
En julio de 1975, mi vida dio un giro decisivo. Mi madre, quien siempre vio en las aulas el único camino para mi futuro —incluso desafiando la opinión de algunos familiares cercanos—, tomó una determinación que marcaría mi destino para siempre: viajó a Pasto y me matriculó en cuarto de bachillerato (el hoy grado noveno) en el tradicional colegio San Felipe Neri. Aquel viaje no solo acortaba distancias geográficas, sino que abría las puertas a un horizonte que entonces apenas alcanzaba a vislumbrar.
Para llegar a ese punto, mi camino escolar ya había transitado por diversos y entrañables escenarios. Cursé hasta cuarto de primaria en la escuela de la vereda Alto Ingenio, a unos cuantos pasos de nuestra casa, bajo la amorosa guía de las profesoras Gloria Chaves Martínez e Hilda Montezuma López. El quinto año lo realicé en la escuela Santo Domingo Savio, recordada con afecto en el pueblo como la escuela de niños de El Ingenio.
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Hace apenas unos días, al calor de una conversación con Lucho Zamudio, desenterrábamos del olvido los nombres de quienes compartimos aquel quinto de primaria. Éramos un grupo pequeño, forjado en la complicidad de la infancia: doce voluntades divididas en nueve hombres y tres mujeres. En la memoria volvieron a resonar los nombres de Aurelio Caicedo; los hermanos Vicente y Servio Ramos; Iván Guerrero; Juan Olmedo Enríquez; Guillermo Martínez; Pablo Fajardo; además de Lucho y yo. El toque femenino y alegre lo ponían Cecilia García, Miriam Ojeda y Leonor Zambrano. Todos caminábamos bajo la firme dirección del profesor Libardo Suárez Andrade, quien por el período 1971-1972 había asumido la dirección de la escuela en reemplazo del profesor Sofonías Rodríguez Montezuma.
Mis primeros pasos en el bachillerato, entre 1972 y 1975, tuvieron como escenario el Instituto Santo Tomás de Aquino. No fue un trayecto plano; de hecho, al comenzar 1975 estuve a punto de colgar los libros y abandonar los estudios. Sin embargo, pudo más la terca confianza de mi madre que mis propias dudas, y continué.
Es imposible evocar aquellos años tomasinos sin que se agolpe el recuerdo de maestros insignes como Raúl Fajardo Trejo, Julián Bucheli, Silvio Castillo, Raúl Montezuma, Sofonías Rodríguez, Alejandro Molina, Álvaro Bastidas, Carlos Erazo y Everardo Ortiz. De igual manera, se hace presente la calidez de compañeros entrañables: Giraldo Navarro, Diego Rodríguez, José Félix Rosero, los hermanos López, Diego y Antonio, Guillermo Andrade, Bernarda Cabrera, Carmen Rivera y Carmenza Andrade, entre tantos otros que poblaron mis días de juventud.
Con ese bagaje a cuestas me instalé en Pasto, en el hogar de la familia Maya Vallejo, ubicado en la carrera 22 con calle 13. Mi llegada al San Felipe Neri coincidió con un hito histórico de la institución: los padres filipenses decidieron trasladar las aulas a la sede de Mijitayo, que por aquellos días era un paisaje idílico rodeado de verdes cultivos de papa.
Durante esos tres años recibí la impronta de grandes mentores. Entre ellos, guardo un aprecio imperecedero por el profesor de Español y Literatura, Max de la Barrera, un hombre que nos arrastraba a mundos antiguos enseñándonos una infinidad de términos latinos y deleitándose con los mitos de la Grecia y la Roma clásicas.
El 17 de junio de 1978 sellamos esa etapa. Nos graduamos como bachilleres académicos en una ceremonia celebrada en el colegio Filipense femenino, pues el salón de actos del San Felipe Neri aún no estaba acondicionado. De aquella promoción, la vida nos dispersó por caminos diversos pero fecundos: Gerardo Cuenca, José Antonio Martínez, Julio Fajardo, Ramiro Ramos y yo nos inclinamos por los cálculos y el desarrollo de la Ingeniería Civil; Carlos Bustamante y Alex Delgado buscaron la justicia en el Derecho; Juan Aizaga orientó su vocación a la Zootecnia; mientras que Francisco Terán comenzó a moldear una respetable trayectoria en el periodismo.
Poco después, inicié mis estudios de Ingeniería Civil en la Universidad de Nariño, una carrera que, por convenios de la época, culminaría a inicios de 1984 en la Universidad del Cauca. Fue precisamente en medio de esos años universitarios cuando, movido por una inquietud profunda que ya germinaba con fuerza en mi interior, decidí estudiar locución por correspondencia en la Academia Arco de Bogotá. Sin saberlo, estaba dando mi primer paso formal en el fascinante y bendito mundo de las comunicaciones, el mismo que hoy le da sentido a mis días.
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