Carta a Nairo

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Esta es la carta que escribió el periodista Jorge Enrique Rojas en el País de Cali www.elpais.com.co el 18 de septiembre de 2010, luego de la victoria del pedalista Nairo Quintana en el Tour de L’Avenir. La carta que transcribimos a continuación fue ganadora del premio Simón Bolívar de periodismo.

Carta a Nairo

Tal vez nunca leas esto Nairo. Sé que no te
gusta leer y que a veces llegas tan cansado de entrenar que te quedas fundido
viendo las cartillas de sudoku y sopas de letras que tu entrenador te manda
para que también ejercites la mente. Viajé para encontrarte y que me contaras
esa vida de hazaña que has tenido, para que me explicaras de dónde sacaste esa
obstinación, esa persistencia a prueba de golpes para sobreponerte a los
obstáculos que en tu vida han existido desde que naciste; estuve en el hotel
donde te alojaron, en la Casa de Nariño donde te recibió el presidente, pero
fue imposible que me atendieras.
Desde que llegaste a Colombia te han llevado
de un lado a otro para exhibir tu triunfo en tour del capricho ajeno:
noticieros, emisoras, cenas, homenajes. En este país exitista la escena se ha
repetido muchas veces con otros deportistas que, inocentes, se han dejado
llevar por la tromba del estrellato. Por eso te escribo Nairo, porque anhelo
que no te pase a ti.
En los dos minutos que conversamos antes de
que te montaran a un carro con destino quién sabe a dónde, me dijiste que tú,
lo único que querías, era regresar a El Moral, esa loma de la vereda La
Concepción, en Cómbita, donde hace 20 años naciste; regresar para dormir en tu
misma cama, tomar leche recién ordeñada y ver de nuevo a esa novia que tienes a
las escondidas. Tengo la impresión de que eres distinto a otros ídolos de barro
que ante los logros, suelen sufrir de la memoria. Así que por eso también te
escribo, campeón.
Me contaste que querías volver pronto, entre
otras cosas, para enterarte de todo lo que ha pasado mientras estuviste lejos.
Es que fueron 35 días, vea usted, dijiste con tu voz de monaguillo y ese acento
lleno de sílabas estropeadas por aquella ESE arrastrada más de la cuenta por la
que tanto se burlaban tus compañeros del colegio Alejandro Humboldt. Y sí,
tienes razón, mientras corrías el Tour de l’Avenir, mientras ciclistas
franceses y alemanes que dejabas regados en el camino te insultaban y escupían,
algunas cosas sucedieron allá, en el pueblo donde alguna vez pensaron que tu,
tan pequeñito y tan flaco, no podrías llegar a ser otra cosa que un buen
campesino.
La Costeña y Chapulín, por ejemplo, esos
perros de raza callejera y lanas manchadas por la mugre que cuidan tu casa
desprovista de cerraduras y chapas en las puertas, tuvieron cría: es una manada
de seis cachorros de orejas largas y colas enroscadas que ahora crecen entre
las gallinas que cacarean bajo los árboles de uchuva, tomate, mora y durazno,
erguidos a un costado del rancho en medio de bicicletas descuartizadas,
neumáticos desinflados, manubrios oxidados, pedales que están por ahí regados
como si en ese trozo del campo el ciclismo fuera abono bondadoso para todo.
Ha llovido por estos días. Así que no te
extrañes si en el piso de madera de tu cuarto encuentras ollas, peroles,
vasijas que tu hermano Dayer ha puesto para cuidar de la humedad esa pieza que
comparte contigo. Los agujeros del techo de la casa que tu papá levantó con
adobe y tejas de barro, lo sabes bien, no han podido ser reparados y el agua se
sigue colando. Pero tú tienes el sueño sereno. Dayer jura que aun en medio de
las tormentas duermes como un bebé y que a veces, tumbado de lado, roncas. Tal
vez no estés consciente pero eres su ídolo y en silencio es él quien te cuida
el sueño. Ese muchachito de 18 años se ha desvelado cuando has tenido malas
carreras y, dormido, discutes, dices cosas, como si en la dimensión difusa de
los sueños intentaras alcanzar lo que en la realidad aún no logras.
Pero de los aguaceros caídos en tu ausencia
hay algo bueno. Gracias a esa lluvia, las tinajas plásticas de almacenamiento
han estado llenas. Así que Luis Guillermo, tu papá, con su cadera atrofiada por
el accidente de tránsito que sufrió de joven y esas catorce operaciones encima
que no pudieron remediarle la cojera, no ha tenido que pasar mayores trabajos
para conseguir el agua que necesita para trabajar en la panadería que le
montaste ahí, en los bajos de la casa. Y tu mamá Eloísa, con sus 46 años,
también ha descansado de caminar los dos kilómetros hasta el nacimiento de
Aguavaruna para traer los baldados que necesita para fregar la ropa en la
