
Desde Nod
Por Alejandro García Gómez
pakahuay@gmail.com
“Sólo hay tres cosas que pueden subyugar para siempre la consciencia de esos débiles rebeldes: el milagro, el misterio [mito, diría yo hoy] y la autoridad”, señalaba F. Dostoievski, por boca de “El gran Inquisidor”, personaje de uno solo de los capítulos de su magna novela, “Los hermanos Karamazov” (acápite que es como otro relato o mini novela dentro de la principal).
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De una manera coincidente o adrede, estos mismos conceptos son las columnas que sostienen la estructura de la novela “El Divino”, del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal. Enterrada la (primera) Violencia, la de los 50’, en los 80’ competían ya no sólo godos y liberales por el poder del Estado, sino guerrillas (“nacidas” de esa Violencia), traquetos (elevados de estatus por políticos, empresarios, altos clérigos, jueces municipales y altas cortes, gobernantes, hasta que se les salieron de madre) y todas las fuerzas del Estado. Esta Colombia de los 80’, digo yo, era inmensamente diferente de la Rusia zarista del siglo XIX de Dostoievski; las claves para entenderla habían cambiado de color en los ropajes y en las costumbres de los actuantes o personajes pero no de esencia, y esa, esa esencia de esa Colombia de fines del 70’ e inicios de los 80’, es la que nos analiza Gardeazábal en El Divino.
Aunque carece de la sublime poética de “Cóndores no entierran todos los días” (ningún libro suyo lo ha superado), está escrita con las mismas (o con mayores) agallas, porque cuando compuso y publicó Cóndores, la Violencia (liberal-conservadora) era ya un hecho cumplido, ampliamente estudiado desde muchos puntos de vista y quizá los problemas de seguridad personal ya habían desaparecido. Él mismo la estudió para su tesis de pregrado de Filosofía y Letras. Pero cuando se arriesgó con El Divino, el narcotráfico estaba en su auge (la escribió en la década del 80’ y la publicó en 1986). Quien escribiera sobre los narcos en esos tiempos, fácilmente podría “chupar gladiolo” (ser asesinado, en el lenguaje traqueto, poéticamente macabro y claro de esos años), en cualquier momento. Hoy, en su última edición (2025, que nos ocupa), él mismo señala, “Esta novela logró combinar, metafóricamente, en 1986, el mundo gay, el quehacer religioso y la entonces incipiente traquetería dentro de un inolvidable marco pueblerino” (contraportada). Y “el quehacer religioso” pienso que es la piedra angular y basal de su edificio. Queda magistralmente presentado en el desparpajo de una observación en la que muestra cómo Troilo, uno de los bobos del pueblo de Ricaurte, “descubre” su homosexualidad al pillar una imagen de San Nicolás de Tolentino, la misma a la que se la vuelven añicos al descubrirlo “metiéndose la imagen por el culo” (168). “[Troilo] Se enamoró primero de san Nicolás de Tolentino”.
Su pensamiento sobre los riesgos, que toda su vida no sólo los ha corrido, sino que pareciera que los ha buscado, en anterior oportunidad y con ocasión de otra reseña de otra de sus novelas de esta misma colección de Intermedio Editores, ya había señalado yo lo que para él significa la vida y lo que le significaría perderla, o arriesgarse y salir incólume.
Uno de los capítulos mejor logrados, pienso que es el 38 (139). Esa manera de chisme dialogado, me recuerda el coro griego con que está narrado gran parte de Cóndores y acá, dos viejas chismosas analizan la Colombia de entonces, llena del dinero, de las exageraciones estrambóticas de los traquetos y de la envidia de quienes no se arriesgan, metaforizada en un pueblo enclavado en algún risco de Los Andes colombianos del Valle del Cauca. El otro puede ser el 76 (259), una escena de sexo entre hombres.
Como en todas sus novelas, el escritor discurre sobre el poder. Él lo ha buscado, lo ha obtenido, lo ha disfrutado y lo ha sufrido (amargamente muchas veces): “El poder, en el fondo, no ha sido más que eso, un equilibrio de acciones y reacciones, de amores y odios, de influencias y resquemores” (171), piensa -como su momentáneo alter ego- el divino Mauro; y esto es lo que ha sostenido siempre el autor y, en diferentes obras lo ha expresado así, con otras palabras. En todas sus divagaciones sobre el poder, de estas páginas 171 y 172 (y de otras en otras novelas), lo muestran un ser infinitamente solitario, que ha tenido todo lo que ha querido, pero solitario.

En mis jóvenes años del 70’ había pensado que sólo existían tres vías para que cualquier persona enfrente su vida: Una, caminar el camino que todos caminan, descansando en sus descansos, hasta el recodo donde a cada uno le hayan fijado. Dos, enfrentar la injusticia y la inequidad en las montañas o en las turbias esquinas de sangre urbana; llegué a sentir la frustración de ver luego en qué quedan los sacrificios mortales que otros “se embolsillan”, en iguales faltriqueras donde se guardan las cabezas de los mismos que los subieron y que ahora les estorban. Tres, lanzarse al riesgo traqueto. En la columna de uno de mis cuentos de entonces lo plasmé. “El Divino”, que como dije sirve a veces de alter ego de Gardeazábal, muestra varios apartes dedicados a otra vía, le llamo la Cuatro: la corrupción. El capítulo 65 (227-229pp) está dedicado a ella: “No se puede conseguir plata con las normas que los ricos impusieron para que los demás no tuvieran dinero. O se cambian las normas o se soborna al que las aplica” (228). “Los valores y los principios ya no existen en este mundo, sino para ser usados cuando se requieren o para ser olvidados cuando no se necesitan” (229). En la pg 249 hay un especial homenaje a un expresidente que nos ordenó “reducir la corrupción a sus justas proporciones”. Este Quijote anarquista, con su máquina de escribir como espada y como escudo y como rocín, luchó a veces contra los traquetos, a veces contra los políticos, a veces contra las FF AA, y aun con los mismos aristócratas con los cuales se codeaba. Todos ellos se amangualaron y le pasaron una cuenta y lo mandaron por algunos años a la cárcel, donde tuve el privilegio de visitarlo y ser testigo del sartal de visitantes, buscando que el brujo de Tuluá les leyera el futuro apoyado en los signos del presente y del pasado. Esas mismas cartas de Quijote anarquista actual que sigue leyendo todavía y con más visitantes.
Esta es mi reseña del libro del divino Gardeazábal que hoy invito a mis lectores a descorrerle el velo. Nod, Medellín, 24.VII.25
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