
Por Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com
A raíz de la conflagración de un sector de la plaza de mercado El Potrerillo se encendieron las alarmas sobre la seguridad alimentaria y empresarial en nuestra ciudad. Lamentamos este hecho que afecta a familias humildes de nuestro municipio.
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Durante décadas hemos insistido en la necesidad de invertir recursos que dignifiquen el trabajo de cientos de empresarios y emprendedores que, con sus productos agrícolas y pecuarios, logran dar sustento a sus familias. Nos hemos quejado, igualmente, de la falta de inversión y, sobre todo, de esa mirada miope de nuestros dirigentes que derrochan y dilapidan millones de pesos en un intento mediocre de “mejorar” sus instalaciones.
Vemos hoy, gracias al interés de nuestro amigo Carlos Eduardo Lagos Campos, un video que nos sacude y nos invita a realizar nuevas miradas en torno a una plaza de mercado que ha sufrido los embistes de la naturaleza y la desidia administrativa.
En este video vemos al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, entregando unas plazas de mercado dignas y que rompen y superan ese paradigma lastimero en lo referente al trato que brindamos a quienes optan por realizar su emprendimiento en los mercados o plazas, como tradicionalmente las llamamos.
En Pasto se requiere de ese espíritu innovador y grande, que mire y dignifique esa titánica labor, que administre con grandeza y permita impulsar la economía regional. El Potrerillo es una de las mayores generadoras de empleo y sostiene financieramente muchas de las iniciativas empresariales y comerciales de nuestro municipio.
No obstante, vemos cómo se maneja de una manera poco creativa, apegada a costumbres y tradiciones de pobreza y abandono. Se suman factores de inseguridad y ausencia de una infraestructura vial. Todo indica que nos hace falta la mentalidad de un Bukele, que no se apega a esas viejas costumbres comerciales y, por el contrario, visiona dignidad para esa gente del pueblo que cotidianamente nos ofrece algo más que productos alimenticios.
Los recursos de regalías son significativos; lo pequeño y estrecho es la mente de nuestros empresarios, que todo lo dimensionan mediante cuotas políticas que significan atraso, pobreza y miseria. Su alma no les alcanza para más y condenan a los pueblos a esa perpetua y permanente creencia de que eso es lo único que merecen por su labor.
En vez de sentarnos a llorar por esta tragedia, iniciemos una cruzada de dignidad con nuestras plazas de mercado y sus usuarios. Que mercar no sea un riesgo y una zozobra, que nuestras “marchantas” sientan la mano amiga y noble de sus gobernantes. Queremos volver a esas plazas en las cuales el saludo y la ñapa se entrecruzan entre sonrisas y muestras de fraternidad.
Mientras únicamente actuemos pensando en cuotas políticas, en repartir el pastel y apoyar actitudes e iniciativas ridículas y dignas de unos verdaderos payasos, no tendremos esa grandeza de transformar espacios y sembrar ciudad.
Quizá esta es una oportunidad para repensarnos como pueblo y cultura. Que esas imágenes de El Salvador se escenifiquen en Pasto y en Colombia entera.
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