Conteo regresivo

Por Gustavo Montenegro
montenegro.gus@gmail.com

Desde que se sienta hasta que termina de hacer sus tareas en línea pueden pasar de ocho a nueve horas frente al computador. Cada día, a su buzón usuario, llegan entre tres y cuatro actividades de materias diferentes. Mediante guías minuciosamente detalladas, los profesores envían entre las diez de la mañana y las doce del mediodía, los contenidos que Alejandro debe trabajar para cumplir con los deberes escolares. Pienso en los profes. ¿Cuánto tiempo de su día en confinamiento requieren para elaborar cada taller, cada guion, cada ejercicio?

Diseñar la tarea, revisarla, subirla a la plataforma, estar atentos a recibir los trabajos de cada alumno, descargar cada archivo, cotejar que cada estudiante haya cumplido con su deber, informar a través de los grupos de whatsapp, encender las alarmas, medir los tiempos, extender los plazos, luego evaluar, calificar, subir notas. Una cuarentena desde casa y trabajando quizá les esté generando mayor estrés que tener a las chicas y chicos en la dinámica tradicional del mundo presencial. Seguro que hasta extrañan sus alborotos, sus juegos, sus múltiples rostros, sus incontables genios, actitudes y formas de ser. En la distancia de la virtualidad parece que ya no se sabe a quién se está educando, creo yo.

En los últimos cuatro días con Alejandro hemos debatido sobre genética humana, conflicto armado, discriminación social, conspiración científica y poderes políticos ocultos; ya hablamos de Derechos Humanos, evangelio, ciencia ficción; ya hemos ido desde la historia de los medios masivos de comunicación hasta llegar a los inexplicables teoremas geométricos y algebraicos. Desde un sillón miro cómo Alejandro canta a todo pulmón las canciones de su generación, escribe documentos en Word, programa canciones en YouTube, consulta inquietudes con sus amigos a través de todos los chats posibles, colecciona stickers, toma avena, hace consultas a través del teléfono y googlea sin fatigarse.

Ya son cinco días sin escuchar los sonidos de las 5:30 de la mañana. Ya no está la música de las duchas afanadas antes de que lleguen los transportes escolares. En los apartamentos vecinos parece que ahora los desayunos se preparan desde las diez de la mañana y en la mayoría de casos parece que todo se junta con la hora del almuerzo.

Los perros que generalmente permanecen encerrados todo el día comienzan a ladrar más tarde que de costumbre. No he vuelto a ver a los gatos frente a mi ventana. En el momento más inesperado, por acá cerquita, retumba un equipo de sonido que lanza dos o tres canciones que son coreadas a todo pulmón por un vecino que canta con afinación y sabrosura temas salseros que parecen no incomodar a nadie, luego se silencia por completo. A lo lejos una licuadora prepara algún batido, un jugo, una base para alguna salsa. Las ollas a presión ya no pitan como antes. El abrir y cerrar de la puerta principal de la torre perdió el ritmo y la frecuencia de los días normales. En la portería el celador aparece resguardado, tímido, con ganas de ocultarse de todo el mundo y su voz resulta temblorosa cada vez que debe anunciar la llegada de un domicilio.

Los repartidores de comidas y otros despachos dan la espalda, aparecen irreconocibles tras los cascos, los tapabocas y las gafas de sol. Llegan embutidos en sus overoles, sus manos siempre protegidas por guantes azules o negros; apenas saludan, entregan su diligencia y salen huyendo.

Ahora debemos diligenciar un censo de habitantes del conjunto residencial. La señora encargada del aseo común apenas sonríe, se la nota preocupada. Quien despachaba el almuerzo hasta la puerta de la casa ha decidido no correr más riesgos. Comienza una cuenta regresiva que no sabemos si con los días se transformará en un calendario progresivo, en una sumatoria de horas, de meses, en la acumulación de un tiempo que nunca antes habíamos vivido.

Author: Miguel Cordoba

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