Pánico y muerte en el Guáitara

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Parte 1

La estratégica localización geográfica de Sandoná ha facilitado la importante dinámica comercial intrarregional; pues comparte linderos con los municipios de Linares, Ancuya, El Tambo, La Florida y Consacá.

Particularmente, desde el 20 de septiembre de 1929 cuando se inauguró el puente sobre el río Guáitara, llamado San Antonio,  ese intercambio regional cobró mayor impulso entre las poblaciones beneficiarias directas de esa infraestructura. Con el devenir del tiempo, el incipiente mejoramiento de la malla vial permitió mayor incremento de ese flujo comercial consistente en el intercambio de bienes y servicios.

En ese contexto, y con mayor especificidad sobre el tema, durante la década de los sesenta el servicio de transporte de pasajeros y carga entre Ancuya y Sandoná tuvo una periodicidad semanal. Entre otros vehículos, la movilidad de pasajeros se realizaba en la “chiva” La Fátima, de propiedad de don Jorge Chamorro, y en un camión de don Tobías Chamorro se transportaba la carga pesada.

Don Jorge, cuyos rasgos físicos podrían confundirse con los de un sacerdote retirado, era un hombre bonachón, muy cordial y laborioso, con amplia experticia en la conducción de vehículos. Seguramente, uno de los más diestros y confiables del poblado.

Debido a su etapa de convalecencia por una crisis sanitaria,  tuvo que buscar un sustituto que lo reemplazara temporalmente en el oficio. El personaje seleccionado fue Franco Suárez, un joven novato en esa actividad, pero con enormes deseos de superación y calificación en esa profesión apetecida por colegas de su edad.

Aquella madrugada dominical del  25 de noviembre de 1962, para Franco era la tercera vez que timoneaba La Fátima en ese traumático recorrido.

Era una alborada fría, muy oscura, invadida por una densa neblina y  pertinaz llovizna que presagiaban un viaje incómodo, por decir lo menos. Recogió  La Fátima a eso de las cuatro de la mañana e inició el recorrido rutinario de recolección de pasajeros cuyo propósito del viaje era la compra-venta de mercancías, sombreros, alimentos, vestuario y demás misceláneas que constituían el intercambio comercial con la población hermana de Ancuya. En doble vía.

En lo que hoy son los barrios Obrero, Comercio, Belén, San Carlos, San Francisco y Meléndez residían los comerciantes que viajaron en ese vehículo. Un cálculo visual intuía que los ocupantes eran más de treinta pasajeros. Entre ellos, don Alejandro Chicaíza, bohemio y beodo de vieja data, era el  pasajero que discutía consigo mismo sobre la eficacia en el manejo político de la Unión Soviética. Iba ubicado en la última banca, la de los músicos. Un divertido soliloquio.

Al iniciar el trayecto, la llovizna se convirtió en un intenso aguacero que entorpecía la visión de aquella vía en precarias condiciones para el tránsito. Para protegerse de esa fría lluvia, los pasajeros ubicados en lugares opuestos de cada banca desenrollaron unas cortinas de lona ubicadas en la parte superior del vehículo.

Tras eludir cada dificultad y obstáculos en la maltrecha vía, Franco avanzaba a media marcha mientras algunos pasajeros dormitaban el sueño atrasado de la noche anterior. Unos kilómetros más adelante cesó la molesta lluvia.

En el paraje denominado Brisas del Guaitara, Franco detuvo la marcha para  transportar a una señora y su pequeño bebé; lo hizo debido a la manifiesta vulnerabilidad de la escena. Un señor que viajaba sentado a la izquierda del chofer cedió su lugar a la dama, y se reubicó en una especie de repisa que el vehículo disponía en la parte posterior. El lugar estaba destinado al transporte de unas enormes cubetas de hielo envueltas en hojas secas de plátano, y utilizadas para procesar los famosos chupones ancuyanos. El gesto caballeroso y solidario del buen samaritano habría de convertirse en una acción providencial.

Sobre el lodazal resbaladizo, finalmente La Fátima atravesó el puente sobre el Guaitara, un río amenazante, torrentoso y rugiente, que luego de nacer en las faldas del volcán Chiles, inicia un recorrido de cuarenta y cinco kilómetros hasta tributar en el río Patía, cuyo destino final es el Pacífico.

Franco decidió iniciar el inclinado ascenso hacia Ancuya con la caja de cambios en primera velocidad; luego de avanzar pesadamente varios metros, súbitamente falló el engranaje de la caja, se neutralizó y dio inicio al trágico e ineludible retroceso. El conductor realizó la lógica maniobra de arrimar el vehículo al talud para detenerlo, sin lograrlo. Finalmente, el pánico venció cualquier iniciativa para conjurar la situación. Fueron unos instantes espeluznantes.

La fricción de tuercas y tornillos, latas arrugadas y demás partes del vehículo arruinadas por golpes en el talud desconcertó a los atribulados viajeros. El único pasajero que observó desde el exterior la inminente tragedia fue el señor que viajaba en la repisa exterior, quien presa de pánico decidió lanzarse a tierra a mirar con impotencia el comienzo del desastre. Atento a prestar toda ayuda posible.

Septiembre 3 de 2022.

Continuará…

Author: Miguel Cordoba

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