66 años al volante: la vida en carretera de don Everardo Palacios Moreno

Everardo Palalcios Moreno 66 años al volante
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En las empinadas montañas de Ancuya nació, hace más de ocho décadas, Everardo Palacios Moreno, un hombre que encontró su destino sobre las carreteras y entre motores. Desde muy joven, la vida le enseñó que había que trabajar para llevar el pan a casa. A los seis años, cuando otros niños apenas jugaban, él ya dormía en la banca de un bus escalera para cuidar la carga.

“Mi familia era muy pobre”, recuerda. “Yo quería aportar algo para la comida. Mi mamá me decía que yo no podía aguantar un bulto… y míreme, aguanté de todo.” En esas madrugadas frías, entre bultos y cajas, fue aprendiendo a mover el timón en los parques de su pueblo, practicando a veces, cuando el conductor le cedía el puesto.

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Un primo lo convenció de salir a buscar suerte más allá de Ancuya. Empacó dos camisas, dos pantalones, un par de zapatos y unos fideos, y emprendió su primer viaje: de Pasto a Cali, luego a Barranquilla, Bucaramanga, Santa Marta y Bogotá. Eran tiempos de violencia política, de retenes y de esconderse entre la carga para evitar problemas.

El oficio lo aprendió con paciencia. Diez años estuvo como ayudante antes de que le confiaran un camión. En la prueba para obtener la licencia, lo mandaron a manejar en reversa por la carretera en construcción de acceso al volcán Galeras. “Los agentes quedaron abismados —dice sonriendo— porque conocía bien la máquina.”

En los años 70, un viaje a Bogotá lo llevó a transportar mobiliario escolar a La Unión y Consacá. Allí, tras devolver sobrantes de material, le ofrecieron empleo estable. Escogió Consacá, por cercanía a su familia, e ingresó a la Concentración de Desarrollo Rural, conocida como “La Granja”, donde trabajó 26 años hasta su jubilación en el año 2000.

Su vida en la carretera no estuvo exenta de riesgos. Recuerda una anécdota en La Plata, Huila, cuando un colega, Lolo Morán, se accidentó. Everardo improvisó una camilla con compuertas del camión para sacarlo del potrero sin moverle el cuello, salvándole la vida. “El doctor me dijo: ‘Él te debe la vida a vos’.”

Tras jubilarse, condujo esporádicamente, siempre solicitado por su reputación de seriedad y destreza. Transportó gaseosa, manejó mulas y camiones, y recorrió incontables rutas del país. En 66 años de conducción, asegura con orgullo que jamás tuvo un accidente grave, algo que atribuye a su prudencia y a la protección de la Virgen de Visitación de Ancuya.

Hoy, en Sandoná, donde echó raíces y formó amistades, don Everardo habla de su oficio con gratitud. “Relativamente, acá conseguí buenos amigos y trabajo, y toda la gente me quería mucho… En ese tiempo los choferes éramos honrados, todos.”

Su historia es más que una vida al volante; es el testimonio de un hombre que hizo del transporte no solo un trabajo, sino una forma de vida. Y aunque dice que la memoria a veces le juega bromas, cada anécdota que cuenta lleva la nostalgia y el orgullo de quien ha vivido la carretera como pocos.

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Author: Admin

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