Por el derecho a caminar en paz

Yudy Zambrano Meza, columnista
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Por Yudy Zambrano Meza
Facebook: yudy.z.meza

“Ahora ya camina lento, como perdonando el tiempo” es un fragmento de una hermosa canción interpretada por Piero y que, con profunda ternura, resume lo que hoy parece haberse olvidado en nuestras calles: que el adulto mayor es una vida que camina distinto, porque ha vivido más.

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El inicio de este año ha estado marcado por una realidad dolorosa: el aumento de los accidentes de tránsito y, con ellos, de muertes evitables. Lo más alarmante es que muchas de las víctimas han sido adultos mayores. Frente a este escenario, la pregunta es inevitable y urgente: ¿por qué esta ciudad no respeta la vida y, en particular, la vida de quienes caminan más despacio?

Este no es solo un problema de imprudencia vial; es una vulneración directa a los derechos humanos. El derecho a la vida, a la integridad y a la movilidad segura no disminuyen con la edad. Por el contrario, el envejecimiento exige una protección reforzada por parte del Estado y de la sociedad. Así lo demandan los principios de dignidad humana, igualdad y enfoque diferencial que deben orientar las políticas públicas.

Cada adulto mayor atropellado evidencia una ciudad que no fue pensada para ellos. Semáforos con tiempos insuficientes, pasos peatonales inseguros, andenes deteriorados y una cultura vial agresiva configuran una forma de violencia estructural que normaliza el riesgo para quienes caminan lento, “como perdonando el tiempo”. No es el adulto mayor quien debe adaptarse a la ciudad hostil; es la ciudad la que debe garantizar condiciones seguras para su tránsito.

Resulta preocupante que las cifras sigan aumentando sin respuestas integrales. Las políticas públicas no pueden reducirse a campañas ocasionales o llamados morales. Se requiere planificación urbana con enfoque de derechos humanos, controles efectivos, educación vial constante y decisiones firmes que pongan la vida por encima de la velocidad. La movilidad es también un asunto de justicia social y de responsabilidad institucional.

Pero también hay una responsabilidad ciudadana ineludible. Cada vez que ignoramos un paso peatonal, tocamos el claxon con impaciencia o aceleramos frente a un adulto mayor, estamos eligiendo la indiferencia. Estamos olvidando que esa persona podría ser nuestra madre, nuestro padre o, inevitablemente, nuestro propio futuro.

El tránsito es un reflejo de lo que somos como sociedad. Cuando un conductor no se detiene ante un adulto mayor, no solo incumple una norma: desconoce una historia de vida. Y cuando el Estado no previene ni corrige estas situaciones, incumple su deber de protección.

Caminar lento no debería ser una sentencia de muerte. Proteger la vida del adulto mayor es una obligación ética, jurídica y política que mide la verdadera calidad humana de una ciudad. Una sociedad que no cuida a quienes ya han recorrido el camino está condenada a perder el sentido de comunidad.

9 de febrero de 2026

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Author: Admin

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