“Las mujeres…” de Gardeazábal

Desde Nod
Por Alejandro García Gómez
“Quienes me han rodeado a lo largo de esta
prolongada existencia saben que las mujeres no han sido ni mi norte ni mi
desvelo”
, dice Gardeazábal en las primeras líneas de “Las mujeres de la
muerte”, en una reedición, o mejor edición de sus Obras Completas, tomo II,
organizada, al parecer, por él mismo con don Hernando Escobar, que ni recordará
que transportó a este servidor en su viejo R4 el 23 de junio de 2000, luego de
una visita, desde el reclusorio donde se encontraba el escritor -la escuela de
Policía de Tuluá- hasta la residencia donde me había alojado. El tomo I fue “El
prisionero de la esperanza”.
De la misma manera como en Cóndores no
entierran todos los días -su máxima novela, vigorosa metáfora del poder y la
muerte entre nosotros- en Las mujeres… construye la actual historia de Colombia
a partir de los chismes de Tuluá, iguales a los de cualquier parte
. A veces se
acerca más a la radiografía de la violencia colombiana que se da como
consecuencia de la manipulación del odio en búsqueda del manejo del poder como
en sus Cuentos del Parque Boyacá -origen de Cóndores- y a veces se hace más de
lado del apunte aparentemente anecdótico que desenmascara el tinte puritano e
hipócrita de nuestra sociedad colombiana, o la tulueña, al estilo del
Decamerón, con la diferencia de que en Las mujeres…, los relatos siempre
terminan en la muerte sangrienta del protagonista -generalmente del ponedor de
los cuernos a manos del cachón- a excepción de aquel en el que el antihéroe es
Asprilla, el controvertido futbolista.
Como dije, todos los relatos de Las mujeres…
son violentos, pero el más terrible y a mi modo de ver el más bello por el
balance entre lo macabro y lo tierno es “Gloria Lucía”
. Va comparando la
violencia de mitad del s. XX, que la ejercieron los “pájaros” conservadores
apoyados por los gobiernos godos de entonces contra la población civil de
origen liberal, con la que hoy hacen los paras (con indiferencia o complicidad
de autoridades) y la guerrilla (entre el temor de las mismas autoridades)
contra la población civil actual, que vive dentro del sánduche y que debe
saludarse con unos y otros, hacer favores o prestar servicios a unos y otros,
con el temor de que ese saludo, esos favores o servicios se conviertan en su
pasaporte a un fusilamiento con los unos o a una destazada con motosierra con
los otros, o el no hacerlos, también.
Algunos de quienes escuchamos La Luciérnaga,
de Caracol radio, y hemos seguido su trayectoria, hemos notado una
transformación del escritor, si comparamos sus posturas de hoy con las de su
arriscada independencia de ayer. Para algunos se volvió de una atosigante
extrema derecha
. En La Luciérnaga nadie es de izquierda y, aún así, varias
veces sus comentarios los controvierte hasta su director, Hernán Peláez, el más
al centro. Claro, dicen, Gardeazábal nunca fue de izquierda; pero quienes lo
conocimos de antes podemos decir que tampoco fue de derecha, así con el origen
de su cuna y todo
. Ha sido sólo un infant terrible, un contestatario de
derecha, agregan otros. ¿Qué llevó a cambiar al escritor? ¿Qué ocurrió en
aquellos meses de 1999, cuando debió huir y esconderse de la furia samperista
del Mingobierno Horacio Serpa, en razón de que no quiso ayudar al samperismo a
ganar las elecciones a la alcaldía de Cali y, con integrantes de un cartel de
narcotraficantes, se armó tremendo buque en que cayó ingenuamente por la venta
de una escultura a la mujer de uno de los mafiosos?¿Son esos tiempos, o mejor,
las personas que estuvieron de su lado, los que lo acogieron, en esos días de
ilustre fugitivo los responsables del actual y quizá definitivo viraje del
escritor? De su lealtad de amigo, doy fe. ¿Otra novela, la propia?
Nota de concurso.- Del taller de escritores de
la Universidad Central, Bogotá, (TEUC): premió “El hombre que imagina” (novela
corta, 2011) de Germán Gaviria y lanza “El pinta monstruos de mar y otros
cuentos”, colectivo de egresados TEUC. 29.IV.12

Author: Miguel Cordoba

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