La paz negativa

Por: John
Rodríguez Saavedra
@johnrodriguezs
Hay que ser
cautos, y sensatos. Seguro que a muchos colombianos nos alegra y nos emociona
la firma del acuerdo final entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las
Farc, pero no cantemos el himno todavía
. Y si algunos ya lo pusieron a sonar a
volumen 80, que le pongan pausa, que se tomen un café, y piensen seriamente en
guardar garganta para después, o para nunca. Lo que nos toque. El hecho de que
un grupo que estuvo alzado en armas durante un poco más de 50 años se haya
sentado a negociar sobre su regreso a la vida civil, y que haya logrado
desistir de seguir en la lucha armada, es un avance importante, sin
precedentes, incluso emocionante, pero que se hable de que por eso llegó la paz
a Colombia es un delirio.

Para empezar,
la paz no puede echarse al bolsillo como un abstracto, porque no sólo nos
infecta los pantalones, sino que puede suceder que se nos pase a la piel y nos
pudra todo el cuerpo. O, de otra forma: la paz, como un abstracto, tiene tantas
definiciones como sujetos hay en una sociedad y significará lo que cada uno
quiera que signifique desde sus esperanzas y sus perspectivas. Y, aunque sea una obviedad, lo uso para el
ejemplo: no es lo mismo la paz desde la percepción del presidente de la
República, que desde la de un panadero, o de un filósofo, o de un empleado de
una oficina de mensajería. Por eso, en estos momentos de efervescencia y calor,
hay que quitarle a la paz la bolsita de papel regalo, y empezar a verla desde
lo concreto
Johan Galtung,
el sociólogo y matemático noruego, investigador de la paz en contextos de
violencia y de resolución de conflictos, nos propone el concepto de la paz
negativa, y nos lo pone en la mesa para que lo usemos como punto de partida,
para que lo incluyamos como una lupa en la lectura que hacemos sobre de lo que
está pasando hoy en Colombia. Para Galtung, la paz negativa, que hace
referencia puntualmente a la ausencia de violencia directa (cuando una persona,
o un grupo de personas ataca a otros), no fue suficiente para poder hablar y
entender a la paz de una manera amplia
, y le fue necesario detenerse para
incluir más variables en el análisis.
Por eso, además
de la violencia directa, había que incluirle a la receta la violencia
estructural, esa que forma parte de la misma estructura social y que debe
meterse en la ecuación para no caer en parcialidades políticas, e incluso, en
la pérdida del carácter profundo del análisis
. Así lo dice Galtung, y gracias a
eso, poco a poco se fue complejizando la visión de la paz y la violencia, y se
empezaron a considerar otros aspectos, como por ejemplo, la auto-realización de
las personas en contextos de violencia, es decir, personas con acceso a una
vida mínimamente humana que implique alimentación, salud, educación y trabajo,
entre otras cosas.
Lo que está
pasando con las celebraciones sobre la paz en el país tipo partido de fútbol,
es preocupante, y preocupa justamente porque quienes levantan las banderas
tricolores en señal triunfo, no han sido capaces de verla más allá del
abstracto y no han entendido que aunque la paz negativa (ausencia de violencia
directa) que se va a lograr en negociación con las Farc, salga del escenario de
la guerra en el país, la violencia estructural sigue, y por lo que puede verse,
seguirá imperando todavía por mucho tiempo
.
El desempleo
aumentó en junio de este año y alcanzó la cifra no menor del 8.9%. La Policía
Nacional está plagada de corruptos. Miembros del ejército siguen recibiendo
condenas por ejecuciones extrajudiciales. Los campesinos e indígenas siguen
padeciendo violencias y expulsiones de sus tierras. Los niños en La Guajira
continúan muriéndose de hambre
. El alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, no ha
resuelto el problema de la demanda por mentir sobre sus títulos académicos, y
como no es la exministra alemana Annette Schavan, no dimite y sigue en su cargo
como si no hubiera pasado nada. La minería ilegal no ha cesado de acabar con
las reservas naturales. El magistrado de la Corte Constitucional, Jorge
Pretelt, ha sido suspendido por el Congreso y llevado a juicio ante la Corte Suprema
de Justicia por supuestamente haber pedido coimas a cambio de influir en sus
compañeros del alto tribunal en un fallo contra la empresa Fidupetrol. Eso, por
nombrar sólo algunas cosas.
Ahí está la
violencia estructural, y en soluciones a esas problemáticas, ni esperanza. La
corrupción, la impunidad, el aumento de las desigualdades, la falta de
políticas serias por parte del gobierno nacional para salir de esos abismos,
han echado raíces tan fuertes en Colombia que es muy difícil que puedan
abolirse
. Por eso, a medirse en las celebraciones. No podemos seguir hundidos
en una esquizofrenia tan grande como la de Luis, el enamorado, que por dos
invitaciones que le aceptó María, empezó a preparar la boda, sin que María lo
sepa.

* Esta columna de opinión fue publicado en La Diaria de Montevideo, durante esta semana.

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Author: Miguel Cordoba

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