Los dos primeros años del gobierno de Gustavo Petro

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Por Lucero Martínez Kasab
luceromartinezkasab@gmail.com

Le escuché a un sabio decir la cualidad debería definir la cantidad para conservar la vida, me detuve unos segundos, lo justo para sopesar la frase; siguió diciendo que la cantidad fue la ruta que tomó la Modernidad, nuestra época, la que goza de un prestigio inmerecido. La cantidad que viene del sistema económico imperante, el capitalismo, que es acumulación de dinero. Esta es la génesis para que hoy en día gran parte del mundo piense todo en términos contables, olvidándose de la cualidad, es decir, de la propiedad, la que nos permite conocer la esencia de las cosas.

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La subjetividad de los seres humanos no sólo se forja por la herencia, la niñez, la experiencia de la vida sino también por los rasgos macro sociales de la época en que se vive, rasgos que a su vez son determinados por la política y la economía en el mismo nivel, no una sobre la otra, no, es un círculo que se retroalimenta. Ambas, la economía y la política son el producto de la visión del mundo, sin embargo, los seres humanos inmersos en la lucha diaria poco reflexionamos sobre eso dando por sentado que el mundo que encontramos es así porque sí, que la pobreza es natural, como lo dijo Hegel…, pero Rousseau ya nos había dicho que no, que la pobreza no es natural, lo escribió en un precioso texto Discurso sobre la desigualdad entre los hombres:

El primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!

Y eso fue lo que hizo la Modernidad, esta civilización que nace en Europa y que fue invadiendo al mundo con la codicia, apropiándoselo más y más; como lo ha hecho cada élite pudiente en países como Colombia o Venezuela robándose tierras, metales preciosos, ¡islas completas!, ¡ríos! -como lo denunció el valiente periodista Gonzalo Guillén, director de La Nueva Prensa, aquí donde él me ha acogido para escribir-, condenando a millones de personas a la pobreza, al analfabetismo, al éxodo y al consecuente desarraigo que duele como duele perder un ser querido. Aquí en Colombia a aquel o aquella que se iba oponiendo al saqueo lo iban asesinando y, aún lo asesinan, hasta que uno de esos que se paraba a condenar la rapacidad llegó a la presidencia, Gustavo Petro, para decir alto con los impostores que los frutos son de todos y la tierra es de nadie para contener la depredación que han hecho sobre nuestro país y sobre el Estado y así, buscar la justicia social en su gobierno.

Para tener como propósito en la vida la defensa del principio de que todo es de todos  se necesita una subjetividad que privilegie la cualidad sobre la cantidad, si no, este presidente –y como él tantos líderes en la historia de la política mundial- no hubiera podido tener la lucidez y el corazón para darse cuenta de la esencia de la situación del pueblo colombiano: una vida de sufrimiento, de pobreza, de desnutrición infantil, de vejez en un rincón, de ríos envenenados, de selvas arrasadas…, esencia de la vida de los colombianos y colombianas casi nunca nombrada por los candidatos presidenciales y menos aún por aquellos que han sido dignatarios durante los últimos sesenta años, con la excepción de Ernesto Samper quien se interesó de verdad por lo social. Entonces, Gustavo Petro, empezó después a buscar las cantidades de pobres, de niños desnutridos, de ancianos en el olvido, de las cantidades de mercurio en los ríos por la minería legal e ilegal, de las hectáreas deforestadas para poder diseñar su Plan de Gobierno Colombia, potencia mundial de la vida, el que cumplió el 7 de agosto del 2024 dos años.

Y con base en eso decir hoy, con toda la felicidad posible cuando se hace un ajuste de cuentas de sus dos años de gobierno, que logró sacar de la pobreza a un millón seiscientos mil seres humanos, que redujo la mortandad y la desnutrición infantil, la mortalidad materna, que mejoró la alimentación de niños y soldados, que le entrega una pensión a los ancianos, reduce la deforestación, construye colegios y universidades, reactiva la economía, que hay libertad de prensa –más bien abuso por parte de la oposición-, que hay libertad de protesta, producción de medicamentos para el VIH, reactivación comercial con la hermana Venezuela y muchos logros más en medio de un país que no recibía durante décadas buenas noticias.

Claro que hay que deplorar en estos dos años de gobierno, entre otros hechos, la falta de escucha del presidente sobre los avisos de los tramposos en cargos importantes, quienes desfalcaron al erario con grandes sumas de dinero y, por lo tanto, ralentizaron partes del proceso de mejora de las condiciones de vida de la gente y, que la paz con los alzados en armas todavía sea esquiva a pesar del esfuerzo del primer mandatario.

Bajo la presidencia de Gustavo Petro en estos dos años se develó en su real magnitud cuatro aspectos de la oposición: la astronómica suma de dinero robado; la profunda falta de conocimiento, es decir, la ignorancia en todos los temas de su élite desde la economía, el medio ambiente, la cultura, las artes, etc.; la pecaminosa codicia y la dolorosa falta de amor por el país. La oposición en su gran mayoría no es honrada, ni culta, ni instruida, ni educada, ni inteligente; tener dinero y poder no es condición para serlo.

Este presidente, el primer progresista en la historia de nuestro país, además de ser evaluado en lo cuantificable, merece ser evaluado en lo cualificable, lo que resulta tan difícil para nuestra cultura. En esta categoría, abstracta por definición, Gustavo Petro ha incidido en nuestra mentalidad de manera imborrable al fomentar el amor y cuidado por nuestro país desde los cuatro puntos cardinales; el respeto por la diversidad étnica, de género, de oficios y saberes. Ha enlazado la historia de cada rincón de Colombia con la política y las comunidades para mostrarnos de dónde venimos y hacia dónde debemos ir. Le ha dado importancia y realce a la mujer con sus acciones de gobierno y con sus discursos. Se muestra protector de los bebés, de la niñez, enseñándole a los varones a quitarse el machismo para que expresen ternura por lo más indefenso de nuestra sociedad. Ha expuesto la importancia de la economía popular y de la agricultura para la soberanía alimentaria. Nos ha permitido sentir orgullo al ver que Europa, los Estados Unidos y los pueblos humildes aprecian a nuestro presidente por su inteligencia, su convicción de trabajar por la paz y la defensa del medio ambiente. Ha tocado el alma de millones de colombianos deteniendo la honda desmoralización ocasionada a lo largo de dos centurias, por gobiernos que privilegiaron a las clases pudientes.

Y para mí, lo que en estos momentos no alcanzamos a estimar en toda su dimensión, que es un grito que nos envía Rousseau a través de los siglos: Gustavo Petro le ha enseñado al pueblo que tiene en sus manos el poder constituyente para darle vuelta a la historia. En esa cualidad está la esencia de este gobierno en sus dos años.

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Author: Admin

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