El cordón que sacude los cielos de Nariño

Cordonazo de San Francisco de Asís
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El cielo sobre la cordillera andina no miente. Cuando los primeros días de octubre asoman entre las montañas de Nariño, el aire cambia de aliento. La brisa tibia que durante semanas acarició los cañaduzales y los cafetales va cediendo su lugar a un frío denso, cargado de nubes oscuras que bajan como mantos desde las alturas del Galeras y los cerros tutelares. En la memoria de los abuelos nariñenses hay una certeza incuestionable: San Francisco de Asís ya está preparando su hábito.

Cada 4 de octubre, la fe religiosa y la sabiduría campesina se encuentran en un mismo punto del calendario. No se trata únicamente de conmemorar al “Pobrecillo de Asís”, aquel hombre de Umbría que en el siglo XIII renunció a las riquezas de su linaje para vestir un humilde sayal de lana tosca y llamar hermanos al sol, al agua, a los pájaros y al lobo. En el suroccidente colombiano, la conmemoración tiene su propio sello territorial: el temido y esperado “Cordonazo de San Francisco”.

Dice la tradición oral que en el día de su fiesta, el santo patrón de la ecología se asoma a los balcones del cielo para contemplar la tierra. Al ver que los campos andinos están secos tras los calores del verano, San Francisco desata el cordón de tres nudos que ciñe su cintura —los mismos que simbolizan la pobreza, la castidad y la obediencia— y lo sacude con fuerza en el aire.

El impacto de ese látigo divino sobre las nubes desencadena el primer gran aguacero de la temporada. Es un chubasco repentino, retumbante, muchas veces acompañado por truenos que rebotan de abismo en abismo y gotas gruesas que limpian los tejados de barro y los caminos de herradura. En los municipios de la geografía nariñense, desde las veredas de Sandoná hasta las frías mesetas de Túquerres e Ipiales, la gente mira al cielo, sonríe y sentencia con resignada devoción: “Llegó el cordonazo”.

Más allá del mito campesino, la ciencia explica que este fenómeno coincide de forma precisa con la transición climatológica posterior al equinoccio. Los vientos cargados de humedad que ascienden desde la cuenca del Pacífico chocan de frente con la imponente barrera de la Cordillera de los Andes, dando inicio formal a la segunda temporada de lluvias del año. Pero para el campesino que siembra la tierra, la ciencia y la fe hablan la misma lengua: el agua es vida, y el agua de San Francisco bendice los surcos.

San Francisco de Asís no solo dejó una orden religiosa o un legado de humildad; en las tierras del sur de Colombia dejó una marca en el tiempo. Su figura nos recuerda que la naturaleza tiene sus propios ritmos y que, año tras año, basta un sacudón de su cordón para que la tierra nariñense renueve su verdor bajo la lluvia sagrada de octubre.

Con investigación de Gemini


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Author: Admin

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