
Hay fechas que se quedan grabadas en el alma de las familias como un eco eterno. Este jueves 25 de junio de 2026 se cumplen exactamente 45 años desde que mi madre, Luz María Cajigas Fajardo, cerró sus ojos para siempre en una noche de 1981. Cuatro décadas y media después, su recuerdo sigue tan vivo como el paisaje de la vereda Alto Ingenio, en Sandoná, el lugar donde tejió su historia al lado de mi padre, Félix Córdoba Benavides, y donde sembró el futuro de sus ocho hijos.
La historia de mi madre comenzó en 1918. Nació en el hogar de Rufino Cajigas Gómez e Higinia Fajardo Bastidas, siendo la penúltima de una numerosa dinastía de doce hermanos. Creció en una época de dinámicas familiares estrictas, donde el honor y el apellido pesaban de forma definitiva. De hecho, a Luz María le tocó vivir y superar una de las grandes fracturas de su hogar: en los años 20, su hermano Javier viajó a estudiar a Bogotá y tomó la radical decisión de cambiarse el apellido de Cajigas a Cajiao. Para la mayoría de los hermanos, aquello fue una afrenta imperdonable. Pero el corazón de mi madre era distinto; albergaba una nobleza superior. A mediados de los años 60, Javier regresó por única vez de la capital. Fue ella quien abrió las puertas de su casa para recibirlo en medio de un llanto profundo, demostrando que para ella los lazos de sangre estaban por encima del orgullo.
🎥 Suscríbete a nuestro canal de YouTube
👉 Informativo del Guaico en YouTube
✅ No te pierdas videos con la actualidad de Sandoná, Nariño y Colombia.
En el mes de octubre de 1942, pocos meses después de que su hermana menor y eterna compañera se casara con el señor Jeremías Vallejos, Luz María unió su vida en matrimonio con Félix Córdoba Benavides. Juntos construyeron una casa de tapias a escasos metros de los abuelos maternos en el Alto Ingenio. En ese hogar, a lo largo de dos décadas, fuimos llegando al mundo ocho hermanos: Agustín, Hernando, Dolores, Mercedes, Isabel, Silvia, Miguel y Socorro.
El sudor del trabajo y el milagro de la vida
Mantener a flote una familia de diez personas en la ruralidad de aquellos años exigía una entrega sobrehumana. Mi madre aprendió desde muy joven el oficio artesanal de elaborar quesos, un producto que se convirtió en el motor económico del hogar. Los miércoles y sábados, en jornadas verdaderamente agobiantes, cargaba el producto en una olla desde la casa bajando por un camino difícil y escarpado hasta El Ingenio. Allí tomaba un carro hacia el sector urbano de Sandoná para venderlos, regresando por la tarde con “la remesa”, lo que hoy conocemos simplemente como “el mercado”.
Pero el camino no estuvo exento de pruebas extremas. Al nacer mi hermana Silvia, mi madre cayó gravemente enferma. Durante un mes entero se debatió entre la vida y la muerte. Agustín, el mayor de nosotros, recordaba cómo el doctor Walberto Fidel Saénz, quien ejercía en La Florida, se convirtió en un ángel guardián: se trasladó y se quedó una semana entera en nuestra casa cuidándola hasta que la declaró fuera de peligro. Gracias a ese milagro médico, la familia pudo completarse al llegar los últimos dos hermanos al iniciar la década de los 60.
“Recuerde mijo, usted es inteligente”
A pesar de las vicisitudes y de los hechos que marcaron a los Cajigas Fajardo, mi madre tenía una visión clara sobre el futuro. Se empecinó firmemente en que yo debía estudiar. Con un amor infinito y una paciencia inquebrantable, se encargó de sembrar en mi mente la seguridad que a veces a uno le falta en la juventud. Cada cierto tiempo, mirándome a los ojos, me repetía su frase célebre: “Recuerde mijo que usted es inteligente”. Esas palabras se convirtieron en mi mayor escudo y en el motor de mis capacidades.
La modernidad tardó en llegar a nuestra vereda. Mi madre apenas alcanzó a disfrutar por unos pocos meses de los servicios que hoy nos parecen básicos: la carretera de acceso construida en 1975, y la energía eléctrica y el acueducto que llegaron a finales de 1980.
Lamentablemente, los golpes de los caminos también pasaron factura. A mediados de agosto de 1976, sobrevivió a un aparatoso accidente en un carro escalera (chiva) que se regresó del sector del “Corte” de la vereda Bohórquez, frente a la casa de don Marquelio Vallejos y luego se volcó. Tras pasar varios días recuperándose de un golpe en la pierna en el Hospital Clarita Santos de Sandoná, la vida le dio otro aviso cuatro años después, en agosto de 1980, al sufrir un nuevo susto en otro bus escalera un poco más arriba del puente de acceso a la vereda. El impacto emocional y físico de estos eventos minó su salud y desencadenó, al poco tiempo, un “derrame cerebral” que marcó el inicio del final.
Un recuerdo que no se apaga
Luz María falleció la noche del jueves 25 de junio de 1981. Su velación unió a la comunidad el día viernes y el sábado recibió el último adiós en el templo del Sagrado Corazón de Jesús de El Ingenio, lugar donde hoy reposan sus restos en el parque cementerio.
A 45 años de su partida, el tiempo no ha borrado su huella. Hoy, sus hijos, nietos y familiares nos unimos no para llorar su ausencia, sino para celebrar su existencia. Le agradecemos eternamente sus enseñanzas de trabajo inalcanzable, su disciplina de hierro, su dedicación y, de manera muy personal, el haberme enseñado a creer en mí mismo cuando el mundo parecía más grande.
Para Luz María Cajigas Fajardo, el descanso eterno; para nosotros, su memoria como una guía inquebrantable.
📢 Síguenos para más información:
👉 Haz clic para seguirnos en Facebook
👉 Únete a nuestro Canal de WhatsApp
✅ No te pierdas las noticias de Nariño y Colombia.












