Liso, el terror de gallineros

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Ramiro J. García.
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En el contexto de esta pandemia sanitaria, económica, moral y de polarización política que agrieta nuestro ánimo y esperanza colectivos, pretendo atenuar esos coletazos evocando la ingrata trayectoria de un personaje cuyas culpas, por ínfimas que hayan sido, no constituyen apología al delito; tampoco se trata de juzgar su condición ni ridiculizarlo. Es un personaje típico, parte de nuestro inventario social.

Son ficticios nombres y lugares mencionados en esta crónica, que no es nada distinto al ensamble de relatos de amigos contemporáneos, además de mis hondos y arraigados recuerdos de adolescencia.

Pues bien, el personaje de marras es Mariano Genoy, un hombre de contextura gruesa, mirada escrutadora y esquiva, abundante pelo azabache y marcados rasgos indígenas, quien había logrado a lo largo de sus cuarenta y dos años, un insólito prestigio en el truculento oficio de comercializar gallinas sin el consentimiento de sus dueños. Para él, la condición de propiedad era irrelevante.

Ser sorprendido in fraganti por cualquier víctima de sus incursiones era suficiente argumento para linchar sin piedad al inoportuno testigo. Entre tantas habilidades impropias, se menciona que la pelea a puño limpio fue su impronta. Poseedor de una auténtica mano de piedra, como don Hermenegildo, de quien se afirma que una de sus manos fue “sellada” por un inspector de policía, dada la contundencia y letalidad de la pegada.

Con el transcurrir del tiempo, el ejercicio constante de su ilícita actividad lo consolidó como un sibarita y refinado gourmet, pues las más provocadoras aves hurtadas estaban destinadas para su consumo en sancochos compartidos furtivamente con sus allegados; en cambio, las gallinas escuálidas eran negociadas por dinero o mediante la figura de trueque, en restaurantes de la localidad. Casi siempre su precario botín, o mejor, su costal, contenía hasta tres apretadas aves confinadas, sin ninguna posibilidad de aletear o cacarear para delatarlo.

Durante gran parte de su vida replicó esos episodios nocturnos coincidentes con fases de luna llena, escenario ideal para lo ilícito. A causa de estos, tuvo que pernoctar en varias ocasiones en la arruinada cárcel del pueblo, pues esas infracciones continuadas ocasionaban pérdida de tiempo y recursos al laxo sistema judicial de la época.

Sin embargo, esa rutina de avezado y escurridizo pilluelo lo motivó a considerar la posibilidad de dar un golpe de mayor envergadura, algo que traspasara el límite de sus emociones incontenibles, incluso hasta transgredir su confesión religiosa. Esos arrestos mentales lo condujeron a planear cuidadosamente una nueva aventura que “mejorara su perfil”. El objetivo seleccionado fue, entonces, el convento de las hermanas dominicas.

Durante los pocos días infiltrado como ayudante de albañil en la construcción del nuevo sector de aulas de ese establecimiento dirigido por sor Tulia Rivas, Mariano calculó con la precisión de un agrimensor la distancia entre el gran portón del colegio, frente a la residencia de don Ananías -cuasi abogado del pueblo-, y la puerta del solar de la calle opuesta, al norte, de propiedad del señor Luis Enríquez. Desde esa pequeña puerta que daba a la calle, hasta su fortín, lo separaban tres cuadras.

Concluyó, entonces, que para arribar a esa calle desprovista de alumbrado público, había que recorrer un tramo zigzagueante de aproximadamente cien metros y escalar dos pequeños muros. Esa era la ruta de la adrenalina pura, aunque su convicción de experto en la acción de huir le permitió confiar en que la aventura era pan comido, o mejor, gallina comida, en lenguaje coloquial.

De un simulado y suspicaz encuentro casual con una trabajadora del dispensario del colegio, Mariano confirmó la ubicación del corral de aves; igualmente, se enteró que las monjas residentes dormían a pierna suelta los sábados, y que el día domingo estaba reservado a recreación y baño colectivo de las religiosas en la piscina del establecimiento educativo, lo cual descartaba la presencia de miradas masculinas ajenas a la comunidad dominica.

En fin, dispondría de la tormenta perfecta para su propósito.

Decidido, aunque impaciente, Mariano esperó la noche del sábado ideal. La oportunidad ocurrió en un agosto veraniego, en presencia de una hermosa y gigante luna llena, y era tal el silencio que únicamente se escuchaba la serenata de los grillos.

Luego de verificar la ausencia de testigos, escaló el primer muro de la calle para ingresar a la edificación, y continuó su recorrido hasta encontrar el cerco perimetral del corral. Bastó una pirueta de gimnasta para ingresar al gallinero y constatar que había, al menos, una veintena de aves bien alimentadas y con extraordinaria apariencia. Sin mayor obstáculo dada su dilatada experticia, colocó en un gran costal de fique cuantas aves pudo agarrar y las aseguró con cabuya.

La mala hora comenzó cuando Mariano tropezó con un bebedero mal ubicado, algunas gallinas cacarearon ante el brusco movimiento, y esos ruidos inesperados alertaron a Laika, la perra guardiana del colegio, que se lanzó en frenética persecución de la extraña silueta que huía apresuradamente.

Presa de pánico y descontrol ante la situación imprevista, continuó con la fuga en una dirección que no estaba entre sus planes; se dirigió veloz a una explanación de un brillo magnificado por la luz de la luna, y cuando menos lo esperaba, resbaló en la cerámica del piso, cayó de bruces y se sumergió pesadamente en un enorme espejo de agua: nada menos que la piscina del colegio.

Jamás intentó aprender a nadar en los charcos del entorno territorial, de modo que la impericia y el desespero hundieron lenta y fatídicamente el pesado cuerpo junto a su apreciado botín.

La luna y Laika fueron su karma; tampoco sirvió su supuesto pacto con el demonio, a quien había vendido su alma a cambio de invisibilizarlo en sus andanzas. En cuestión de segundos perdió el dominio de los secretos de su oficio.

Al despuntar el día domingo, la directora de la institución fue informada del suceso. En el lugar de los hechos, ella y sus subordinadas lamentaron la muerte de los flotantes, intruso y trofeo. Una de las personas presentes en esa trágica escena les confirmó que se trataba de un reconocido ladrón de gallinas, muerto en su ley.

-Es el Liso, dijo.

En su fuero interior, la religiosa condenó esa acción delictiva, puesto que las gallinas harían parte del suculento almuerzo programado para ofrecer a una delegación que contribuiría a la gestión de mayores recursos para consolidar la ampliación de la infraestructura académica.
La delegación estaría integrada por su hermano, su primo y el jefe de ambos, don Villano, el padrino eterno de los políticos de la época. Eran tiempos de dinastismo, es decir, la concentración de poder en manos de familias privilegiadas.

La novedad del insólito caso corrió a la velocidad de Laika por el poblado; así que don Edgar, la mayor víctima de los continuados eventos delictivos del ya finado Mariano, se abrió paso entre los curiosos que observaban el grueso cuerpo flotando en la piscina; aspiró el aliento suficiente para resumir en cuatro palabras todo el odio, impotencia y desprecio represados, y dijo:

-¡Llegó tu hora, bámbaro!

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Author: Miguel Cordoba

1 thought on “Liso, el terror de gallineros

  1. Qué refrescante crónica en momentos aciagos!
    Impregna recuerdos de infancia, comunes en los pueblos primíparos en su desarrollo, actividad en momentos de profundo sueño, privándonos del huevo mañanero y del sancochitito que espera alguna fecha que lo justifique. Mi reconocimiento amigazo. 👍

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