
Por Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com
Insisto, hay lugares que no solo se habitan: también se llevan para siempre en el corazón. Linares, en el occidente del departamento de Nariño, es uno de ellos. Para mí no es únicamente un punto del mapa colombiano. Es el lugar donde se encuentran buena parte de mis raíces familiares, de mis recuerdos de infancia y de mis afectos más profundos.
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Allí nació mi madre, Lucía Acosta de Obando, una mujer que también tuvo el honor de ejercer la Alcaldía de este municipio, dejando un recuerdo imborrable entre sus habitantes por su compromiso, su cercanía con la comunidad y su permanente vocación de servicio. Su amor por Linares terminó siendo también el nuestro.
Hablar de Linares es hablar de una tierra generosa. Es un municipio cafetero por excelencia, productor de caña panelera, frutas y una inmensa variedad de productos agrícolas que hablan de la fertilidad de sus montañas. Pero, sobre todo, es hablar de una comunidad trabajadora, inteligente, emprendedora y forjadora de su propio destino. Su gente ha sabido enfrentar las dificultades con dignidad y con una admirable capacidad de trabajo.
Desde niño recuerdo a Linares como uno de los lugares más hermosos que he conocido. Permanecen vivos en mi memoria aquellos viajes interminables que iniciaban en Pasto y continuaban por una carretera destapada, polvorienta y llena de dificultades. El único medio de transporte eran las tradicionales chivas, que recorrían durante seis o siete horas caminos difíciles hasta llegar al casco urbano.
A pesar del cansancio, todo quedaba recompensado por la belleza del paisaje. Recuerdo especialmente el recorrido entre Linares, La Arboleda y San Francisco, donde parecía que la naturaleza ofrecía uno de sus mejores espectáculos. Mariposas de todos los colores, aves de extraordinaria belleza, montañas cubiertas de vegetación y un clima privilegiado hacían de ese trayecto una experiencia inolvidable. También permanecen en mi memoria aquellos viejos trapiches paneleros donde el aroma de la panela recién elaborada acompañaba largas tardes de infancia mientras contemplábamos el esfuerzo silencioso de los campesinos.
Entre los recuerdos más entrañables de mi infancia permanece la inmensa tienda de mi abuela Inés y de papá Artemio, como cariñosamente lo llamábamos todos. Ubicada en pleno corazón de Linares, muy cerca del parque principal y de la iglesia, era mucho más que un establecimiento comercial: era un verdadero punto de encuentro para todo el municipio. Allí parecía encontrarse de todo, desde un sencillo clavo para herradura hasta herramientas, semillas, implementos e insumos para las labores del campo. Pero lo más valioso no estaba en sus estanterías, sino en las interminables conversaciones que allí nacían cada día. Campesinos, comerciantes, arrieros, autoridades, viajeros y vecinos compartían noticias, anécdotas y sueños, convirtiendo aquella tienda en una especie de plaza pública donde se respiraba el alma misma de Linares.
Frente a ese lugar que marcó buena parte de mi niñez también quedaron grabadas escenas que hoy pertenecen a la memoria colectiva de toda una generación. Recuerdo la emoción que despertaba la llegada de los viejos jeeps anunciando las películas que se proyectaban en las instalaciones de la Alcaldía Municipal. Desde las veredas descendían familias enteras para vivir la magia del cine, y los aplausos acompañaban las inolvidables aventuras del Santo, aquel héroe enmascarado que llenaba de fantasía las noches linarenses. Eran tiempos sencillos, de puertas abiertas, de vecinos que se conocían por su nombre y de una comunidad que encontraba en esos pequeños acontecimientos motivos suficientes para reunirse y celebrar la vida. Son recuerdos imborrables que el paso de los años no ha logrado borrar y que hoy regresan con la misma emoción con la que permanece vivo el amor por esta entrañable tierra nariñense.
