Ser de derecha, ser de izquierda

Por Santiago
Gamboa*

Tomado de
Hace un tiempo,
en la presentación de su última novela, El retorno de Los Tigres de la Malasia,
el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II contó una divertida anécdota: “Cada
día, al levantarme, me miro al espejo y veo a un Lucifer que me pregunta:
¿sigues siendo de izquierda?, y yo le digo: ¡pues, a huevo!”.

Para Taibo, la
educación de izquierda comienza con las lecturas de la adolescencia. El
antiimperialismo se aprende leyendo a Salgari, contra el modelo imperial de la
Gran Bretaña del siglo XIX, con las aventuras de Sandokán y Yáñez de Gomara. ¿Y
quién que haya tenido como héroe de su juventud a un príncipe malayo podrá ser
racista? Robin Hood le enseña a uno que hay que ayudar a repartir la riqueza y
a democratizar la plusvalía. Con Los tres mosqueteros, Dumas enseña la
solidaridad, la nobleza de luchar por una causa y, en el fondo, la hermandad
humana
. También que las matemáticas no sirven, porque los tres mosqueteros eran
cuatro. Y por supuesto, el que haya leído El diario de Ana Frank y se haya
emocionado hasta las lágrimas, de joven, es improbable que sea antisemita y
mucho menos nazi de grande. Ya en la adolescencia, Bertolt Brecht nos informa
que es peor delito crear un banco que robarlo.
Siempre ha sido
más difícil ser de izquierda, y la razón es que, si uno analiza su utopía
social en lo relativo a las relaciones humanas —que por desgracia no han sido
nunca reales en el socialismo real—, casi ninguna resulta ser natural en el
hombre. No es natural ser generoso, solidario, comprensivo, altruista, y mucho
menos antirracista, no antisemita, antimilitarista o pacifista
, estar a favor
de la igualdad de los sexos, de los derechos de las minorías, sean estas
étnicas, culturales, religiosas, sexuales o simplemente nacionales, y todo esto
en público y en privado, en el discurso político y en su casa, con sus hijos y
su mujer y sus empleados. Esto se aprende. Los que tenemos hijos sabemos que
estos comportamientos se enseñan a punta de insistencia y a veces con castigos
y reprimendas.
Porque lo
natural en un niño, si uno no lo educa, es ser egoísta, autoritario, violento,
egocéntrico, déspota y grosero, envidioso y resentido, intransigente, y si es
un varón será machista y agresivo
, y más tarde estará a favor de la pena de
muerte y de las guerras, y no le importará que los pobres se ahoguen y que los
inmigrantes se pudran y odiará a los homosexuales y querrá defender un orden
que él considera natural, donde el más fuerte y el blanco y el hombre es el que
manda, en suma, comportamientos tradicionalmente cercanos al imaginario de la
derecha. Esto no quiere decir que alguien de derecha no pueda ser generoso o
solidario o incluso altruista, pero por lo general, si lo son, es por ser
católicos, no porque su forma de concebir el mundo y las relaciones humanas se
lo exija. Tampoco quiere decir que todos los que se proclaman de izquierda sean
generosos y altruistas. Tampoco todos los católicos ponen la otra mejilla. En
realidad no he visto al primero.
Por todo esto
Rousseau no tenía razón: el hombre no nace bueno y la sociedad lo corrompe. Es
al revés: el hombre nace siendo un monstruo y la sociedad, a veces a patadas y
sobre todo con buenas lecturas, lo hace bueno, lo convierte en alguien
civilizado
.

* Escritor, filólogo, diplomático, columnista, corresponsal y periodista
colombiano
Este es un espacio de opinión destinado a
columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas
pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a
este fin por el blog Informativo del Guaico y no reflejan la opinión o posición
de este medio digital.

Author: Miguel Cordoba

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