Fútbol: ¿feroz “utopía”?

Columna Desde Nod
Por: Alejandro García Gómez
En la parte inferior de la foto de portada, un hombre de camiseta roja, gafas oscuras y mochila con los colores de la bandera, con la mano derecha al parecer empuñada, mira agresivamente a un joven, de camiseta a rayas verde y blanco, caído en el suelo, que lo observa en actitud desvalida, expectante, protegiéndose con la izquierda. Dos hombres imploran, y uno con la izquierda protege al caído. Partido Nacional-Medellín de este 2 de abril. Dos policías en la parte superior lucen desconcertados e impotentes ante otro hombre sin camisa y gorra azul. Un TVnoticiero ha mostrado al de rojo y gafas oscuras apuñaleando al otro. Escena que se repite cada 8 días, con asesinato a veces. Está en etapa conciliatoria Senado- Cámara la ley que busca legalizar los dineros del fútbol profesional, hacerlos reconocer impuestos reales para el Estado y, de paso, intentar erradicar la violencia de las barras.
¿Por qué el fútbol ha llegado a ser el espectáculo más grande del mundo? Por varias razones entre las cuales está que es un deporte-juego de conjunto que lo convierte en punto de encuentro social, por sus características de competencia democrática con normas que cada jugador y espectador conoce y sabe que debe respetar, en donde un poco de habilidad o fuerza o  agilidad mental o todas juntas –con el balón y/o las normas- te sacan de la igualdad democrática y te dan la jerarquía del poder sobre ese grupo y te convierten en el ídolo del momento o de varios años o te llevan, incluso, al desborde irracional de la cursilería y la desfachatez –iglesia Maradoniana-. ¿Por qué el fútbol y no otros deportes? Considero que la razón principal para haberse convertido en el súper espectáculo del siglo XX y XXI se debe a que es el deporte-juego en el que mejor se acomoda, se expresa y se sublima el machismo de hombres y mujeres.
¿Y por qué se transformó en feroz utopía? El espacio es breve y vasta la tela para cortar: cuando se solidificaron los equipos de fútbol profesional colombiano como negocios rentables en la década del 70, una inmensa mayoría de jóvenes de clase media y popular teníamos la utopía de la justicia con libertad que la había propagado por el mundo la herencia del Mayo Francés del 68. Algunos recibieron la “utopía” del dinero como herencia de sus padres y hoy continúan transmitiéndola. Pocos optaron por el servicio religioso. En América Latina estaba fresca la esperanza por lo que ocurriría en la Cuba de Fidel y del Che. Muchos jóvenes colombianos de clase media y popular (entonces, casi todos hinchas y que continuamos siéndolo aún, pero sin esta demencial actitud) peleábamos contra el plan Atcon de las universidades armados con los argumentos del Programa Mínimo, o contra el plan Kerrie de las cuatro estrategias de Misael Pastrana y otras utopías, inmersas todas en un pensamiento socialista y marxista que después nos fueron dejando a vera del camino a algunos, a otros nos estrellaron contra la realidad de la corrupción y a pocos aun los parapetaron como asesores de algún presidente o cosa parecida. Otros murieron. Los poderosos, validos de sus aplastantes medios de comunicación, con muchísimas mayores sutilezas hoy que antes, empezaron a vestir de fasto la banalidad y el consumismo y así, con sus demoledores medios crearon entre los mitos modernos a los futbolistas y los treparon al altar de las utopías por medio de sus otras criaturas: los incendiarios periodistas del fútbol. Con el narcotráfico de los 80, aparecieron las primeras barras violentas, quizá las progenitoras de las bravas de hoy: en Medellín la Escándalo Verde (luego Los del Sur, LDS) y la Putería Roja (Rexixtenxia Norte, RXN) en una reproducción de padres a hijos o sus figuras similares. El fútbol resultó la mayor utopía por su connotación machista, y por lo fácil que es manipular los sentimientos con beneficio positivista y mercantil. Ahora se quejan. La Iglesia ha perdido su fuerza. Las barras bravas ignoran que su falsa utopía es sólo feroz espejismo.
Nota.- Por viaje, se suspende temporalmente esta columna. 17.IV.11

Author: Miguel Cordoba

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