Otra de las grandes riquezas que durante décadas distinguió a Linares fue el trabajo artesanal de la paja toquilla, una tradición que convirtió a este municipio en referente de paciencia, creatividad y extraordinaria habilidad manual. Detrás de cada sombrero existían largas jornadas de dedicación, en las que las manos expertas de las mujeres linarenses transformaban las delicadas fibras de la palma en auténticas obras de arte. Bastaban una piedra para suavizar las fibras, una buena dosis de paciencia y un talento heredado de generación en generación para dar vida a piezas de admirable calidad que, con el tiempo, terminarían luciéndose en mercados nacionales e internacionales bajo prestigiosas marcas, aunque muy pocos conocieran que su verdadero origen estaba en los patios y corredores de las humildes viviendas de Linares.
Aún permanece en la memoria aquella hermosa estampa de las tardes linarenses. Varias mujeres se reunían en los amplios patios de sus casas; mientras compartían historias familiares, comentaban las noticias del pueblo o simplemente reían entre vecinas, sus manos no dejaban de entrelazar con sorprendente destreza las finas hebras de paja toquilla. Cada conversación avanzaba al mismo ritmo que el tejido, hasta que poco a poco aparecía un elegante sombrero, fruto del esfuerzo silencioso de mujeres laboriosas cuya destreza pocas veces recibió el reconocimiento que merecía. Aquellas artesanas no solo tejían sombreros; tejían también una parte fundamental de la identidad cultural, económica y social de Linares, dejando un legado que merece ser preservado como uno de los mayores orgullos de esta entrañable tierra nariñense.
Han transcurrido muchos años desde entonces, pero hay una realidad que duele reconocer: las condiciones de comunicación con el municipio no han cambiado en la proporción que su desarrollo lo exige. La carretera continúa siendo una deuda histórica con Linares. El aislamiento ha limitado durante décadas las enormes posibilidades económicas de una región que posee todo para convertirse en un importante polo de desarrollo agrícola y agroindustrial. El abandono ha sido largo. Demasiado largo.
Sin embargo, hoy el dolor es aún mayor. Linares ha dejado de aparecer en los medios por la riqueza de sus paisajes o por la calidad de su café. Su nombre ocupa titulares debido al recrudecimiento del orden público, a los hostigamientos de grupos armados ilegales, a los desplazamientos forzados, al miedo permanente de sus habitantes y a la pérdida de vidas humanas.
Las noticias aparecen durante unos minutos y luego desaparecen. La tragedia, en cambio, permanece. Las familias continúan enfrentando la incertidumbre, mientras el silencio oficial parece convertirse en otra forma de abandono.
Resulta imposible no preguntarse cuántas de estas circunstancias habrían podido evitarse si durante décadas el Estado hubiera llegado con mayor decisión, no solamente con presencia militar cuando estalla la violencia, sino con carreteras, inversión social, educación, salud, oportunidades y apoyo decidido a quienes producen la riqueza del campo.
Linares no merece ser conocido únicamente por las noticias relacionadas con la guerra. Merece ser reconocido por la nobleza de su gente, por la calidad de sus productos, por sus montañas, por sus cafetales, por sus trapiches, por sus frutas y por ese inmenso potencial económico que aún espera una verdadera oportunidad para desarrollarse.
Ojalá los dirigentes de Nariño vuelvan la mirada hacia este municipio y hacia tantos otros que durante décadas han permanecido esperando decisiones que nunca llegan. Que la integración vial deje de ser una promesa repetida en campañas políticas y se convierta finalmente en una realidad. Que la riqueza de esta región sea puesta al servicio de sus propios habitantes y no continúe perdiéndose entre el abandono y la indiferencia.
Hoy solo queda expresar nuestra solidaridad con el pueblo linarense. Con quienes resisten, trabajan y sueñan a pesar de las dificultades. Con quienes siguen creyendo que algún día la paz reemplazará el sonido de las armas y que el progreso llegará por los caminos que durante tanto tiempo les han sido negados.
Linares merece volver a ser noticia por la grandeza de su gente y no por el dolor de su tragedia. Merece que el país descubra nuevamente esa tierra hermosa que muchos llevamos para siempre en el alma.
Este espacio de opinión está abierto a columnistas, blogueros, comunidades y otros autores. Las ideas expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan la posición ni la línea editorial del Informativo del Guaico.
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