A 200 años de la Navidad Negra de Pasto

Por Carlos Eduardo Lagos Campos
Tomado de www.las2orillas.co

En épocas de las luchas por la independencia de América, la muy noble ciudad de San Juan de Pasto era un punto estratégico en la ruta de los ejércitos republicanos hacia los países del sur. Debido a su ubicación estratégica, su búsqueda de autonomía y su rebeldía frente a la junta criolla que se estableció en Quito en 1809, fue objeto de múltiples disputas entre los gobiernos y obispados de Quito, Cauca y Santafé de Bogotá. 

La influencia de la Ilustración, la Revolución francesa y la independencia de los Estados Unidos contribuyeron al pensamiento de las elites criollas que conllevó a la gesta de independencia. Los principios de libertad, democracia y racionalidad fueron de gran importancia para esta. Además, también sirvió de aliento la invasión francesa bajo la egida de Napoleón Bonaparte a España en mayo de 1808, en donde José Bonaparte (conocido como Pepe Botellas) reemplazó al rey Fernando VII. 

El despotismo ilustrado de la dinastía de los Borbones había dejado de lado el humanismo que se promulgaba en Francia, centrándose en el conocimiento como eje del progreso y el enriquecimiento. Esto era algo que no le venía bien a las elites locales, quienes de alguna manera eran excluidas de los privilegios de los españoles. “Los mestizos estaban en posiciones intermedias: no tenían que pagar el tributo de los indios, ni eran esclavos como los negros, pero tampoco tenían los privilegios de los españoles”, explica Federico Navarrete, doctor en Estudios Mesoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México (1). 

De hecho, el escritor Alfredo Cardona Tobón comenta que a principios del siglo XIX Pasto estaba aislado de las corrientes de la Ilustración: no le interesaba cambiar al rey y le aterrorizaban los librepensadores. Eso sin contar con que sus reivindicaciones eran otras: una administración independiente de Quito y Popayán, el asiento de un obispado y el establecimiento de instituciones educativas para sus hijos. Por otro lado, los indígenas veneraban al rey y a los dirigentes pastusos no les convenía una transformación que perjudicara sus intereses (2). 

Lydia Inés Muñoz (El Tiempo, 31 de enero de 2019) explica: “Los pastusos no creían en la causa libertadora, poco les importaba el sueño de libertad de unos criollos intelectuales y, bajo ningún motivo, pretendían traicionar a los reyes, a quienes les juraron lealtad. Para ellos la palabra era igual de importante que su volcán. Simón Bolívar llegó a calificarlos de ‘malditos hombres’. Para los pastusos no existía la posibilidad de traicionar al rey, ya que Pasto había empeñado su palabra y le habían jurado fidelidad”.

El éxito de los ejércitos republicanos hizo inevitable el avance de estas tropas hacia las tierras del sur, Boyacá (7 de agosto de 1819) y Carabobo (24 de junio de 1821). Sin embargo, tras ocupar Popayán, encontraron una férrea resistencia de parte de las milicias pastusas. En consecuencia, Bolívar intentó bordear el Galeras, pero fue interceptado en Bomboná (Cariaco) por las tropas del español Basilio García y sus milicias.

De acuerdo con el general Obando, el resultado de la batalla fue adverso a Bolívar: “Habíamos perdido 800 hombres muertos y más de 1.000 heridos, en tanto que el enemigo no contaba de perdida más que 18 muertos y heridos, y 20 prisioneros que le había tomado el Rifles”. Así pues, cuando se analizan las cifras, el dictamen sobre quién ganó la contienda no resiste el menor análisis.

De otra parte, Bolívar perdió los estandartes de los batallones Bogotá y Vargas, lo que en las reglas de la guerra era considerado un deshonor; pero, en un gesto de gallardía, don Basilio García se los remitió. No obstante, la victoria del general Sucre en Pichincha (24 de mayo de 1822) hizo inevitable la capitulación de Pasto y entonces se firmó el acuerdo de Berruecos (6 de junio de 1822), permitiendo que el 8 de junio de 1822 Bolívar entrara triunfante a la ciudad.

