¿Cómo cambiar la cultura del avivato?

Por Julián De
Zubiría Samper*
Tomado de
Tres hechos
aparentemente aislados han llamado la atención de los colombianos
recientemente. Sin embargo, aunque se hayan presentado en espacios y momentos
diferentes, se pueden relacionar porque expresan rasgos de una subcultura
relativamente común: la cultura del vivo o del atajo
.

El primero
sucedió a comienzos de año en la ciudad de Barranquilla, en el reconocido
Colegio Marymount. En la preparación que hacían para la presentación de las
pruebas de Estado de sus estudiantes de grado once, sucedió algo insólito:
aunque se trataba de una simulación, el profesor de la entidad externa
contratada vendió las respuestas, por lo que algunos de los jóvenes obtuvieron
resultados extraordinarios. Eso generó suspicacias entre las directivas y la
entidad contratada para acompañar el proceso. Las directivas del colegio
intentaron indagar por los responsables, pero ninguno de los estudiantes reveló
los nombres. El colegio quiso llamar la atención de padres y estudiantes y
decidió hacer una ceremonia de grado discreta como medida formativa. Los padres
quisieron pasar por alto el fraude de sus hijos y recurrieron a acciones
legales para exigir ceremonia y fiesta. El colegio decidió entregar los
diplomas por “ventanilla”. Hay que felicitar a las directivas y cuestionar
seriamente la actitud ética que subyace en los padres de familia entutelantes
,
pues obraron como si una ceremonia y una fiesta fueran derechos inviolables y
protegidos por la Constitución. De paso, hay que indagar cómo pudo un juzgado
avalar sus absurdas pretensiones.
El segundo caso
sucedió hace unas semanas en la Universidad del Magdalena en Santa Marta. Las
directivas de la institución sospecharon de un posible fraude en los exámenes
de admisión y pusieron toda la información disponible en conocimiento de las
autoridades. Efectivamente, un grupo de estudiantes de prestigiosas
universidades privadas con excelente balance en las pruebas de Estado en años
anteriores, intentó suplantar a jóvenes que querían ingresar a la facultad de
medicina. Para lograrlo, sus padres de familia habrían pagado hasta 25 millones
de pesos con el fin de que sus hijos ingresaran fraudulentamente a la
reconocida universidad pública de la costa atlántica. Nuevamente, es un grupo
de padres el que recurre al fraude, intentando beneficiar a sus hijos. Este
caso muestra algo especialmente grave, y es que el Estado no garantiza el
derecho a la educación en Colombia y, ante esta situación, las familias llegan
a delinquir buscando resultados que sus hijos no alcanzarían con la educación
pública que se les brinda
. Para el quintil socioeconómico 1, tan solo el 10% de
los jóvenes alcanzan educación superior. Una realidad cruda y triste que
muestra el contexto en el que se presenta el delito.
El tercer caso
es el más reciente y conocido, ya que inundó las redes una vez culminó el
primer partido de Colombia en el mundial, ante Japón. Dos videos se
viralizaron. En el primero, un colombiano violenta psicológicamente y humilla a
dos jóvenes japonesas, quienes –sin comprender el idioma– terminan diciendo
ante las cámaras que son “perras” y “putas”. En el segundo, un grupo de jóvenes
mayores se reivindica como “muy vivo” por haber ingresado ilegalmente licor al
estadio
. Ambos videos fueron divulgados por los propios infractores, quienes
consideraron un acto de “astucia” evadir las leyes, hacer fraude, humillar y
burlarse de jóvenes que no entienden nuestro idioma.
Los tres hechos
están más relacionados de lo que creemos. Se trata de la “subcultura del vivo”
y “del atajo”, que tanto daño ha hecho a la sociedad colombiana
. En el fondo,
es la misma que subyace al empresario que paga sobornos para conseguir
contratos; la que lleva a sectores de la clase política a robarse el dinero de
todos los colombianos; la que hace que efectivamente lleguemos a creer que el
mundo es de los “vivos”. Esta subcultura también ha llevado a creer que está
bien que los políticos roben, “siempre y cuando hagan algunas obras”. Aunque
parezca muy distante, también se expresa cuando algunas personas declaran al
ver un muerto en la calle, que “quien sabe en qué andaba” o o que eran “buenos
muertos”, ya que murieron en su ley. Una cultura que –como en las mafias–
llama “capo” a un extraordinairo ciclista, por estar entre los mejores del
mundo. Es una subcultura que ha impactado profundamente la estructura ética de
una parte importante de la sociedad. Estamos ante una subcultura hábilmente
impulsada por un sector de la clase política que se nutre de la bajísima
calidad de la educación que reciben los jóvenes. Sus responsables más claros y
directos, hoy por hoy, son algunos miembros de la clase política que siembran
odio y desesperanza, como si fueran nuevas minas “quiebrapatas” de la
