¿Por qué tan solitas?

Por Catalina Ruiz-Navarro
Tomado de
Las mujeres fueron encontradas, una con un
golpe en la cabeza, y la otra con herida de arma blanca
. Uno de sus posibles
agresores, confesó, dijo que las jóvenes le habían dicho a un amigo suyo que no
tenían dinero para hospedarse, que las llevaron a sus casas y que “allí ocurrió
la tragedia”.

Sin embargo, la confesión no sirve como prueba para una condena,
ni en Ecuador ni en Argentina, y las familias de Menegazzo y Coni dicen que la
versión oficial no tienen sentido: sospechan que las turistas hayan sido
capturadas por una red de trata
. Dicen los familiares que es inverosímil que
las jóvenes se fueran voluntariamente a la casa de dos desconocidos, además se
han señalado varias irregularidades en el proceso: no se sabe si hubo un fiscal
en el levantamiento de cuerpos, ni si había orden de allanamiento para la
vivienda, ni si los detenidos tenían un abogado al dar su testimonio.
Esta vez pasó lo que pasa en casi todos los
feminicidios. Los medios preguntaron qué traían puesto, que si estaban de
fiesta en Montañita (ese vortex de perdición para los jóvenes), que si les
gustaba mucho bailar. Sin duda, ellas provocaron su asesinato. Salir de sus
casas fue temerario, irse a otro país, “solas” (aunque en realidad se fueron
juntas), aún peor; querer conocer el mundo fue una provocación para el
asesinato
. Para variar la Policía fue negligente y, cuando los familiares
hicieron el reclamo, el presidente Correa les dijo que esos eran “complejos del
tercer mundo”. Sin embargo, estos feminicidios no son un problema de
perspectiva, son cifras, se enmarcan perfectamente en la violencia de género, y
son además una advertencia para todas las mujeres en Latinoamérica: ¡cuidado
con el lobo feroz! ¡A ti también te puede pasar!
Todas las mujeres estamos entrenadas desde
niñas para saber por donde no podemos andar “solas”. Recuerdo que cuando era
niña y jugaba en la terraza de la casa, mi abuela me advertía que si se
acercaba algún hombre debía empezar a gritar los nombres de mis familiares
hombres (mi abuelo, muerto, mi tío, en Estados Unidos) pues, aunque nunca
llegarían, los gritos serían una señal de que no “estábamos solas”. Poco conocí
de la región Caribe durante mi infancia o adolescencia porque, como en mi casa
solo había mujeres, salir de Barranquilla implicaba algo impensable: “mujeres
viajando solas por carretera”. Por esta misma razón no montamos en taxi
“solas”, y si toca, le dictamos histriónicamente a alguien las placas del carro
por teléfono. Hoy, y con toda razón, muchos padres y madres deben estar
pensando en no dejar viajar a sus hijas solas porque las pueden matar. Pensemos
en todas las cosas que las mujeres no podemos hacer, en todos los lugares a
donde no podemos ir, ¿les parece que eso es igualdad?
La violencia de género, el acoso sexual, los
feminicidios y las violaciones construyen barreras imaginarias, delimitan esos
lugares a donde las mujeres “no podemos ir”
.

Poco a poco y “por seguridad”, las mujeres
terminamos confinadas a los espacios privados, en donde, para mayor horror,
también somos blanco frecuente de violencia doméstica
. Al final resulta que no
hay tal cosa como un lugar “seguro” en donde las mujeres podamos estar o, al
menos, no cuando el machismo y la misoginia habitan todos los espacios.

Author: Miguel Cordoba

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