Las siempre espinosas relaciones Colombia-Venezuela

Desde Nod
Por Alejandro
García Gómez.
“‘Colombia debe
descarrilar la nueva economía venezolana’: The Washington Post”, es un titular
de Semana.com (25.X.2016) que me ha hecho recordar un evento que casi nos lleva
a la guerra con Venezuela: el llamado incidente de la Corbeta Caldas
.

Nuestro vecindario
con Venezuela ha padecido asperezas. El último (?): el cierre de la frontera y
el criminal destierro de nuestros compatriotas. Iniciando por los comienzos de
La República, cuando tres generales venezolanos quienes, por marañas asimiladas
a un Golpe de Estado, se convirtieron en sendos dictadores de cada fracción de
la que ahora recordamos como Gran Colombia: Páez en Venezuela, R. Urdaneta en
la Nueva Granada y JJ Flores en Ecuador; los tres en 1830
. Todos invocaban
actuar bajo el mecenazgo mesiánico del por entonces enfermo y ya casi agónico
Bolívar (que también se había declarado Dictador en la Nueva Granada el 27 de
agosto de 1828, lo que le había costado la Noche Septembrina, la sublevación de
JM Córdova y el odio general).
Después de la
II Guerra Mundial y a raíz del perfeccionamiento de las tecnologías de
explotación del petróleo submarino, los EU marcan sus derechos de subsuelo en
el mar, con el derecho de potencia vencedora. El resto de países bajo su órbita
o coloniaje comienzan a hacer lo mismo. Al golfo de Coquivacoa, llamado por los
venezolanos “de Venezuela”, y que está en la frontera norte de ambos países,
nadie le para bolas hasta el descubrimiento de petróleo allí. La dirigencia
venezolana inicia una agresiva campaña de nacionalización de la exploración y
producción petrolera, para que sus beneficios de renta queden repartidos entre
sus burguesías y el Estado. Nuestro país se había quedado en las llamadas
“concesiones”: las compañías extranjeras, en un negocio redondo, exploran y
explotan el material y nos venden el que consumimos –a nosotros los dueños-
dando unas irrisorias “regalías” a nuestros gobiernos, endulzándolos con una
mínima prebenda
.
El 9 de agosto
de 1987, la Corbeta Caldas, de la Armada colombiana, ingresó en aguas de delimitación
incierta en el golfo. Los venezolanos señalaron que estaba en su territorio al
igual que los nuestros argüían que era suyo. El tira y afloje duró hasta la
medianoche del 18 de ese agosto, cuando el presidente Virgilio Barco ordenó su
retiro. El presidente Lusinchi (Venezuela) se aprestaba a dar la orden de
dispararle, después de reunir un Consejo. Semana y media duró la tensión
bélica. El territorio aún no se delimita, ni se delimitará hasta que se agoten
las reservas de petróleo –y gas, descubierto posteriormente-
.
En el
trasfondo, ¿qué había ocurrido? Que las compañías petroleras norteamericanas
querían que los colombianos, por medio de una guerra contra los venezolanos,
les dejáramos el campo abierto
. De cualquier manera ganarían ellas: si vencía
Colombia, por las “concesiones” u otra prebenda similar. Si Venezuela, porque
la agarrarían en desangrada postguerra, y usufructuarían no sólo ese territorio
sino otros más.
Eso es lo que
quiere ahora Wall Street (WS): que empecemos una campaña agresiva de hecho
contra Venezuela. WS sería la “salvadora” a quien acudiría la poco fiable
oposición venezolana. Y no es que no nos parezca no sólo antidemocrático, torpe
e injusto el chavismo –en quien habíamos confiado-, sino corrupto y criminal.
¿Que el problema de Venezuela es inmenso? Sí, pero no es la exclusiva carne de
cañón colombiana la que lo debe resolver. Abramos los ojos
. No debemos ser tan
cándidos si a nuestros gobernantes –con una o dos noches en un rancho gringo o
en un palacio real europeo- los endulzan para ponernos en agresiones que se
transformarían en un conflicto bélico continental. ¡Y quién sabe si no más!

Nota.- Por viaje, se suspende temporalmente esta
columna. 03.XI.16

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Author: Miguel Cordoba

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