
Por Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com
¿Cómo se justifica que el departamento de Nariño, cuna de una voz literaria tan singular como la de Plinio Enríquez, aún no haya asumido la responsabilidad histórica de editar y poner en circulación una obra fundamental como Caméraman?
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¿Cómo aceptar que un libro que se adelantó a las formas narrativas de su tiempo, que dialoga con la sensibilidad de la literatura contemporánea, permanezca relegado, casi invisible, precisamente en la tierra que le dio origen?
Más que una omisión, esto parece una deuda cultural inadmisible: un silencio institucional que interpela directamente a quienes tienen en sus manos la tarea de preservar, dignificar y proyectar el patrimonio intelectual de Nariño. ¿Hasta cuándo seguirá siendo esta obra un tesoro ignorado por sus propios guardianes?
Desde su nota inicial, a manera de presentación, Plinio Enríquez lanza su desafío al mundo literario y académico:
“Cameranman. Talvez los cineastas anoten algunos trucos entre las películas de este operador que desde Indochina hasta Chile habría venido filmando aquella negra cinta que los expertos titularían el “Itinerario de la locura”.
Mientras los técnicos comerciales exploran y explotan el corazón de África para sorprender las “fieras”, nuestro aficionado se interna en la selva del Ego, baja vacilante hasta los abismos de la bestia humana para remontarse a las radiantes manifestaciones altruistas y llegar de pleno —catastróficamente— a desembocar en el océano de la locura.
—Por capturar un gesto, por formularlo y plasmarlo, aunque a veces, como Telémaco, olvide lo que ando buscando…
Este panorama tomado y desarrollado libre de cartonaje, es auto expresión de arte subconsciente que no se responsabiliza del movido verismo fotogénico.
El “Cameraman” enfoca con su inquieta máquina campos retorcidos, agudos, paradojales, sin encontrar el gesto atrozmente muscular que necesita y sin saber si realmente lo formule dentro de las tristes murallas de su calabozo.
Plinio Enríquez
Valparaíso, 1932”.
Puedo afirmar que la nota inicial de Plinio Enríquez en Cameraman no es simplemente un umbral narrativo: es, en sí misma, una declaración estética y una provocación intelectual. Desde sus primeras líneas se percibe una voluntad de ruptura, casi un gesto de rebeldía contra las formas complacientes del relato tradicional y, más aún, contra la mirada domesticada del arte.
Aquí no hay concesión a lo anecdótico. El “cameraman” no es un simple operador de imágenes, sino un testigo inquieto, un explorador de la conciencia humana que se desliza —como bien sugiere el texto— entre los abismos del ego y las alturas, igualmente inciertas, del altruismo. Enríquez plantea una tensión poderosa: mientras el cine comercial “explora y explota”, este sujeto creador se interna. No captura lo visible: se arriesga a revelar lo que incomoda, lo que no se deja fijar sin deformarse.
El lenguaje, deliberadamente denso y por momentos casi febril, construye una atmósfera en la que la imagen deja de ser documento para convertirse en síntoma. Hay una crítica velada —pero firme— al verismo superficial, a esa obsesión por lo “fotogénico” que, lejos de revelar, disfraza. En contraste, el autor reivindica una expresión “subconsciente”, libre de cartón y artificio, como si el verdadero arte no debiera responder ante nadie, salvo ante la propia intensidad de su búsqueda.
Quizás lo más inquietante es la figura del cameraman como ser incompleto, casi condenado: busca el gesto esencial, pero no sabe si lo encuentra; formula, pero duda de su formulación; mira, pero no logra poseer del todo aquello que mira. Esa incertidumbre no es debilidad: es la condición misma del creador auténtico. Enríquez parece decirnos que toda obra verdadera nace de esa fisura, de esa imposibilidad de atrapar plenamente lo humano.
Este inicio no introduce una historia: inaugura una poética. Y lo hace con una lucidez incómoda, recordándonos que el arte, cuando es honesto, no tranquiliza ni adorna, sino que desciende —con riesgo y sin garantías— hacia ese “océano de la locura” donde acaso se revela, fugazmente, algo parecido a la verdad.
Lo reiteramos, en los márgenes de la historia literaria colombiana, allí donde suelen acumularse las obras que no fueron leídas a tiempo, reposa un libro que, más que una rareza bibliográfica, constituye una deuda cultural aún no saldada: Cameraman. Relatos de un presidiario, del escritor nariñense Plinio Enríquez Argoty, publicado en 1932 por la Editorial Universo en Valparaíso, Chile.
No deja de ser paradójico —y profundamente revelador— que una de las obras más audaces de la narrativa temprana del sur colombiano haya visto la luz lejos de su territorio de origen, en una ciudad portuaria que, por entonces, respiraba las agitaciones de la modernidad latinoamericana. Mientras Nariño permanecía atado a formas tradicionales de representación, Enríquez ya ensayaba, con notable solvencia, técnicas narrativas que apenas comenzaban a ser comprendidas en el ámbito hispanoamericano.
