Columna Desde Nod por Alejandro García Gómez

México: Guerra y paz
Fines noviembre de 2010. Nos desplazamos desde
el DF hasta Tula de Hidalgo. Uno de los agrados de José Manuel, mi amigo, es
manejar de noche. Converso con él. Adriana, su esposa, y Ligia, la mía, charlan
en la silla de atrás de todo el tiempo que no se han visto y nos olvidan. Los
estoy conociendo personalmente. De repente, me pregunta:
-¿Cómo ves lo que nos está pasando?
La historia de México me ha apasionado. Quizá
en mi inconsciente quedaron grabadas las imágenes de mi niñez del cine mexicano
en blanco y negro, única distracción familiar de sábado y domingo nocturnos en
el “Cine Sandoná y Hotel” –según su letrero-, de la casa de la familia Mesa
Andrade, que también era tienda de víveres y kerosén
y hogar del Gordo Mesa, mi
amigo. En semana, la pista del teatro volvía a convertirse en el espacio donde
curaban las bestias o en la despensa de alguna cosecha o en cualquier otro uso
doméstico del patio de una casa de pueblo, con labores de campo. Luego vino
Rulfo. Esta pasión más racional me llevó a estudiar la revolución agrarista,
que empató con la cristera, ambientes de la novela y cuentos del gran escritor
mexicano.
Ustedes comienzan a trepar la cresta de la
onda. Nosotros estamos llegando a otro valle
. Ambos son estados temporales.
Estoy seguro de que les viene lo más duro, no sé para cuándo ni por cuánto
tiempo. –Ante su asombro, percibí su búsqueda por una inalcanzable duda por mi
respuesta, frente a la indubitable certeza que apabulla.
Entre la gente religiosamente devota, existe
el rumor de que la Virgen de Guadalupe ha hablado del asunto
. Según algunos, ha
dicho que si los mexicanos verdaderamente se arrepienten, no tocarán fondo.
Quienes estiman imposible el arrepentimiento -por las heridas y el perdón-
aseguran que lo que dijo fue que México no tocará fondo.
Yo veo que en nuestras diferentes historias
tenemos anclajes comunes. La polarización les trajo máximos grados de violencia
antes, durante y después de sus revoluciones. Jamás se satisficieron las
necesidades por las cuales estallaron. De cada movimiento violento hubo
sectores privilegiados, antiguos y emergentes
, que acapararon beneficios sin
contar para nada con los marginados, todo en medio de la más grande corrupción,
y para sostenerla y protegerse política y judicialmente –inventándose leyes de
apoyo- crearon partidos, el PRI anticlerical, que gobernó por años
alimentándola, el PAN que la gobierna igual con Opus Dei. Esto no lo digo yo.
La obra de C. Fuentes y otros, La muerte de Artemio Cruz y La región más
transparente, “lo demuestran”. Lo que ocurre hoy es reflujo del ayer. Como acá,
donde apenas se esboza el problema de corrupción más multiplicación poblacional
urbana futuras, generada por el último desplazamiento
.

En Colombia jugó un papel insustituible el coraje
de un periodismo comprometido en contra de otro “vendido”.
Hubo cuota de sangre
y muerte, pero es a él, que alentó o destapó a nuestros jueces y que nos
despertó, a quien debemos la mediana y breve tranquilidad que obtuvimos y que
de nuevo empieza a esfumarse. Nuestra corrupción, nacida de nuestras innúmeras
guerras civiles, alimentada y agrandada en el desplazamiento entre 9 de abril y
Frente Nacional, siempre en beneficio de exclusivistas élites
-en un círculo
similar al de la serpiente que pervive mordiéndose la cola- han hecho el resto,
como allá las injusticias del porfirismo, las revoluciones que lo borraron, el
tiempo del PRI, resultado y causa del actual estado, donde el narcotráfico
–otra opción desesperada de las clases populares- encontró tierra abonada para
sus diabluras. Los zetas, militares entrenados por la CIA para combatir el
descontento, se convirtieron en banda paramilitar con los narcos, como acá,
donde mercenarios entrenaron paramilitares para el trabajo sucio –con mirada
¿complaciente? del Estado-, las bandas criminales de hoy. El espacio es breve.
Espero volver al asunto. Esto le “platiqué” a JM.

Author: Miguel Cordoba

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