
En medio de la celebración de los 75 años de la Institución Educativa Nuestra Señora de Fátima, Fanny Meza Guerrero abre las puertas de su casa y de su memoria para recordar cómo se construyó, con esfuerzo colectivo y generosidad, uno de los pilares de la educación sandoneña.
“Con mucho gusto yo le voy a informar lo que yo sé de mi vida”, dice con una sonrisa, mientras evoca la llegada de las hermanas franciscanas el 30 de agosto de 1950. En ese entonces, la comunidad religiosa se instaló en una vieja casona frente al parque principal, al lado de la alcaldía. “El dueño era don Rafael Caicedo”, explica Fanny. “Fue él quien prestó el predio para que las monjitas iniciaran la escuela, que funcionó donde hoy está el comando de Policía”.
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Cuando Fanny inició sus estudios primarios, ya la institución había sido trasladada al lugar donde en la actualidad funciona la Institución Educativa Santo Tomás de Aquino. “La madre superiora nos decía que había que colaborar. Suspendían clases para que ayudáramos a cargar tejas o ladrillos, mientras los padres de familia preparaban canelazo y jugo. Era como una fiesta trabajar por el colegio”, recuerda con emoción.
Su abuelo, José Guerrero, benefactor generoso y profundamente religioso, dejó huella no solo en Sandoná, sino también en Tambo, Ancuya y Las Lajas, donde apoyó la construcción de templos y colegios. “Yo era su nieta preferida. Lo acompañaba a entregar donaciones en efectivo o a ofrecer terrenos. Decía que a las monjitas había que darles el lote completo donde hoy está el colegio”, cuenta doña Fanny.

La historia también incluye a su suegro, Carlos Rodríguez Mera, alcalde de Sandoná en dos ocasiones. “Así como mi abuelo, él ayudó mucho al colegio. No se quedaba en la oficina, salía a trabajar por el pueblo, a resolver problemas, a aportar recursos para las actividades”, recuerda.
Fanny estudió hasta tercero de bachillerato —lo que hoy sería octavo grado— en la Institución Educativa Nuestra Señora de Fátima. Allí vivió la formación franciscana que marcó su carácter: disciplina, solidaridad y compromiso. Posteriormente, se fue a estudiar al Colegio Maridíaz de la ciudad de Pasto. “Yo soñaba con ser maestra, era mi vocación”, confiesa. Sin embargo, una enfermedad de su madre la obligó a dejar los estudios para asumir responsabilidades en su hogar.
La conversación se llena de anécdotas: los banquetes de la confraternidad, los festivales para recolectar fondos, incluso un toreo organizado en el patio del colegio. “Era muy bonito, traían orquesta, papayera, todos colaboraban. Los alcaldes de la época también ponían su granito de arena”, comenta Fanny.
En el marco de las bodas de diamante, Fanny revive aquellos recuerdos con nostalgia y orgullo. “Nos formaron para ser responsables y agradecidos. Eso me ayudó a criar a mis hijos y a servir a la comunidad”. El año pasado, durante el inicio de la celebración, participó en un desfile vestida de colegiala junto con otras exalumnas, un gesto simbólico que arrancó sonrisas y aplausos.
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Hoy, a sus años, Fanny es testigo viva de cómo la fe, el esfuerzo comunitario y la vocación educativa transformaron un sueño en realidad. “Estoy feliz de ver que no se olvidan de la historia ni de los benefactores”, dice al despedirse, con la certeza de que las semillas sembradas hace 75 años siguen dando fruto en las nuevas generaciones de sandoneños.
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