El Batallón Colombia en la Guerra de Corea

Alejandro García Gómez, columnista
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Desde Nod
Por Alejandro García Gómez
pakahuay@gmail.com

Un drama de familia de clase media de Medellín, fue el acicate que movió a Carlos Gaviria Ríos, a dedicar más de seis años de su vida a la paciente investigación para una tesis de grado con miras al título de Historiador, en la Universidad de Antioquia. Y claro, con este aguijón taladrando sus entrañas, además de su paciente dedicación a la investigación de campo, salió una tesis laureada, en los tiempos en que aún no se habían inventado ni el internet ni, por tanto, el Google que hoy soluciona las investigaciones “relámpago” de muchos de las nuevas generaciones (y ni hablar de la IA): “La elección de este tema obedece a los muchos años de silencio que mi tío León Joaquín Gaviria Espinosa ha guardado sobre el tema”, pág. 23. (“Colombia en la Guerra de Corea. Memorias veteranas. 1950-1954” (Pulso y Letra editores. Medellín, sept. 2026).

Al sufrir en carne propia las injusticias cometidas contra su tío, algunas en la IV Brigada, de Medellín, empezó a frecuentar a otros veteranos (los que quedaban y quedan, porque la mayoría han ido falleciendo). Comenzó a descubrir que varios de ellos formaron asociaciones de veteranos de la Guerra de Corea, en diferentes ciudades centro del país (Bogotá, Medellín y otras) y encontró que, en todas, todos ellos acusaban más o menos de las mismas injusticias de manipulación del ejército (sus superiores de entonces) y las mismas promesas jamás cumplidas que se habían dado para con su tío. A su regreso de Corea, fueron dejados al garete por ese mismo Estado que les había prometido “ochas y panochas”, ni siquiera un trabajo en empresas particulares ni estatales encontraban; “están locos” decían los empleadores particulares, “están locos” repetían los funcionarios con algún rango empleador. Caso aparte el del coronel Nolasco que se encuentra entre las hojas finales de la obra.

Aunque a Gaviria Ríos no le interesaba tanto la investigación histórica de lo político militar de esa guerra, que la estudió al detalle (de lo que da cuenta en citas referenciales quizá hasta el agobio) la expone de manera clara, secuencial y concatenada (como buen “pupilo” de Hobsbawm, a quien cita frecuentemente) y concreta; con un buen manejo de la narración donde es necesaria, tanto que el lector se exige no soltar el libro. La primera parte de la obra hace un relato explicativo y pormenorizado de la Guerra de Corea, “primera hija” de la Guerra Fría, secuela de las desconfianzas y de las luchas internas entre los países Aliados, principalmente entre EE UU y la URSS, posterior a la Segunda Guerra Mundial que es la que le da origen. Esa narración aclara el motivo o porqué nuestro siempre obsecuente gobierno con el norteamericano se obliga “voluntariamente” a un compromiso, pagando nuestro país todos los costos de la logística (barcos, armas, munición, etc) y hasta de la comida que irían a comer nuestros soldados durante las acciones bélicas, ya estando en Corea.

Libro Colombia en la guerra de Corea

Esta primera parte da paso a otra, más de sus (y nuestras) entrañas. Entra en los pormenores de la creación del llamado Batallón Colombia, con el que comienza la parte final del gobierno de Ospina Pérez y prosigue con el de Laureano Gómez y aun tomó una parte del inicio de la dictadura de Rojas Pinilla. Las razones que mueven a Ospina y luego a Laureano eran el eterno sometimiento al que se han sometido nuestros genuflexos gobiernos; y más aún con Laureano que deseaba congraciarse con el gobierno gringo, el máximo representante de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, pues Laureano tenía una muy bien ganada fama de haber sido proclive y apoyador del falangismo, del fascismo y del nazismo, acá durante esta guerra. Congraciarse a como diera lugar. ¿Temores?

Es patética la manera como se desarrolló el reclutamiento para la formación del llamado Batallón Colombia, porque sólo un reducidísimo número de militares lo deseaban: en muchos casos lo logran a punta de mentirosas y falsas promesas; otra era un poco más a la brava porque los escogidos pertenecían al Parido Liberal y, canallescamente, se buscaba mermar esas huestes por ausencia y hasta por las contingencias fatales de la guerra; otras más por acoso y hostigamiento de los comandantes de los cuarteles de las diferentes ciudades que deseaban no quedar mal ante los superiores de Bogotá, obligándolos a “regalarse” a Corea (¿falsos positivos?) y otras causas más. El posteriormente General Valencia Tovar fue anotado sin siquiera él pedirlo ni menos saberlo; sólo porque era de los poquísimos militares que dominaban el idioma inglés. Para la primera leva, se logran reclutar a más de mil, entre oficiales y soldados. Con todos los relevos posteriores, fueron 3.647 combatientes. La segunda parte del libro corresponde a los testimonios de los veteranos, muy bien presentados por el historiador.

De casi ninguno de sus oficiales y suboficiales hay quejas de entre la tropa de los veteranos. De algunos, aun hay hasta elogios. Pero uno de los comandantes era muy mal recordado: “Allá digamos del coronel Ruiz Novoa, muchos hablan muy bien de él, pero ese era un déspota, una porquería de tipo, ese era el que regalaba el batallón para todo; incluso cuando estábamos en reserva…”, asegura uno de los entrevistados (pág. 249).

Muy recomendable la lectura de este nuevo texto que enriquecerá la Historia de Colombia y sobre todo este aparte, casi desconocido, de nuestra historiografía nacional del siglo XX. 

Nod, Medellín, 14.X.26

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