El tapete blanco y las voces del aire: memorias de un sueño periodístico

Miguel 17 años
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La infancia, cuando se crece en el campo, tiene el aroma de la tierra húmeda y el sonido de una aguja rozando un disco de vinilo. Mi historia comenzó en una casa de campo en la vereda Alto Ingenio, un rincón suspendido a 2.200 metros sobre el nivel del mar, justo en las faldas imponentes del volcán Galeras. Allí, en un hogar forjado por el amor de mis padres, Félix y Luz María, crecimos ocho hermanos; tres hombres y cinco mujeres que llenaban de vida los cuartos y los corredores, siendo yo el penúltimo eslabón de esa gran cadena familiar.

En aquellos tiempos, cuando las noches caían oscuras y sin energía eléctrica, el centro del universo era una repisa en el dormitorio de mi papá. Sobre ella reposaba, como un tesoro, un radio Philips acompañado de un tocadiscos. La altura y el aislamiento de la vereda convertían la búsqueda de señales en una pequeña hazaña diaria. Mi padre, buscando ganarle la batalla al silencio de la noche, sintonizaba las emisoras de Cali; su favorita era La Voz del Río Cauca, de la cadena Caracol, donde escuchaba noticias del país y las vibrantes transmisiones deportivas.

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La radio en casa nunca se apagaba, solo cambiaba de dueños según las horas del día. Con el sol de la mañana, mis hermanas se adueñaban del dial sintonizando Radio Pasto, la frecuencia 1280 AM de Caracol en la capital de Nariño, para suspirar con las radionovelas de la época. Al caer la tarde, el misterio se apoderaba de la casa a través de La Voz del Galeras, del circuito Todelar, cuando la voz del narrador nos sumergía en las increíbles aventuras de Kalimán, el hombre increíble.

Incluso el mundo exterior, el más lejano, nos llegaba por el aire. Gracias a la onda corta de ese viejo aparato, mi hermano Agustín lograba captar las ondas de Radio Zaracay, transmitidas desde Santo Domingo de los Colorados, en Ecuador. Fue a través de esos ruidos estáticos que heredamos el gusto por la música ecuatoriana. Y claro, cuando llegaba la Vuelta a Colombia, el país se paralizaba y mi papá no se perdía un solo pedalazo; una afición febril que se nos metió en las venas para siempre.

Pero la vida no solo era contemplación; era, ante todo, trabajo compartido. En mi niñez, el sustento y el orgullo familiar giraban en torno al cuidado de vacas, cerdos y gallinas, así como a las sementeras de maíz y el procesamiento de la cabuya, una labor artesanal que nos involucraba a todos. Los hombres de la casa asumíamos las tareas más pesadas: el corte, la desespinada, el transporte y el laborioso tratamiento para convertir la planta en fibra manejable. Luego venía el turno de las mujeres, encargadas del lavado y el secado. Aún hoy, si cierro los ojos, puedo ver el potrero detrás de la casa completamente cubierto de hebras tendidas al sol; parecía un inmenso y hermoso tapete blanco extendido sobre el verde de la montaña.

Una vez terminado el proceso, mi papá armaba con esmero los bultos y emprendía el viaje a Pasto para venderlos a la Compañía de Empaques de Medellín, allá en el sector del Coliseo Sergio Antonio Ruano. El regreso de mi padre de la capital era siempre una fiesta. Traía consigo el pan fresco de la Panadería Martha, las infaltables colaciones compradas en la esquina del templo de La Merced y un invitado especial que cambiaría mi destino: el periódico El Espectador.

Mi papá se sentaba pausadamente en una banca de madera, deshojaba el periódico y, de las tres secciones que lo componían, me entregaba siempre la deportiva y la de tiras cómicas. Jamás me dio una orden, nunca me dijo textualmente “lea”, pero no hizo falta. Verlo concentrado devorando las letras, bajo la luz tenue, fue el ejemplo más puro. Así, sin discursos, me inculcó un amor ciego por la lectura que me ha acompañado cada día de mi existencia.

Mirando hacia atrás, en esa casa de la vereda Alto Ingenio se construyeron, sin saberlo, los cimientos de mi vida. Por un lado, las voces mágicas de la radio que desafiaban la distancia; por el otro, la tinta y el papel de la prensa escrita que mi papá traía de la ciudad. Entre el eco de los locutores de la AM y el olor a periódico fresco, se forjó silenciosamente el sueño de aquel niño campesino que hoy, con orgullo, dedica su vida a ser locutor, periodista y comunicador.


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Author: Admin

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