Hablar hoy de Cameraman no es un gesto de erudición tardía, sino un acto de restitución.
La crítica más lúcida ha coincidido en señalar el carácter anticipatorio de esta obra. Mucho antes de que el monólogo interior se consolidara como recurso legitimado en la narrativa latinoamericana, Plinio Enríquez ya lo utilizaba con una naturalidad sorprendente, como si hubiese comprendido —desde la intuición y el rigor— que la conciencia fragmentada del sujeto moderno exigía nuevas formas de ser narrada.
En ese sentido, Cameraman no solo se inscribe en la tradición de la novela urbana, sino que la inaugura en el contexto nariñense. Es, en propiedad, la primera novela de ciudad escrita desde esta región, pero también algo más complejo: una obra que disloca el espacio, que convierte la experiencia urbana en una travesía interior, en un desplazamiento continuo donde el relato no avanza linealmente, sino que se repliega, se interrumpe y se reconstituye en una lógica casi orgánica.
Se ha dicho —y no sin razón— que Enríquez se adelantó a muchos de sus contemporáneos. Cuando aún se discutía la legitimidad de las innovaciones de James Joyce en los círculos literarios internacionales, el escritor pastuso ya había asimilado y transformado, a su manera, esa técnica del flujo de conciencia, adaptándola a una sensibilidad propia, marcada por el tránsito, el exilio y la observación aguda de la realidad.
Pero reducir Cameraman a un ejercicio técnico sería empobrecer su verdadera dimensión. Hay en esta obra una pulsión más profunda: la del viaje. No el viaje geográfico únicamente —aunque también lo es—, sino el viaje como estado de la escritura. El narrador de Enríquez no describe; registra. No ordena el mundo; lo deja acontecer en su fragmentación. Cada página es una cámara en movimiento, una mirada que captura y pierde al mismo tiempo aquello que nombra. De ahí su vigencia.
La novela no se agota en su época porque nunca estuvo del todo contenida en ella. Es un texto que respira en la incertidumbre, que se desplaza entre ciudades reales y espacios mentales, donde lo mismo podría estar ocurriendo en Pasto que en Valparaíso o en cualquier otra urbe atravesada por la modernidad incipiente. En esa indeterminación radica su potencia: el lector no recibe un mundo cerrado, sino una experiencia abierta que debe completar.
Tal vez por ello, voces críticas han llegado a considerarla una de las obras más importantes producidas por un autor nariñense en los primeros tiempos de su literatura. Y, sin embargo, su lectura ha sido escasa, casi clandestina, como si la obra hubiese quedado suspendida en un tiempo que no era aún el suyo.
La vida de Plinio Enríquez Argoty (1890–1944) parece confirmar esa condición de desajuste fecundo. Periodista, narrador, crítico, viajero forzado por circunstancias políticas, su existencia transcurrió entre el ejercicio intelectual y el desplazamiento constante. Expulsado tempranamente de la educación formal por su inclinación hacia lecturas prohibidas, encontró en la escritura no solo una vocación, sino una forma de resistencia.
Su paso por distintas ciudades de América del Sur —trabajando en periódicos, colaborando con revistas, entrando en contacto con corrientes estéticas diversas— le permitió construir una mirada cosmopolita poco frecuente en los escritores regionales de su tiempo. Esa experiencia se traduce en una obra que no reconoce fronteras estrechas y que, por el contrario, dialoga con las vanguardias sin renunciar a su raíz.
Enríquez fue, en muchos sentidos, un escritor en la frontera: entre el periodismo y la literatura, entre la provincia y el mundo, entre la tradición y la ruptura.
Y como ocurre con frecuencia en estos casos, su legado quedó a medio camino entre el reconocimiento y el olvido.
Hoy, casi un siglo después de la publicación de Cameraman, la pregunta no es únicamente por su valor literario, sino por nuestra responsabilidad frente a él.
¿Cómo es posible que Nariño no cuente aún con una edición propia de esta obra?
¿Cómo explicar que un libro que anticipó formas narrativas fundamentales para la literatura contemporánea siga siendo, en su tierra de origen, un objeto casi inaccesible?
No se trata de un gesto simbólico menor. Publicar Cameraman en Nariño no es un acto editorial cualquiera: es un acto de dignidad cultural. Es reconocer que la modernidad literaria también tuvo uno de sus brotes tempranos en este sur andino, y que ese brote no puede seguir relegado a los archivos o a las bibliotecas de otros países.
El llamado, entonces, es claro.
A las instituciones culturales del orden departamental y municipal les corresponde asumir esta tarea no como un favor a la memoria, sino como un deber con la historia. Rescatar, editar y difundir Cameraman implica devolverle a la región una parte de sí misma, una voz que, pese al tiempo y al silencio, sigue vibrando con una intensidad inusual.
Porque hay libros que pertenecen al pasado.
Y hay otros —como este— que, aun escritos hace casi un siglo, siguen esperando su verdadero presente.
Nariño aún está a tiempo de saldar esa deuda.
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