
Por estos días, la Institución Educativa Nuestra Señora de Fátima de Sandoná celebra sus 75 años de fundación. Para celebrar este acontecimiento, iniciamos la serie Educación Fátima 75, compuesta por diez crónicas que recorren la historia y la memoria viva de este plantel emblemático.
La primera entrega está a cargo de la profesora Lola Castillo de Moncayo, cuyo nombre de pila es Gladys Dolores Castillo Ágreda, quien abrió su memoria para recorrer las primeras décadas de vida de este histórico plantel sandoneño.
🎥 Suscríbete a nuestro canal de YouTube
👉 Informativo del Guaico en YouTube
✅ No te pierdas videos con la actualidad de Sandoná, Nariño y Colombia.
Sentada con la serenidad que dan los años y el orgullo de haber sido maestra, la profesora Lola recuerda que llegó a primero de primaria cuando la escuela funcionaba en la antigua casona ubicada detrás de la actual Alcaldía, donde en la actualidad funciona el Comando de Policía. Allí vivían también las hermanas franciscanas, a quienes se conocía como madres, no hermanas como ahora. “Ellas dirigían la escuela con disciplina y cariño, pero también con rigor —dice—. Nadie quería terminar en ‘los infiernillos’, unos sótanos oscuros usados como depósito… y como castigo”.

La escuela era exclusivamente para niñas y el aprendizaje se daba entre pizarras, lápices de piedra y borradores improvisados. “No había cafetería; cada alumna llevaba su refrigerio envuelto en una hoja de plátano: un huevo, una papa, un pedacito de carne. Y a la salida comprábamos dulces a la señora Carmelita Trejo, frente a la escuela, a uno o dos centavos”.
La disciplina no terminaba al sonar la campana. Las estudiantes salían formadas por barrios, tocando el hombro de la compañera de adelante hasta llegar a casa. Y algunas —como Lola— recibieron encargos especiales: “Me tocó cuidar a Zoila Gómez. Iba por ella a las 6:30 de la mañana, la llevaba a clase, la regresaba al mediodía y repetía la tarea en la tarde. Todo debía anotarlo en mi pizarra: si saludaba a alguien, si se distraía… ¡Afortunadamente, nunca tuve quejas!”.
El traslado al edificio que hoy ocupa el colegio Santo Tomás de Aquino trajo aires nuevos: aulas de cemento, patios amplios y hasta una granja escolar donde las alumnas colaboraban con cerdos, ovejas y gallinas. “Llevábamos desde la casa las cáscaras de plátano o papa para alimentar a los animales. Todo era parte de la formación”, recuerda la profesora Lola.
En la adolescencia, cuando la escuela ya ofrecía bachillerato hasta segundo, Lola y sus compañeras ayudaron a recolectar fondos para construir la sede actual. “Vendimos rifas, hicimos bazares y hasta salimos vestidas de gitanas al mercado, con la banda Santa Cecilia tocando detrás, para vender números de una rifa de un torete donado por un vecino. Reunimos unos 50 pesos, que era una fortuna entonces”.
Pero sus sueños no terminaban allí. “Yo quería ser maestra y lloraba porque mis padres no tenían cómo mandarme a Pasto a estudiar. Gracias a señoras generosas que me ayudaron con uniformes y dinero, pude iniciar estudios en el colegio Maridíaz de Pasto. Y cuando menos lo esperaba, me llegó una beca para normalista. Fue un milagro. A los ocho días ya viajaba para seguir mi formación en La Unión”.
Hoy, a sus años, la profesora Lola habla de aquella escuela con gratitud. “Lo que aprendimos no solo quedó en los cuadernos —o en las pizarras que borrábamos todos los días—, sino en la mente y el corazón. La educación franciscana nos enseñó a ser responsables, a valorar el esfuerzo y a servir a los demás. Ese es el verdadero legado de Nuestra Señora de Fátima”.
📢 Síguenos para más información:
👉 Haz clic para seguirnos en Facebook
👉 Únete a nuestro Canal de WhatsApp
✅ No te pierdas las noticias de Nariño y Colombia.















