron con él muchas de
sus andanzas, que gracias a las propinas de dos premios gordos vendidos por
Pedro, logró comprar un Renault 4, en el que salía a pasear con su perro Tarzán,
un pastor alemán que infundía miedo mirarlo o pasar a su lado
. Tenía el animal
como padres a un pastor alemán llamado Paco y a una perra criolla de nombre
Laica. Más adelante Paco, con una perra de la misma raza, tuvo a Pepón. Pablo
Pérez era el dueño de Pepón, que a la vez resultaba ser el hermano de Tarzán.
Como Pedro, digamos ‘Capulina’, no tenía ni mujer ni familia, se llegó a
encariñar tanto con el perro que comían juntos y casi a diario los dos hacían
la siesta, intercambiando largos ronquidos, unos agudos y otros graves, que
despertaban al vecindario, semejándose a la retreta de una banda con
instrumentos viejos.
Desenlace fatal
Los mismos sostienen que nunca se borrará de
la mente de los sandoneños aquel 13 de febrero de 1983, en una fría y opaca
mañana, cuando su amo compartía plácidamente con sus amigos una etílica
tertulia y luego de llegar caminando al sector entre la carrera quinta y calle
sexta, se dio cuenta que varias personas hacían círculo en torno a un perro,
que se encontraba tirado en el piso, debatiéndose entre la vida y la muerte
luego de haber sido envenenado. Era Tarzán
. ‘Capulina’, preso de la angustia
temblaba y no sabía qué hacer. Un agente de la Policía se acercó y preguntó
¿Qué sucede? Alguien le contestó: parece que le dieron un tóxico mortal.
Silvio, otro de los de su cuerda, que atinó a llegar en ese momento al lugar
donde el perro agonizaba, recomendó que le dieran pronto manteca de cerdo
revuelta con agua de panela, para contrarrestar la acción del veneno. Todos
manos a la obra consiguieron y le dieron, metiéndole en forma brusca, el
remedio formulado y claro, a los pocos segundos el animal reaccionó de tal
manera que perfectamente sacudió la cola y sus ojos relucientes anunciaban algo
así como si hubiese regresado del más allá, latiéndole incluso dos veces a su
amo. Pero cuando todos celebraban la recuperación de Tarzán y el perro volvía a
su estado normal, de un momento a otro agachó el hocico. De inmediato las
lágrimas de ‘Capulina’ y ‘Chacho’, otro de sus amigos de confianza, se dejaron
caer sin parar, como si hubiese muerto un pariente, al tiempo que gritaba
desconsoladamente el dueño “¡Dios mío qué va a ser de mi vida sin Tarzán,
si él era más que un padre, más que una madre, más que un hermano!”. Ya no
había nada qué hacer. Pero, como buen cliente de un establecimiento de licores,
llevó a sus amigos y allí les gastó cualquier cantidad de botellas de ron,
incluida comida de pollo. Sumido en la más amarga pena, mandó a traer al perro
muerto para hacerle compañía en una noche que para él era como un velorio
.
Conocidos o no, eran invitados a lamentar entre copa y copa, la muerte trágica
de un can que tuvo en Pedro Quiñónez a uno de los amos que seguramente pasará a
la historia, que además con todo un ceremonial al otro día consiguió un trineo,
le compró un ataúd como para adolescente que le costó quince mil pesos y llevó
a Pepón, el perro de un vecino para que lo jalara hasta cerca de un campo
abierto donde sería finalmente sepultado con todas las de la ley. Se recuerda que
al lado del hueco dispuesto para enterrar al perro se encontró una piedra
redonda de más o menos un metro de diámetro. En ella Pablo se encaramó y
pronunció un sentido discurso de despedida para el mejor amigo del hombre.
Algunos dicen que como a los dos días que ‘Capulina’ todavía lloroso fue con un
amigo a visitar al difunto perro, llevándole flores, no encontró ni rastros de
la tumba. Afirmaron que la piedra que cubría el lugar la habían llevado para
hacer triturado. Después de la vida de Tarzán la de Pedrito no fue de lo mejor
y andaba en el pueblo desconcertado
. Se desobligó de vender lotería y su salud
en su edad sólo madura se vino a pique y poco a poco fue desmejorando y en
cuestión de días se supo que murió en un pueblo diferente al que por un tiempo
pasó los mejores días de su vida.
La demanda

Unos apartes de la demanda dirigida a la
Sociedad Protectora de Animales en Pasto, en contra de un señor de apellido
Torres, quien trabajaba en la oficina de Saneamiento, decía; “Yo, Pedro
Quiñones Motta, mayor de edad y vecino de esta jurisdicción, identificado con
pasaporte brasilero número 7.142 del estado de Minas Gerais, ante ustedes ruego
para que este crimen no se quede impune, como los demás del reino animal. Pido
también a la justicia ordinaria o a quien corresponda, constituirme en parte
civil, para que condenen al occiso en gramos de oro o su equivalente en moneda
nacional, como autor intelectual y material del homicidio agravado en perro
ajeno”
. Lo anterior no es leyenda, ni cuento. Es la historia de algo real
que sucedió aquí en la hoy llamada “La ciudad más dulce de Colombia”.

Author: Miguel Cordoba

2 thoughts on “Crónica sobre los funerales de un pastor alemán

  1. FELICITACIONES POR ESTE MAGNIFICO COMENTARIO, DE LO QUE PASO EN NUESTRO MUNICIPIO DE SANDONA, YO HAGO MEMORIA Y SI EFECTIVAMENTE RECUERDO AL POPULAR CAPULINA Y A SU PERRO TARZAN QUE ERA SU MEJOR AMIGO.

    DE ESO MI AMIGO MIGUEL ANDRADE CRUZ MAS CONOCIDO COMO EL CHACHO PUEDE DAR FE DE ESTE TESTIMONIO TAN LINDO Y MARAVILLOSO DE COMO ES QUERER A UN PERRO YA QUE SE CONVIERTE COMO ALGUIEN MAS DE LA FAMILIA. Y ESO ME SUCEDE A MI CON MI MASCOTA DE NOMBRE MANOLO MI HIJA LO QUIERE COMO SU HERMANITO. FELICADES POR ESTE APORTE Y MIL BENDICIONES.

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