Cuentos de barro

Manzanas verdes
Espacio por la Convivencia y la Cultura
Ciudadana
Por Lucciano
Había una vez un pueblito, pintoresco y noble, en donde se respiraba  y se sentía ese sabor a campo y terruño,
azahares de cafetales en flor
, aromas de
miel  que incitaban a pedir un trozo de
panela en los viejos trapiches, olor a plataneras y yucales, de tulpas y rescoldos, de maduros asados y cafés recién cernidos, todos acumulados en una sola amalgama,
pero identificables al sentido del olfato.

Estos aromas, venidos desde los cañales y
parcelas, arrastraban consigo, olores a campo y bestias, a monte y leña a sudor y labranza, porque si algo ha
caracterizado a este pueblo, ha sido su
gente trabajadora y laboriosa a más no poder
.
Pero lo
que hacía grande a esta comarca era su
imponente basílica de estilo neogótico tardío
, una obra arquitectónica que remonta al observador, a la época medieval,
en algún lugar de la Europa inquisidora.
Aunque sobresaliente por su monumentalidad y
belleza de su basílica, había algo en
aquel pueblito  que empezó a contrastar de mal manera en
su aspecto y en
su esencia como tal.
El sentido de pertenencia poco a
poco se fue  perdiendo a través del
tiempo, se empezó a sentir y a vivir un desorden y una desorganización, y sus
gentes empezaron a vivir con desidia
 lo
que antes significó amor por esa tierra.
Sumado a este desdén por parte de sus gentes,
se empezaron a vivir periodos
administrativos que solo buscaban el beneficio particular, pero aún más,
gobiernos desorientados, sin políticas programadas y sin ninguna planeación que hubiese trascendido en los tiempos futuros, de ahí
que aquel pueblito se fue expandiendo por obra y gracia del destino, de improvisación
en  improvisación y de manejos carentes
de continuidad y proyección en el
tiempo.
La falta de una política de planeación y urbanismo,
que con una visión diferente hubiesen  vislumbrado y proyectado ese pedazo de tierra a nivel regional como pueblo orgulloso de su pasado y de su historia, en
donde la mano del hombre reflejada en
cada calle, en cada esquina, en cada rincón, en el andar y sentir  de cada
espacio, por respeto a su dignidad y sacrificio merecían  ser conservados, como patrimonio
mismo que todo pueblo preserva y cuida, es tesoro inmaterial y material que atestigua no sólo su historia sino la propia identidad que evoca el pasado, la pertenencia y el amor por lo
propio y por ende, de donde se viene y
para donde se va.
La cooperación y el trabajo de esos antepasados reflejados en su
basílica, su arquitectura, sus construcciones de tapia y tejados que simbolizan comunidad, participación, solidaridad y esfuerzo, no solo guardan el
encanto del enteje, sino que representan
el sentir humano y de 
convivencia.
Es el dolor, que hoy en este cuento deseo
expresar, cuando veo derribar cada casona, cada tapia, cada teja, cada pared y cada piedra.
Ver este patrimonio tirado al piso y ser  reemplazado por construcciones que nada tienen que ver con la identidad de un
pueblo
, es quizá la agresión más violenta que como ser humano puede soportarse.
Para dónde vamos? Es la pregunta que me
formulo, somos una ciudad o un pueblo?, tenemos una identidad de pueblo o de
municipio que nos haga diferente o especial?, ¿seguiremos expandiéndonos sin
ningún norte y apuntando a las mismas improvisaciones que nos han marcado de
manera irreversible? Creo que lo poco que nos quedara por salvar no se siga
derrumbando como el barro pisado que tanto esfuerzo, trabajo y sacrificio
les costó a nuestros ancestros.
Por ahora este cuento de barro pueda
trascender como trascienden muchos pueblos que guardan la esencia de pueblo y
se soportan más en el tiempo orgulloso de su historia y de su pasado.
Este es un espacio de opinión destinado a
columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas
pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a
este fin por el blog Informativo del Guaico y no reflejan la opinión o posición
de este medio digital.

Author: Miguel Cordoba

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