La tregua no duró mucho. El pueblo pastuso era reacio a esta causa y entendió que este cambio en el ejercicio del poder en nada le beneficiaría. Fue así como el 28 de octubre de 1822 el teniente coronel Benito Remigio Boves, el abogado Estanislao Merchancano y el líder indígena Agustín Agualongo rompieron el acuerdo por considerarlo impropio. A ellos se les unió gran parte de la población y de los indígenas de las aldeas vecinas, en lo que llamarían una nueva “guerra santa contra los malvados usurpadores de los derechos del muy amado Fernando VII y enemigos jurados de la religión” (3). 

Tras un nuevo triunfo de Sucre en Ibarra, Bolívar le ordenó la retoma a sangre y fuego de Pasto. Como si esto no hubiese sido suficiente, posteriormente signaría el destino de la ciudad bajo la siguiente consigna: “barrer de la faz de la tierra su raza infame”. Sin embargo, el ejército republicano fue nuevamente vencido por las milicias pastusas en los cañones de Taindalá, por lo que debieron pedir refuerzos a Quito, desde donde enviaron tropas más experimentadas.

Es así como el 24 de diciembre de 1822, tras varias escaramuzas, las milicias abandonaron la ciudad, quedando esta a la merced de la soldadesca. La masacre fue horrible. Nadie se salvó de aquella orgía de terror. No se respetaron a sus inermes habitantes. Mujeres, ancianos y niños fueron violentados y masacrados durante aquella amarga noche de Navidad y durante tres días más. En aquella vergonzosa acción participaron tropas de los llanos de Aragua y Casanare, además de muchos supervivientes de su derrota en Bomboná, principalmente los del Batallón Rifles. 

Se calcula que las personas asesinadas ascienden a más de 800; en su mayoría mujeres, ancianos y niños. No obstante, esto no fue suficiente para la consigna de “guerra a muerte” implantada por Bolívar contra esta fortificación, resguardo de la tranquilidad y del culto a lo religioso. Las tropas se empecinaron en violar a mujeres y niños, al tiempo que saquearon y destruyeron toda la ciudad; situación de la que no se salvaron ni las iglesias, ni los edificios públicos.

Ahora bien, a pesar de que el comando de los saqueadores y perpetradores de este magnicidio estuvo a cargo de Sucre, es importante recordar que el direccionamiento de todos estos terribles actos fue orquestado directamente por Bolívar. Por ello, se cree que el mariscal de Ayacucho actuó sin temor a represalias, a pesar de encontrarse vigente el Tratado de Regulación de la Guerra, suscrito por Simón Bolívar y el coronel Pablo Morillo el 25 de noviembre de 1820, el cual imponía la obligación de respetar los pueblos ocupados.

De la lealtad de las gentes de esta noble ciudad a las instituciones españolas durante el periodo que conocemos como la “independencia” vienen los chistes y burlas que con alguna intención se dicen sobre ellos. “Una vez consolidado el gobierno republicano, se ejerció una deliberada estigmatización sobre los pastusos que posteriormente se tradujo en una caricaturización de los mismos, la cual continúa vigente en la sociedad colombiana” (4).

Ante esto, la reflexión obligada que debemos hacer es: ¿fueron los pastusos quizá los únicos en entender que el cambio en el poder de las elites españolas a las elites criollas, en la forma en la que se hizo (sin un cambio en el modelo económico y de castas), traería guerras y desolación a esta nueva república como evidentemente ha venido y viene sucediendo desde hace más de dos siglos? 

Para analizar esta temática, el programa Sapiens del Centro de Pensamiento Libre invitó el pasado 22 de diciembre a los historiadores Enrique Herrera Enríquez, Jorge Enrique Esguerra y César Torres, además de los investigadores Roberto Segovia y Manuel Dolores Chamorro.

(1) Criollos, mestizos, mulatos o saltapatrás: cómo surgió la división de castas durante el dominio español en América 

(2) La resistencia pastusa  

(3) Simón Bolívar y Pasto

(4) Navidad Negra y la matanza de 500 pastusos por personajes independentistas 

Nota original:

Author: Miguel Cordoba

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