lavadora de 26 libras que le regalaste con el primer premio que obtuviste dando
pedalazos en contra del destino. Aunque suene manida, la frase es cierta Nairo.
Isabel Monroy, la madre comunitaria que hace
veinte años atiende Pato Lucas, la guardería donde a los ocho meses tus papás
te dejaron para poder ir a vender verduras a las plazas de mercado de Cómbita y
Arcabuco, dice que nadie creía que pasarías los tres años de vida. Sufriste de
algo que allá, en las montañas de Boyacá, llaman “tentado de difunto”: un mal
inexplicable del que pocos, dicen, tan sólo los predestinados para algo, logran
salvarse. La mujer, que te quiere como si te hubiera parido, cuenta que cada
mes te daba una diarrea inhumana que te acosaba por días enteros. Que la sangre
se te regaba por nariz y boca cada que tosías. Y que siempre, sin importar las
veces que te bañaran, olías a muerto. Tus ojos, entonces, permanecían tan
apagados como los de un animalito disecado.
María, señora que sabe de yerbas y otras
cosas, le dijo a tu mamá que lo que pasaba es que alguien que había arreglado a
un muerto le había tocado el vientre cuando aún estabas ahí dentro. Entonces le
recomendó un agua hervida con cogollos de nueve árboles y un bebedizo de
arracacha y tierra que de un día empezó a sanarte. El milagro ocurrió tan
pronto que a los dos años, no podrás recordarlo, cuando todavía gateabas, te
volaste de la guardería atravesando medio kilómetro de potreros y trochas hasta
que encontraste tu casa. Eso de correr y escapar, así como lo hiciste en los
riscos más empinados de Francia, contrariando pronósticos y vicisitudes que
parecían mucho para tu tamaño, no es algo nuevo en tu vida: lo llevas en la
sangre.
Y así también llevas el sacrificio, Nairo.
Porque tu no empezaste a montar en bicicleta por gusto, sino por necesidad:
porque tus papás, que ya habían ido al colegio a pedir que les rebajaran la
pensión tuya y la de tus cuatro hermanos, no podían pagar el transporte para
que ustedes llegaran hasta la escuela, lejos, a 18 kilómetros de tu casa, allá
abajo en Arcabuco. Por eso cogiste esa bicicleta todoterreno que tu papá había
comprado para ir a ver las vacas en el potrero. Por eso, ya a los 12 años, ibas
y venías todos los días, a veces con tu hermana Lady trepada en la barra.
Durante cinco años pedaleaste por esa cuesta que los carros deben subir en
tercera, a veces segunda marcha, sin más pretensiones que ir a estudiar o
llegar a los ensayos de danza.
Qué importaba que te tardaras 45 minutos,
mientras la ruta escolar se demoraba 15. En ese tiempo, aunque no eras muy
bueno, recuerda la profesora Flor Mireya Vargas, te gustaba bailar y lo hacías
aunque aquella instructora venida de Tunja te dejara sentado. Pero tu eras
inmune al desánimo. Bajaste y subiste una y otra vez, sorteando la curva
mezquina de La Cantera y las tractomulas que más de una vez te sacaron de la
vía, como aquella vez que rodaste por el barranco y te apareciste a clases todo
reventado.
Siempre fuiste osado. Tu hermana Esperanza,
que te ayudó con setenta mil pesos cuando trabajaba como empleada doméstica en
Barranquilla para que pudieras comprar unos mejores pedales, creyó que ibas a
desistir por tantos golpes. Hace dos años, cuando ese taxi de Arcabuco se voló
el pare y te elevó por los aires y quedaste sumido en coma por cinco días,
todos pensaron que sería el fin de tu carrera. Algo parecido a lo supuesto por
los franceses, alemanes, italianos que ahora, en el Tour de l’Avenir, te dieron
patadas y codazos, hasta que te vieron caer a la orilla del camino después de
gritarte “fucking indian”. Pero no por nada, ahora pienso yo después de conocer
la historia, tu te salvaste de eso que allá en tu pueblo llaman “tentado de
muerto”. Eres un elegido.
Belarmino Rojas, el dueño de la heladería de
Arcabuco, también lo cree. Como si fuera ayer, recuerda que el 4 de abril del
2005, dos días después de que tu papá se hubiera conseguido los $270.000 para
comprarte la primera bicicleta de carreras, cuando te enfrentaste con Juan
Pistolas, el ciclista más temerario del pueblo y lo hiciste polvo en 32
kilómetros trazados en una ruta ida y vuelta que partió de la plaza central
hasta el Alto de Sota. Ese triunfo tuyo aún es leyenda; porque mientras Juan Pistolas
llevaba zapatillas, uniforme de lycra, casco, guantes y la mejor bicicleta de
por esos lados, tu apenas ibas cubierto con la camiseta roja que ya no
aguantaba más remiendos de las manos de tu madre. Belarmino, que ganó cincuenta
mil pesos apostando a tu favor, te regaló la plata para que comparas tu primer
casco. Y tu, en compensación, desde ese día lo llamas padrino.

