Pánico y muerte en el Guáitara

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Por Ramiro García
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Parte 2

“Cuando la noche está más oscura, es porque verás una hermosa y radiante mañana”.

Esa reconfortante frase no concuerda con lo ocurrido aquel trágico amanecer de fines de noviembre de 1962.

Noé Ortega, el caballero que viajaba al lado del conductor hasta que cedió su puesto a otra pasajera, una vez en tierra firme y luego del brusco descenso de la chiva, se levantó sin un solo rasguño en su cuerpo. Atribulado, fue a observar cómo la silueta de aquel pesado bólido se alejaba del talud con dirección a la escarpada falda que separa la vía con el caudaloso Guáitara.

Irrumpió en la penumbra la tenebrosa combinación de lamentos, cuerpos expulsados como objetos sangrantes, bultos y cajas de mercancías dando tumbos, hierros retorcidos cubiertos de lodo y llantas rodando hacia el río. Esa macabra escena presenciada en segundos por Noé, quedaría almacenada en su memoria hasta el resto de sus días.

Al primer gran impacto la carrocería quedó separada del chasis, elemento que cayó al río, luego arrastrado por la furiosa corriente unos veinte metros, hasta quedar atascado entre grandes rocas.

Javier Moncayo, sobreviviente de la tragedia, narra que él y tres viajeros más se aferraron a la parrilla del vehículo, y aunque recibieron fuertes impactos en su cuerpo, lograron mantenerse a salvo. Primero agarraron a doña Maximina, quien resbalaba hacia el río. Auxiliaron a otros heridos más cercanos, también rescataron una bebé que ensangrentada se adhería con fuerza al cadáver de su madre.

Recuerda, además, que lograron extraer de la arruinada carrocería una niña de escasos nueve años, a quien su madre y hermana, también siniestradas, la buscaban angustiadas.

En fin, describir cada detalle de cuanto ocurrió aquella fatídica alba rayaría en la morbosidad.

Casi treinta minutos después del accidente llegó apoyo de autoridades de Ancuya y Sandoná. Continuó la labor de auxiliar heridos y subir en andas a los fallecidos. La prestación del servicio de atención a pacientes del siniestro se realizó en centros de salud y hospitales de las dos poblaciones vecinas, pese a limitaciones en infraestructura física y recursos sanitarios.

El fatal balance, según información suministrada por algunos sobrevivientes del desastre de La Fátima, indica que cobró la vida de veinticuatro personas. Los viajeros sobrevivientes fueron doce.

Quince días después del siniestro fueron recuperados cuatro restos de cadáveres a muchos kilómetros río abajo del lugar del accidente.

Aquella sentencia de que a cada borrachito inofensivo lo cuida un ángel se confirmó en el señor Chicaíza, quien, atolondrado por la embriaguez, se levantó a escasos metros de la orilla del tenebroso y acaudalado río. Herido, cubierto de sangre y lodo espeso, con caminar lento y vacilante gritaba a viva voz: “Viva RRRushia, hp”.

Ante semejante e inesperada demanda de cajas mortuorias, los señores Aldemar Medina y Francisco Segovia, ambos proveedores de ataúdes, no dieron abasto. Los dolientes tuvieron que adquirirlos en Pasto.

Se afirma que las honras fúnebres y exequias fueron colectivas.

Quienes recuerdan la época de aquella funesta adversidad emiten sus apreciaciones sobre factores de la incidencia: Presunta impericia del joven conductor, período lluvioso, falla mecánica, presunción de excesivo peso; también la incierta fatalidad.

En cualquier caso, aquella fue la mayor tragedia ocurrida en un accidente de tránsito que dejó muchos huérfanos, viudas y lisiados física y mentalmente.

Muchos años después, el 23 de junio de 1991, el periodista Edison Parra Garzón, del diario El Derecho, registraba una alarmante noticia: un investigador sanitario de Ipiales había descubierto que la principal causa de muertes ocurridas a lo largo del curso del río Guáitara era su alta contaminación con bacterias del cólera.

Este río ha sido vinculado varias veces con calamidades. A la fecha, es depositario de enormes cantidades de residuos de pesticidas utilizados en la agricultura comercial y en la producción de cultivos ilícitos que se multiplican en la región.

Septiembre 10 de 2022.

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Author: Miguel Cordoba

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