John Saldarriaga: “El fiscal Rosado”, su novela negra

Alejandro García Gómez, columnista
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Desde Nod
Por Alejandro García Gómez
pakahuay@gmail.com

La novela negra, un subgénero literario desprendido del género novela, se concentra en “trabajar” a personajes oscuros y marginales, en medios geográficos de exclusión social, casi siempre sórdidos, debido a situaciones derivadas de esa misma precariedad, y casi siempre con un sabueso detrás (de “la sociedad decente”), siguiéndoles los pasos. Aclaremos de una vez por todas: la novela negra y la policiaca son dos subgéneros diferentes.

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John Saldarriaga, periodista y escritor (Medellín o Envigado, 1967), aprovecha el laberíntico mundo social, geográfico y sicológico de las barriadas populares de Medellín para introducirnos en una historia humana: la de una anciana madre prostituta que aún ejerce, y su hijo malevo que la adora (tanto como ésta a él), a sabiendas de que se acuesta por dinero incluso con algunos de sus compinches (no amigos; él sabe que no los tiene). La tercera pata de la mesa de esta historia está formada por las lucubraciones y actividades policíacas de un sabueso, el fiscal Óscar Rosado —tan discreto, solitario y ensimismado como su autor, ¿su alter ego?— y su equipo de trabajo. El contexto de este submundo se va exponiendo en las dentelladas que cada uno de estos seres le procura a su prójimo próximo, al que tiene ahí a su lado, en su calle o en su barrio (como en cualquier contexto humano, bien sea de élite o de miseria).

La narración de esta novela (El Fiscal Rosado, Ed. UPB, Medellín, 2016), de agradable edición, que transparenta una ordenada planificación capítulo a capítulo (que no lo advierte quien lee por placer) y que quizás busca que el lector no suelte el libro, está aromatizada por un sutil halo poético, porque Saldarriaga también es un poeta, publicado quizá más antes que ahora. Al azar, casi al desgaire, va soltando aquí y allá metáforas e imágenes con retintes líricos que, uno imagina, se le van apareciendo en el proceso de revisión y corrección del trabajo, más que en el desarrollo creativo inicial, como generalmente ocurre.

El gran Helí Ramírez (1948, Sevilla, Ebéjico, Ant. – Medellín, 2019) nos reveló el proceso de “construcción” de los extramuros de la Medellín de mediados del siglo XX, porque él en persona tuvo que descubrirlos con sus asustados ojos infantiles, después de que La Violencia le arrebatara a su padre, a su abuelo y a otros familiares —en una zona campesina de Ebéjico— y llenara de terror a su madre, responsable entonces de una prole de niños. Eso es lo que bellamente consigna en su inolvidable En la parte alta abajo y en el resto de sus obras poéticas y de su única novela. Helí también nos “detalló” con sus bellas y crueles metáforas que, como ahí en su barrio Castilla (la Medellín que sus ojos infantiles adolescentes rebeldes vieron crecer) no cupieron todas las muchedumbres desplazadas —por el creciente ensanche industrial, comercial y más tarde traqueto—, los relegados continuaron arracimándose y colgándose de las lomas y de las imposibles cuchillas ya no sólo en la inequitativa Medellín, sino también en los municipios que —poco a poco— tomaron vuelo propio, con sus propios dueños, sus propios potentados, sus propios descamisados y, posteriormente, sus propios traquetos o con otros no tan propios sino dependientes de los de la gran urbe.

Los laberintos “posmodernos” de Saldarriaga de las actuales barriadas no sólo son los de las escaleras y de las esqueléticas calles en empinados ascenso y descenso, donde apenas si alcanza un vehículo (si es que hay alguien que se arriesgue) y donde los vecinos casi se tocan las narices con las del de enfrente. Esas calles no sólo son eso. Los laberintos de la tortuosa Medellín, donde deambula el trabajo de Óscar, El Fiscal Rosado, y que son quizás iguales o muy similares a las que le tocó descubrir y deambular al niño y luego al adolescente John Saldarriaga —en Medellín y en Envigado—, es el universo que recrea para nosotros la novela que hoy reseñamos, pero que no es sólo esto. Lo más logrado son los laberintos oscuros y tortuosos que nos devela Saldarriaga (o su alter ego, El Fiscal Rosado), los que suben y bajan dentro de los sentires profundos de cada ser humano que habita esas enmarañadas vías. Cada sujeto busca sobrevivir en esa selva de concreto: vicios, traiciones, necesidades de cada cual a costa del “cada cual otro”, en general de los más débiles. Las balas, las puñaladas, los asesinatos, el rebusque, el amor y el diario vivir se entremezclan y se entrelazan, se asesinan, se buscan y se complementan. Pero aún ahí —en ese espacio tan sórdido— hay lugar y momento para el amor. Y aún ahí florecen el arte y los artistas en riesgosos convenios de teatreros, músicos o talleristas con los “dueños” de los combos. Los mismos que están “ojo vivo” para reclutar sicarios y prostitutas, a las que primero las convierten en sus “novias” con regalos robados, compartiéndolas con los clientes y apropiándose del mayor porcentaje de los pagos a ellas, cuando no del ciento por ciento.

Saldarriaga, siguiendo el consejo del gran Tolstói de convertir su aldea en universo, lo hizo con su barrio y nos lo “tradujo” al castellano lumpen paisa, el de esos intramuros, los que por alguna causa conoce como la palma de su mano.

Nod-Medellín, 31.X.25

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