
En los primeros días de agosto de 1978 tomé una decisión que, sin saberlo, me acompañaría toda la vida: caminar a pie desde la vereda Mapachico, en Pasto, hasta la vereda Alto Ingenio, en Sandoná.
La idea nació durante una visita a mi hermano Hernando, quien había salido del ingenio en 1977 y por entonces vivía con su familia en Mapachico, dedicado a la agricultura. Yo acababa de graduarme como bachiller en el Colegio San Felipe Neri de Pasto, en junio de ese año. A finales de julio visité a la familia de mi hermano; entre conversaciones sencillas y silencios de campo, surgió la propuesta de hacer el recorrido a pie.
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Primero convencí a mi sobrino Orlando, pero se desanimó. Luego Armando, el segundo hijo de mi hermano Hernando, aceptó acompañarme. Sin embargo, llegada la fecha, mi cuñada Rosa no permitió que su hijo me acompañara. Intentó disuadirme, pero la decisión ya estaba tomada. Antes de partir me preparó un fiambre o avío, como los llamábamos entonces, y así inicié el camino, solo.
Avancé en la mañana por la parte alta del corregimiento de Genoy. Alrededor del mediodía ya estaba en el sector conocido como Maragato, en la parte alta del municipio de Nariño. Allí viví el primer gran susto. Viendo de una loma a otra, intenté cortar camino y me interné en el monte. Sin darme cuenta, estuve a punto de irme hacia un precipicio. Reaccioné a tiempo. El susto fue enorme. Retrocedí y opté por un trayecto más largo, pero seguro.
Llegué a la quebrada Maragato y luego ascendí la loma que tenía al frente. Caminaba casi por instinto: no llevaba brújula, ni mapa, ni equipo alguno. Hacia las do de la tarde comenzó la desesperación. Ya había consumido lo que llevaba y solo me quedaba agua. El silencio y la soledad pesaban. Más adelante encontré una casa abandonada. Seguí.
Hacia las tres de la tarde, el cansancio y la incertidumbre se intensificaban. A las cuatro y media logré alcanzar la parte alta de Santa Bárbara y, poco después, cerca de las cinco, divisé unos terrenos que mi padre había comprado en el sector de El Paillón, en la parte alta del corregimiento de Santa Bárbara, municipio de Sandoná. En ese instante, como decimos popularmente, me volvió el alma al cuerpo.
Ese lugar lo conocía bien. De niño, mis padres nos llevaban allí cuando iban con el ganado. A finales de 1972 incluso vivimos allí cerca de un mes. Reconocer el paisaje fue un alivio inmenso. Desde ese punto tomé el camino conocido y, entre las seis y seis y cuarto de la tarde, llegué finalmente a la casa en la vereda Alto Ingenio.
Fue una experiencia grande. Una aventura nacida del deseo de conocer. Siempre me han atraído los caminos de montaña, los ríos, los bosques. Ese recorrido, hecho en soledad, sin más guía que la intuición, me dejó marcado para siempre. No solo por el trayecto, sino por lo que aprendí de mí mismo en medio del silencio y la montaña.
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