
Por Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com
Con la ayuda y asesoría de la IA, tan de moda en nuestra era, elaboramos un artículo periodístico que nos facilita una reflexión sobre el futuro de nuestra Colombia. Nuestro objetivo es contribuir a una visión serena y sosegada que nos permita trazar caminos de reconciliación.
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Estamos polarizados ideológicamente. Requerimos sensatez para encontrar vías de concordia y reconciliación que nos permitan avanzar en el intento de una paz nacional. Utilizamos la imagen del Titanic y el Zeppelin: dos grandes, dos colosos, pero que a la postre pasaron a la historia como el fiasco más grande de la historia universal. Que no nos ocurra lo mismo a los colombianos y terminemos entre las llamas ideológicas o los fríos conceptos de una Colombia que se niega a superar viejos esquemas de caudillismo. Se requiere fortalecer instituciones, madurar en democracia y tender puentes generacionales. Tarea inaplazable que debe convocarnos.
La metáfora entre el Titanic y el Zeppelin, y los líderes colombianos Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro Urrego, es una invitación a reflexionar sobre la polarización y la búsqueda de soluciones en Colombia. Aunque el Titanic y el Zeppelin fueron considerados invencibles en su momento, ambos terminaron en catástrofes que cambiaron la historia.
- El Titanic, considerado “insumergible”, se hundió en su viaje inaugural en 1912, después de chocar con un iceberg en el Atlántico Norte. La tragedia del Titanic se debió a una combinación de factores, incluyendo la velocidad excesiva, la falta de vigilancia y la insuficiente cantidad de botes salvavidas.
- El Zeppelin, por su parte, era un dirigible alemán que se consideraba una maravilla de la ingeniería y la tecnología. Sin embargo, el 6 de mayo de 1937, el Zeppelin Hindenburg se incendió y se estrelló en Lakehurst, Nueva Jersey, matando a 36 personas. La causa del incendio sigue siendo objeto de debate, pero se cree que fue una combinación de factores, incluyendo la electricidad estática y la fuga de hidrógeno.
En ambos casos, la solución en materia de transporte no vino de los grandes e “invencibles” barcos y dirigibles, sino de pequeñas y eficientes embarcaciones y aviones. Esto puede ser una paradoja que nos invita a reflexionar sobre la forma en que abordamos los desafíos en Colombia.
La polarización extrema y las diferencias ideológicas pueden llevar a situaciones de conflicto y violencia, como las que se han vivido en Colombia en el pasado. Sin embargo, también es posible que, mediante el diálogo y la búsqueda de soluciones conjuntas, se puedan encontrar caminos hacia la paz y la reconciliación.
En este sentido, la metáfora del Titanic y el Zeppelin puede ser una invitación a mirar a Colombia desde una perspectiva de paz y reconciliación, y a buscar soluciones que no dependan de la imposición de una ideología o partido sobre otro, sino de la colaboración y el trabajo conjunto para beneficio de todos los colombianos.
Algunas posibles formas de superar las diferencias y la polarización extrema en Colombia podrían incluir:
- Diálogo y negociación: Establecer canales de comunicación y diálogo entre los diferentes grupos y partidos políticos, para encontrar puntos de acuerdo y trabajar juntos en beneficio de todos.
- Búsqueda de soluciones conjuntas: Identificar problemas y desafíos comunes, y trabajar juntos para encontrar soluciones que beneficien a todos los colombianos.
- Promoción de la tolerancia y el respeto: Fomentar una cultura de tolerancia y respeto por las diferencias ideológicas y políticas, y promover la idea de que la diversidad es una fortaleza y no una debilidad.
- Educación y conciencia: Promover la educación y la conciencia sobre la importancia de la paz y la reconciliación, y sobre los beneficios de trabajar juntos para beneficio de todos.
En resumen, la metáfora del Titanic y el Zeppelin puede ser una invitación a reflexionar sobre la forma en que abordamos los desafíos en Colombia, y a buscar soluciones que promuevan la paz y la reconciliación. Creo que sobra decir que tampoco podemos amoldarnos a una piragua, como la de Guillermo Pinillos. Colombia requiere una urgente intervención ideológica y emocional que nos permita encontrar, por lo menos vislumbrar, un nuevo derrotero de emociones y sensaciones. Un David que con su onda derribe murallas de rencor y oprobio; ese Goliat de la ideologización y fanatismo debe dar paso a un nuevo colombiano que entienda que todo fanatismo es origen de males y perversiones generacionales históricas.
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