La sombra de la desesperanza

Por: Iván Antonio Jurado Cortés
A medida que pasan los días las cosas se
tornan complejas para las comunidades aborígenes y negritudes del departamento
de Nariño
, en especial las fincadas en el Piedemonte y costa nariñense. Y es
que la violencia se ensaña cada vez con mayor fuerza en contra de las
oportunidades de estos grupos étnicos, que lentamente les embarga la
desilusión, desenvainando la improvisación y angustia para hacerle frente a una
cruda realidad que deja a su paso calamidad y desaliento humano.

Se volvió costumbre los desplazamientos
forzosos de indígenas Awá
desde las montañas hacia las cabeceras municipales o
centros poblados, desmantelando casi por completo su cultura, armonía y
convivencia de estas personas, que históricamente han sido dueñas y señoras de
sus territorios.
Fuerzas militares legales e ilegales con
procedencias ideológicas o delincuenciales diferentes, permean la sensibilidad
y dignidad de estos compatriotas que solo desean vivir en paz. Ni que decir del
pueblo negro o habitantes de la costa, en especial de Tumaco, hoy libran una
guerra sin cuartel que en lo corrido del año arroja más de medio millar de
muertos
.
La etnia Awá ha sido una de las culturas más
afectadas por el conflicto armado que se desarrolla en nuestro país. En las
últimas décadas la ‘gente de la montaña’, así como traduce el nombre indígena,
se ha convertido en blanco de la violencia y también del abandono estatal
.
Existe un desplazamiento progresivo en los diferentes asentamientos indígenas
que por miles de años han vivido en sus territorios, sin que nadie les generara
opresión o discriminación alguna.
Hoy, no es raro encontrar en las cabeceras
municipales de Tumaco, Ricaurte, Barbacoas, Mallama, y otros municipios del
suroccidente de Nariño, cientos de familias Awá sin rumbo alguno. Mujeres con
cinco, seis, hasta ocho niños y ancianos, deambulando por calles y parques de
esas poblaciones. Obviamente que los más afectados por esta crisis humanitaria
son los menores
; ya que su normal desarrollo está siendo afectado por una serie
de situaciones adversas a su cultura e idiosincrasia, a esto sumado la
indiferencia social y las malas condiciones alimentarias y sanitarias a  las que son sometidos permanentemente.
El Estado colombiano más que justo debe ser
condescendiente con las poblaciones en estado de vulnerabilidad, especialmente
las indígenas. Que la política social sea directamente aplicada a estos núcleos
familiares. No basta con los programas presidenciales actualmente en ejecución:
Familias en Acción, Adulto Mayor, Primera Infancia y otros, sino que se haga un
estudio serio por cada comunidad afectada, indicando de primera mano los
antecedentes de cada población desplazada
; de igual manera garantizándoles
programas encaminados a solucionar la causa de los problemas. En otras
palabras, generar espacios ideales para que estas personas tengan un desarrollo
digno en todos sus menesteres.
Que no sean estos niños un problema para el
futuro de Nariño y Colombia, sino que se transformen en vectores y auténticos
herederos de esta cultura ancestral Latinoamericana
, que a propósito enfrenta
un agresivo exterminio por parte de los enemigos de la conservación social y
cultural.
Hoy la sombra de la desesperanza cabalga
campantemente, masacrando la dignidad y tranquilidad de estos pueblos. Rostros
de incertidumbre son los que se observa en la niñez ancestral del Piedemonte y
costa nariñense
, todos víctimas de la guerra desenfrenada desatada contra su
raza.
Domingo, octubre 06 de 2013
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Author: Miguel Cordoba

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