Campesino sin campo

Por: Iván Antonio Jurado Cortés
Durante todo el mes de junio, en las
diferentes regiones del país, cada jurisdicción municipal destina una fecha
para conmemorar y reconocer la ardua labor
que permanentemente desarrollan
millones de ciudadanas y ciudadanos en los campos colombianos.

Desde siempre, estas celebraciones, además de
los discursos adornados y folclóricos de los mandatarios locales o regionales,
también se combinan con la expresión más sencilla que emiten estos humildes
labradores. Ellos en medio de la adversidad, siempre son atentos y cuentan con
toda la disponibilidad para demostrar su humildad y calidad humana
, sin resabios
ni apatía, caso contrario a los citadinos, trastornados estructuralmente.
Se calcula que el 35% de la población del país
aún se ubica en área rural con
proyección a disminuir
, siendo vital este porcentaje para la sostenibilidad
alimentaria; lástima que la actual tendencia política vaya en contravía de las
reales necesidades del agrario nacional. De los treinta y dos departamentos de
la jurisdicción colombiana, Nariño es uno de las más rurales, llegando hasta un
65% de personas residentes en suelo campesino, manifestándose la importancia
regional que emana esta posición.
Desafortunadamente la palabra “campesino” se
ha venido interpretando equivocadamente en el argot popular del colombiano,
incluso son las mismas autoridades gubernamentales las que se han encargado en
muchas oportunidades de menospreciar a los compatriotas
que viven y laboran en
los campos nacionales.
El solo hecho de provenir directamente de los
indígenas es razón suficiente para que se conserve la vocación rural; sin
embargo, los más de quinientos años desde que se produjo la mezcla racial y
cambio de actitud en la descendencia amerindia, han permitido el olvido de las
costumbres ancestrales.
En la actualidad, el sector campesino es el
más estigmatizado, siendo responsable el Estado y sus gobiernos
. En pleno siglo
veintiuno no se puede entender como en la distribución de los recursos del
Sistema General de Participaciones SGP, la inversión agropecuaria es la
cenicienta, así como cultura, recreación y deporte… obviamente que la explicación
sale a la vista: una política miope, zafada de la realidad, que en nada
favorece los intereses de esta parte de la población, aunque minoritaria, pero
vital para el sostenimiento alimentario y equilibrio socioeconómico.
Lejos de las expectativas engendradas en esas
mentes sanas, secundadas solo por la malicia indígena, hoy estos gobiernos
neoliberales, toda su energía la han encaminado a un exterminio sistemático que
sutilmente taladra un imaginario, que
millones de campesinos han soñado como es un campo productivo, fortalecido institucionalmente. Lástima, que esta esperanza de reverdecimiento agrario
cada vez se marchita, y no es para menos.
Con la entrada en vigencia de los famosos
tratados de libre comercio, el sector agropecuario colombiano tiene sus días
contados
, a pesar que las promesas gubernamentales son alentadoras y
futuristas, nadie cree que con la arcaica infraestructura productiva instalada
y la actual política agraria, se pueda competir con importadores por más
inofensivos que parezcan.
Los pobres ‘campesinos sin campo’, tendrán que
consolarse con huevitos chilenos, leche holandesa, pollo y cereales gringos,
papa canadiense y textiles coreanos
… mejor dicho: “¿Quién podrá salvarnos?”, ni
pensar que será el Chapulín Colorado… ojala los acuerdos de la Habana algún día
se materialicen tal cual se conciben; sería la única salida… Domingo, junio 30
de 2013

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Author: Miguel Cordoba

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