estructura ética de la sociedad. Sus prácticas maquiavélicas han terminado por
destruir el tejido social.
No son casos
aislados. Por eso observamos a diario personas que se cuelan en las filas,
sobornan la policía para evadir multas, depositan sus dineros en pirámides para
multiplicarlos en pocos días o  aquellos
que evaden impuestos y, al hacerlo, se roban parte de la salud y la educación
de los niños colombianos. Todos ellos se sienten más “vivos” que los demás.
Evidentemente, la mayoría de los colombianos no comparte estas prácticas, pero
el fenómeno está más generalizado de lo que queremos reconocer
. Es lo que
eufemísticamente se autodenomina “malicia indígena”. También se refleja
tristemente en el llamado mandamiento undécimo: “No dar papaya” y en el
mandamiento décimo segundo: “A papaya puesta, papaya partida”.
Esta cultura en
la que “todo vale”, no podrá ser superada en el corto o en el mediano
plazo, ya que ha sido incorporada en las estructuras más profundas de la
sociedad tras décadas de convivencia con el narcotráfico y la guerra
. Diversos
sectores de la población vieron cómo los narcotraficantes adquirieron tierras,
equipos de fútbol, empresas y representación en el Congreso. Fueron los
cómplices silenciosos de sus prácticas y de sus perversos efectos en la
estructura ética de la sociedad.
En los casos
analizados, es ejemplar el comportamiento de las instituciones educativas. Fueron
la rectora del Marymount y el rector de la Universidad del Magdalena quienes
denunciaron el hecho, quienes enfrentaron a los padres de familia y quienes
quisieron convertirlo en un proceso formativo para los jóvenes y sus familias:
¡Felicitaciones a ellos por lo que representan!
La lucha contra
el “avivato” tiene que ser un propósito nacional
. Debe involucrar a la clase
política, los medios de comunicación, las iglesias, los empresarios y las
familias, entre otros. Pero la debemos liderar quienes sabemos modificar las
actitudes y los comportamientos humanos: principalmente los artistas y los
educadores.
Sin embargo, se
equivocan quienes ante los problemas anteriores, suponen que la solución está
en volver a las clases de cívica y de urbanidad.  No entienden que el problema es de la
sociedad y no de los jóvenes o las escuelas. Son políticos y no educadores
quienes plantean estas equivocadas soluciones o educadores que piensan como
políticos tradicionales. No entienden que el problema es mucho más estructural
de lo que suponen y que no están en juego las normas de urbanidad, sino la
estructura ética de la sociedad
. Tremenda confusión creer que son lo mismo
normas y valores. No entienden que la clase política cuando corrompe invita a
la corrupción y que cuando divulga sus mensajes electorales es común que
promueva el odio y la ira. No entienden que vivimos en el segundo país más
desigual de América Latina y que la desigualdad engendra exclusión de los más
pobres y desposeídos, racismo y pérdida de derechos.
¡No necesitamos
clases de urbanidad! Lo que necesitamos es un compromiso de la clase política
contra la corrupción. Lo que necesitamos es un compromiso de los medios masivos
para que nunca más llamen “falso positivo” a un asesinato, para que nunca más
dediquen quince minutos y tres páginas a la “cultura de la silicona”
y tan solo
un minuto al año y media página para hablar de ciencia, educación y cultura. Lo
que necesitamos es un compromiso de los medios masivos de comunicación para que
no hagan creer al pueblo colombiano que cultura son los “chismes” de farándula
y para que les entreguen los micrófonos y los espacios a los artistas, a los
intelectuales, a los jóvenes y a los educadores. Somos nosotros quienes debemos
hablar de cultura y ciencia, y no las reinas de belleza convertidas en
periodistas.
La tarea por
excelencia de la educación es la modificabilidad del ser humano. Precisamente
por eso, la lucha por el cambio cultural la tenemos que liderar los educadores
.
Los políticos tendrán que aprehender de nosotros y no al revés. Ellos son una
de las causas esenciales del problema ético y cultural. Por eso mismo, no serán
quienes lideren su solución.
La tarea
central de la educación es formar mejores ciudadanos. Es fácil de lograr si
mejoramos los presupuestos y si fortalecemos la autonomía y el trabajo con las
familias
. La explicación es sencilla: el problema educativo es fácil de
resolver, pero faltan recursos y voluntad política para lograrlo. Eso es lo que
depende de ustedes. La solución la tenemos nosotros en nuestras manos.
*Director del
Instituto Alberto Merani y consultor en educación de las Naciones Unidas.
Twitter:
@juliandezubiria

Nota original:

https://www.semana.com/educacion/articulo/los-casos-de-compra-de-examenes-en-el-colegio-marymount-y-en-la-unimagdalena/572359

Author: Miguel Cordoba

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