
Al filo del cañón del río Guáitara, donde las montañas verdes de la subregión de El Guaico parecen inclinarse ante el abismo, se alza una fortaleza de piedra que no guarda soldados, sino oraciones. Es el Santuario de Nuestra Señora de la Visitación, un edificio que, a diferencia de sus vecinos neogóticos de Las Lajas o Sandoná, prefiere la solidez del estilo románico para custodiar una historia que sobrepasa los cuatro siglos .
La leyenda de la “Andariega” y el látigo de Juan María
Cuentan los ancianos de Ancuya que la Virgen no siempre quiso estar allí. En el siglo XVI, la imagen reposaba en un asentamiento conocido como Pueblo Viejo, pero misteriosamente aparecía cada mañana en el sitio actual, con sus vestidos salpicados por el rocío del camino. Surgió así el apelativo de la “Virgen Andariega”.
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La crónica popular guarda un pasaje oscuro y místico: el indio Juan María, síndico de la época, cansado de los “viajes” de la imagen, decidió darle unos azotes para que no huyera más. El sacrilegio, según el relato, trajo consigo una epidemia conocida como “el mal del chiringo”, que diezmó a la población indígena hasta que el cacique Angayan recibió la señal definitiva: la Virgen debía quedarse donde “cantara un gallo”, hito que marcó el lugar del actual altar mayor.
Un tesoro de oro contra la muerte
Entrar al santuario es encontrarse con una pared de placas de agradecimiento que narran una lucha centenaria contra las tragedias biológicas. Los ancuyanos han desarrollado una tradición única: cuando una plaga los acecha, funden el miedo en oro.
En 1901, ante una nube de langostas que devoraba los cañaduzales, ofrecieron un prendedor de oro en forma de langosta; la leyenda dice que aves desconocidas bajaron del cielo para decapitar a los insectos. En los años 60, hicieron lo mismo con el chinche. Y más recientemente, en 2020, un dije de 45 gramos con la estructura molecular del COVID-19 fue bendecido y colocado en el manto de la Virgen como una súplica por la salud del mundo.
El renacer de la cúpula
Hoy, el santuario vive un momento histórico. Mientras el sol de abril ilumina su imponente cúpula —visible incluso desde la carretera de Consacá—, los habitantes comentan con entusiasmo el proyecto de restauración anunciado por la Gobernación de Nariño. Con una inversión que supera los 9.074 millones de pesos, el templo no solo busca sanar las grietas de sus muros de carga, sino consolidarse como el eje de la “Ruta de la Fe” en el centro-occidente del departamento.
“Este lugar es el nervio de nuestra cara“, dice un habitante local, evocando el significado quichua de Ancuya. No es una frase al azar: el santuario es el motor de una identidad que también suena a trompetas y clarinetes. La Banda de Músicos “2 de Julio”, nacida en 1928 para honrar la fecha de las fiestas patronales, ensaya bajo la sombra de la torre decorada, garantizando que la música —esa otra forma de fe— siga resonando en el cañón por otros cien años.
Ancuya sigue siendo ese mirador natural donde la paz espiritual se funde con el entorno andino, un santuario que hoy, más que nunca, se prepara para seguir siendo el baluarte de la memoria y la resiliencia de Nariño.
Investigación con Gemini
Fuentes consultadas: Colombia Bacana, Informativo del Guaico y Gobernación de Nariño
Foto: Advocaciones Marianas
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