El nuevo paradigma de la paz o la lección de la anémona

Por Pablo
Emilio Obando
Todo cambio
implica reposicionamientos en nuestra zona de confort. La rutina termina
imponiéndonos una serie de actos, sentimientos y pensamientos que, en muchas
ocasiones, se tornan insuperables y una barrera infranqueable hacia el
porvenir. Terminamos acostumbrándonos a los golpes, los malos tratos, los
gritos, la dependencia emocional y física, los pequeños placeres, las rutinas
cuotidianas
y hasta a nuestras dolencias y enfermedades.

Romper ciclos es una
tarea titánica que raras veces conquistamos
pues terminamos una y otra vez
sumidos en lo mismo, así nos haga mal o ya no experimentemos la misma
satisfacción o placer.
Cambiar es de
valientes existencialistas que visionan nuevas inquietudes y necesidades aunque
por lo general son tildados, en primera instancia, de locos o soñadores, de
idealistas o desadaptados que pretenden luchar contra lo establecido
. Pero
gracias a ellos contamos con grandes y novedosos inventos y máquinas: aviones,
cohetes, celulares, yates, trenes, electricidad y una serie de realidades
facilitadoras de nuestra vida pero que en un comienzo fueron desechados por la
multitud. Únicamente gracias a esos seres tercos, constantes y visionarios
fueron posibles y aceptados por la muchedumbre incrédula.
Nos repetimos
constantemente, frecuentemente, en nuestros hechos y pensamientos; hasta el
extremo de una rutina devastadora, pues con ello generamos enfermedades,
conflictos sociales, ruinas económicas, disolución de parejas, fracasos
existenciales y hasta incapacidad de crear una nueva forma de vivir,
relacionarnos o existir. Muchos se aferran a sus cargos, a sus viviendas viejas
y desgastadas, a sus pensamientos obsoletos que le impiden crecer y
relacionarse sanamente con los demás. El argumento principal es que siempre ha
sido así y, en consecuencia, siempre tendrá que ser así
. Nos parecemos mucho a
esa anémona marina o ascidia que durante su juventud recorre largas distancias
por el océano buscando donde anidar y establecer su residencia, la tragedia es
que una vez conseguido su objetivo se come su cerebro por cuanto ya no lo
necesita y empieza una rutina de repeticiones cuotidianas y su existencia se
torna netamente contemplativa y pasiva.

Los colombianos
nos hemos convertido en una especie de anémona marina por cuanto se nos torna
difícil concebir o pensar en términos de paz. Siempre hemos tenido guerra, así
hemos vivido y sobrevivido, así hemos desarrollado nuestra existencia y nos
duele abandonar ese pasado por el simple prurito de que la paz es un riesgo que
nos desestabiliza emocionalmente por cuanto no concebimos otra forma de vivir o
existir
. Nos Acostumbramos a la guerra, a su lenguaje, a sus terrores de sangre
y muerte, a sus tentáculos extendidos hasta el fondo de nuestro ser, es más
fácil seguir como hemos estado y vivido que detenernos a pensar en un nuevo
futuro que requiere y exige nuevas formas de pensar y concebir la vida.
La guerra ha
sido nuestro paradigma y respondemos a sus estímulos negándonos la posibilidad
de construir una sociedad con mayores vínculos en la paz que en la guerra y,
entonces, como la anémona marina, agotada y sin cerebro, esgrimimos argumentos
salidos de contexto y de la realidad pero que nos permiten anclarnos a un
pasado: impunidad, injusticia, venganza, odio, rabia, rencor, cárcel, justicia,
terrorismo, comunismo, desolación
. Cómo si lo vivido por muchas generaciones de
colombianos no fuera justamente eso y mucho más. Duele cambiar, duele aceptar
que es posible una nueva forma de concebir el mundo, estamos atados a los
paradigmas de la guerra que con frecuencia nos disparan chorros de agua (no se
puede, castrochavismo, terroristas, justicia, cárcel, muerte, destrucción…),
impidiéndonos alcanzar las bananas (paz) y disfrutarlas colectivamente.
Sea esta la
invitación a cambiar, a darnos una oportunidad de paz y convivencia, de
tolerancia por un nuevo futuro, de paz y reconciliación que tanto necesitamos.
Esos viejos paradigmas de guerra empezaron a ceder terrenos en muchas mentes y
almas, pero aún se aferran como tentáculos invencibles para cientos de seres
que ven en la paz o en sus acuerdos una amenaza pues como esa anemona marina
que se come su propio cerebro después de un largo y prodigioso viaje, así
nosotros nos refugiamos en la guerra esperando que todo cambie o que todo siga
igual. Pero lo interesante de nuestros días es que podemos cambiar la historia
atreviéndonos a dar el gran salto hacia la Paz, hacia la construcción de una
paz duradera y colectiva
.

Este es un espacio de opinión destinado a
columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas
pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a
este fin por el blog Informativo del Guaico y no reflejan la opinión o posición
de este medio digital.

Author: Miguel Cordoba

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