El caspe, el árbol que despierta temor en los campos de Sandoná

árbol de caspe, en El Vergel, Sandoná
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En las montañas de Sandoná hay árboles que pasan inadvertidos entre guaduales, cafetales y potreros. Sus hojas verdes y brillantes no llaman demasiado la atención. Parecen una especie más del paisaje andino. Sin embargo, hay uno en particular que desde hace generaciones despierta temor y respeto entre los campesinos: el caspe.

Su nombre circula acompañado de advertencias. Los mayores cuentan que basta rozarlo para que aparezcan ronchas, ardor y una desesperante comezón que obliga a buscar alivio urgente. En varios casos, quienes han sufrido sus efectos han terminado en el Hospital Clarita Santos.

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La primera vez que estuve frente a uno fue en la vereda San Bernardo Guáitara.

Recuerdo que caminábamos por un sendero rodeado de vegetación cuando la persona que me acompañaba señaló un árbol de hojas compuestas y follaje espeso.

—Ese es caspe —me dijo con seguridad.

Hasta entonces yo solo conocía las historias.

Había escuchado relatos de personas que, tras acercarse demasiado o manipularlo sin cuidado, terminaban cubiertas de ronchas, con irritación intensa y picazón extendida por brazos, cuello y rostro.

Aquella vez lo observé con cierta prevención, como quien finalmente pone rostro a un personaje del que tanto ha oído hablar.

La segunda ocasión fue en la vereda Bolívar, cerca de la torre repetidora de televisión.

Iba con el amigo Aquilino García cuando divisamos uno a pocos metros.

Nos detuvimos a mirarlo desde la distancia, casi con respeto ceremonial.

Entonces recordamos una creencia transmitida por nuestros antecesores.

Decían que, para evitar el mal del caspe, había que decirle al árbol el nombre propio y enseguida afirmar que uno también era caspe.

Una especie de contraseña antigua, una manera de engañar al árbol para librarse de su furia.

No sé si funcione.

Pero en los campos de Sandoná esas fórmulas sobreviven como parte del saber popular.

La tercera vez fue en la parte alta del barrio Campo Alegre.

Era un árbol grande, robusto, levantado justo en el lindero de un lote.

Lo observé en silencio.

No hubo advertencias ni historias alrededor.

Solo estaba allí, quieto, como un viejo guardián al que todos conocen y pocos se atreven a desafiar.

La cuarta vez ocurrió el año pasado, en la vereda El Vergel, al norte de Sandoná.

Estábamos conversando cuando la dueña de casa nos ofreció limonada.

Mientras hablábamos del caspe, ella recordó que años atrás había pasado varios días internada en el Hospital Clarita Santos por una reacción severa provocada por ese árbol.

Lo contó con naturalidad, como quien revive una experiencia amarga pero ya superada.

Sus palabras confirmaban que detrás de las leyendas campesinas existe una base real.

El caspe, conocido científicamente como Toxicodendron striatum, es una especie común en los bosques húmedos andinos, entre los 900 y 2.300 metros de altitud, por lo que su presencia en varias veredas de Sandoná resulta natural.

Puede alcanzar hasta veinte metros de altura.

Tiene hojas compuestas, de un verde oscuro brillante, produce pequeños frutos blanquecinos y una savia lechosa capaz de provocar dermatitis severa en personas sensibles.

Ese látex contiene compuestos irritantes que pueden causar inflamación, ampollas y reacciones alérgicas intensas.

Por eso los campesinos recomiendan no cortarlo ni manipularlo sin protección.

Aunque en ocasiones ha sido usado para cercas o madera rústica, no es precisamente un árbol apreciado.

Su fama lo precede.

Y quizá por eso, cada vez que aparece entre la vegetación de las montañas sandoneñas, impone una mezcla extraña de curiosidad y cautela.

A simple vista parece un árbol cualquiera.

Pero quienes conocen el campo saben que no conviene confiarse.

Porque en Sandoná, cuando alguien pronuncia la palabra caspe, todos entienden que no se trata solo de un árbol.

Se habla de una presencia que durante generaciones ha tejido historias de miedo, respeto y memoria campesina.

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Author: Admin

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