Personajes típicos

Mi ventana
Por Ramiro García
A raíz de las desafortunadas declaraciones en los medios por
parte del saliente  director de la Cárcel de Alta Seguridad La Picota, de Bogotá,  con respecto a los bochornosos hechos de
indisciplina y desparpajo causados por los nada ejemplares primos Nule y
algunos parapolíticos presos en ese centro de reclusión; uno no sabe si morirse
de risa o erizarse ante semejante esperpento: “todo es mentira y especulación
de la prensa. Los señores Nule disponen tan solo de  tres jugueticos”. Obviamente que  el renunciante ex director del penal se
refería al arsenal tecnológico consistente en 
Ipads, Ipods, 6 plasmas de 42”,
Iphones, PC portátiles, Black-Berrys
; además, chef privado para la preparación
de trufas blancas y caviar, botellas de fino licor, visita diaria de personas
de diversa afinidad y condición; amén de toda suerte de generosos privilegios
que seguirán disfrutando, ya sea mediante acciones extorsivas o recurriendo al
amparo del prodigioso “señor billete”.
Estos oscuros personajes atípicos engrosarán la historia de
la nación como oferentes de ingratos y perversos recuerdos.
Por fortuna, no sucede igual con aquellos seres sandoneños
que todavía habitan en nuestra tradición oral
. Me refiero a esos verdaderos y
entrañables personajes típicos, que al recordarlos, especialmente cuando
uno  ha vivido tanto tiempo  fuera del terruño, provocan una sonora y
solitaria carcajada, gracias a  su
inventiva, anécdotas y cuentos que los hicieron característicos, y que permiten
que su imagen permanezca intacta a través del tiempo.
Quien no recuerda, por ejemplo, al señor Ministro, o Culeco,
a secas
; ese personaje de expresión chaplinesca,  infaliblemente acompañado por un paraguas
roto e inservible;  por un incompleto,
arrugado y jamás leído ejemplar de la biblia; y sus enormes bolsillos atiborrados con los
más disímiles objetos: tapas de gaseosa La Cigarra; filtros de cigarrillos; canicas
desportilladas; melcochas a medio masticar; piezas inservibles de
radio-transistores; bolígrafos sin tinta; resortes oxidados de relojes de
cuerda; espejos rayados y rotos; etc.
Este agradable personaje, sin duda alguna mi favorito,
paseaba orgulloso  por las calles su
maltrecha pero feliz dignidad, sin perturbar la tranquilidad de ningún paisano,
salvo cuando alguien osaba retar su irracionalidad con frases insultantes.
Bueno, ahí si había que “comprar escondedero a peso”, como se dice
coloquialmente, porque daba rienda suelta a su alucinante  vocabulario.
Entre otros nombres que refresca mi memoria está Chivilo; un
petiso y curioso personaje importado por la familia Girón Velázquez, quien
solía asistir a cuanto fandango existiera, habida cuenta de su particular y
desaforada afición por el baile. Un  día
aciago desapareció misteriosamente del pueblo, privándonos para siempre de su
enajenada cuanto inofensiva personalidad.
De aquellos que viven la Sandoná actual está Nene Viejo, un singular
personaje que  ha logrado mimetizarse
entre muchas generaciones como un gomelo permanente
, sin que el tiempo logre su
desenfrenado propósito de envejecer 
mortales. Además, creo que es el más cuerdo y simpático de todos.
Así mismo desfilan por nuestra mente los recuerdos de Mudo
Pupa, Aguacero (el lotero), Loca Marta, Chicorio, Lucianito y Cachero. A éste
último, bígamo confeso, le apreciamos su prodigiosa imaginación para recrear,
en los desfiles de comparsas carnavalescas, aquellos personajes mutilados,
ensangrentados y con  vísceras colgantes.
En contraposición a los anteriores bondadosos y pacíficos
personajes, evoco la mítica imagen de Rondín, otro personaje típico
,  a quien el imaginario popular le asignaba la
curiosa suerte de haber pactado con Satanás, transfiriéndole a éste su contaminada
alma, a cambio de  ocultamiento a la
autoridad, de cualquier huella que comprometiera  su irredenta amistad con lo ajeno,
especialmente con las aves de corral y curíes. Dicho de otro modo, un vulgar
ladronzuelo de gallinas y cuyes. Aún así, Rondín no pudo evitar sus esporádicas
permanencias en  la cárcel municipal, en
aquel entonces custodiada alternativamente por el músico Emilio “Cataca” Merino
y el Sr. Luis Martínez.
Menciono el episodio del tristemente célebre Rondín, puesto
que en sus periplos carcelarios escasamente contaba con el privilegio de dormir
diez horas diarias bajo el sopor del penal; la lectura diaria de  abultados tomos en color sepia de “Santo, el
Enmascarado de Plata” y “El Llanero Solitario” ; la libertad para escuchar
ilimitadamente  Radio Centenario y Ondas
del Guaitara; y supongo, eventualmente podía degustar un generoso plato de
“choriza con alza prima” preparado por mi pariente, ya fallecida, “mamá Rosa”,
quien hacía las veces de chef de los presidiarios sin franquicia, todos con
marcada diferencia de prontuario frente a 
los inquilinos y felices gocetas 
de La Picota,
portadores de los famosos “tres jugueticos”.

En resumen, nuestro sistema carcelario premia a los delincuentes de
grandes ligas
, aquellos cuyo botín supera el billón de pesos, y estigmatiza a
pillos insignificantes, como nuestro ingrata pero jocosamente recordado RONDIN.

Author: Miguel Cordoba

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