Ese fue el comienzo de todo, Nairo. Así fue
como tu nombre, que tu papá dice fue una iluminación en la pila del bautizo, se
fue haciendo mito entre las montañas boyacenses. Así fue como los alcaldes de
Cómbita y Arcabuco al fin te dieron el patrocinio para que compraras una
bicicleta decente, así fue como llegaste a tu primer club, Ediciones Mar, donde
por primera vez te llamaron capo. De ahí vienes, campeón, esos son los
pedalazos que has dado. Gracias a ese sacrificio al fin te dicen así, campeón,
como tantas veces soñaste. Gracias a ese esfuerzo, el Presidente se ha
comprometido a buscar la manera de darle una casa a tus papás y construir un
centro de alto rendimiento para los deportistas de tu tierra. Gracias a ti,
este país atribulado por la guerra ha vuelto a recordar que del campo pueden
brotar otras cosas que no sean confrontaciones. Y yo, en nombre de muchos,
también quería agradecerte por todo eso. Esa es otra de las razones por las
cuales te escribo Nairo, no importa que a ti, no te guste leer.
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Author: Miguel Cordoba

1 thought on “Carta a Nairo

  1. Es real, es humano, es un Colombiano que deja nuestra bandera en lo más alto del podio en el viejo mundo, no olvida sus raíces ni su gente y lo mas importante de todo es que ha su memoria no le afecta sus grandes logros; es grande, pues eso lo hace notar aun más ante los mas temerarios, que gran historia, que bonita carta, gracias "Nairo" por demostrar que ante las adversidades y vicisitudes de la vida todo es posible cuando existe un sueño y una meta a la que hay que sobrepasar no solo en una sino en varias oportunidades; la perseverancia, constancia y disciplina te ha llevado a donde pocos han llegado….

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